Después de la pandemia, ¿qué? El mundo después de la COVID-19
Como en cada crisis, vuelven a surgir las voces que auguran un punto de inflexión en el sistema económico, social y político bajo el que vivimos, en nuestra forma de entender el mundo, en nuestra forma de relacionarnos. A raíz de la crisis financiera de 2008, Nicolas Sarcozy ya habló de la “refundación del capitalismo sobre bases éticas” que luego se transformó en un aumento exponencial de la desigualdad entre ricos y pobres, y en una población sometida a unas políticas de austeridad que les obligaban a pagar una crisis que no habían provocado. La verdad es que cada vez que surge una gran crisis global volvemos a escuchar el discurso del cambio de sistema.
Los precedentes me llevan a ser pesimista al respecto del aprendizaje y el cambio. O como diría Mario Benedetti, un optimista bien informado. En demasiadas ocasiones nos hemos ilusionado con palabras bonitas, con mundos idílicos que están a la vuelta de la esquina. Pero una y otra vez hemos visto que esos mundos nunca llegaban. Es más, nuestro propio entorno se volvía más difícil, más cruel y más inhabitable.
Sí creo que esta pandemia supone una aceleración del fin del credo liberal que ha dominado el mundo (casi todo) en las últimas décadas y que ya venía tambaleándose desde última crisis. La COVID-19 ha puesto de relieve, de la forma más cruel, como nuestra vida solo se puede sostener a través de un sector público fuerte, que garantice nuestra salud, nuestra alimentación y nuestras relaciones humanas. El virus ha servido para darnos cuenta de cuáles son las cosas que realmente necesitamos para vivir, y de todos esos productos y servicios que no sirven para nada pero que, hasta ahora, creíamos que eran imprescindibles en nuestra vida. Y resulta que, lo que sí necesitamos para vivir, se apoya en los sectores más precarizados de nuestra sociedad: trabajadores del sector primario, cajeras, distribuidores, servicios públicos recortados y llevados a su mínima expresión, cuidadoras, limpiadoras, científicas que abandonan el país por la nefasta política de investigación que hay implementada y un largo etcétera.
Ahora sí que deberíamos tomar conciencia de las necesidades reales para la vida y de las absurdeces que nos ha estado vendiendo la maquinaria del libre mercado. Ahora sí que deberíamos otorgar el prestigio que se merece al sector público, tan denostado en los últimos años, tanto políticamente como en la opinión pública. Ahora sí que deberíamos habernos dado cuenta que nuestra especie es social y gregaria, justo el polo opuesto al individualismo que pregona nuestro sistema capitalista. Ahora, la empatía, la cooperación, el intercambio de información y la colectividad cobran de nuevo sentido en nuestras mentes. Porque todas estas reflexiones las hemos experimentado en primera persona a raíz del confinamiento, a raíz de parar el reloj y ponernos a pensar, de nuevo, en cuestiones que, la velocidad del sistema nos había arrebatado.
Quizás sea verdad que esta situación de crisis sanitaria precipite un cambio en el sistema, que no sea utilizada para aumentar la desigualdad y para afianzar en nuestra vida cotidiana las políticas restrictivas adoptadas en tiempos extraordinarios. Lamentablemente es el aprendizaje que traemos de otras crisis. Pero, aunque realmente esto fuera así y esta vez sí que fuera la del cambio, se nos abre una disyuntiva que no podemos ignorar. No hay una única salida, ni un único camino. Y no todo el mundo está interesado en recuperar esos valores perdidos de cooperación y empatía humana.
Las instituciones globales salen muy dañadas de esta crisis por su incapacidad para dar una respuesta conjunta al coronavirus. La ONU ha estado completamente ausente y ha sido incapaz de responder con eficacia a su propio propósito fundacional de cooperación y armonización de acciones entre naciones. La Unión Europea ha dado una imagen vergonzosa de disputa entre sus países miembros, sin una política común solidaria, que ha tambaleado los propios cimientos fundacionales del proyecto europeo. La hiperglobalización mundial también sale muy tocada de la crisis ya que se ha puesto de manifiesto que no es buena idea centralizar la producción de vacunas, material sanitario, medicamentos o alimentos en un único país (o pequeño grupo de países). Y que, ante imprevistos, no funciona bien la gran fábrica del mundo. Estos hechos hacen que los discursos del repliegue al estado-nación, de alzar fronteras más duras y restrictivas que las actuales, de recuperar la identidad nacional excluyente como valor fundamental ganen cada vez más fuerza en un contexto mundial que ya venía demostrando signos de cambio hacia sistemas basados en las políticas fascistas. Caminar hacia un sistema menos globalizado no debe servir para justificar una vuelta hacia los proyectos políticos que tanta muerte y destrucción provocaron en el siglo XX.
Ante este riesgo de vuelta al pasado, tenemos la obligación de dibujar una transición hacia otro modelo, completamente nuevo, que recoja los aprendizajes del liberalismo de las últimas décadas y que construya, a partir de ahí, nuevas relaciones políticas, económicas y sociales. Debemos pasar del capitalismo de mercado desregulado e hiperglobalizado hacia un postcapitalismo basado en la relocalización y descentralización de la producción mundial, en la planificación global con criterios de equidad y solidaridad, en la gestión local y comunitaria; en las relaciones económicas que atiendan a las necesidades; en la globalización del conocimiento y de los sistemas de código abierto; en el mantenimiento de un sistema público fuerte que garantice que las necesidades básicas de todas las personas están cubiertas; en la democracia líquida y en la cooperación. Ha de ser un modelo que nos permita superar la emergencia sanitaria mundial, que nos permita afrontar la crisis climática para que podamos abordar las crisis que llegarán en el futuro. Ha de ser un modelo que construya un mundo resiliente ante las perturbaciones y los cambios.
Dibujar la meta es relativamente sencillo, lo complicado es recorrer el camino hacia ella. En este punto me surgen preguntas que, a día de hoy, no tienen fácil respuesta. ¿Seremos capaces de construir una alternativa mayoritaria a nivel social que empuje hacia ese modelo? ¿Seremos capaces de dejar en un segundo plano los aprendizajes de identidad nacional excluyente que nos inculcan desde que nacemos a favor de un mundo basado en la cooperación y la solidaridad internacional? ¿Es posible romper la construcción jerárquica de nuestra especie para crear otros modelos de convivencia? ¿Somos capaces de renunciar a nuestros privilegios capitalistas en pro de una humanidad más justa y equitativa?
Desconozco las respuestas. Solo sé que la alternativa es una realidad que ya vivieron nuestros abuelos y abuelas, nuestros padres y madres, a la que se suma un nuevo factor muy disruptivo: un planeta inhabitable. También sé que la mayoría social luchó por escapar de esa realidad, una lucha que se llevó a cabo sacrificando sus propias vidas. No. Esa alternativa no es aceptable bajo ningún punto de vista. No nos queda otra que ponernos a construir esa mayoría social que articule el cambio. Unámonos a los agentes que antes de la pandemia ya estaban manos a la obra: los feminismos, los movimientos por el clima, las organizaciones ecologistas, el activismo LGTBIQ+, el antirracismo… Aprovechemos las reflexiones personales que nos ha traído el confinamiento para pasar a la acción y poner en marcha el movimiento. Quizás esta vez, sí sea la definitiva.
*Jon Ruiz de Infante, biólogo conservacionista y miembro de EQUO Berdeak