Una mirada a los guerreros de Xi'an
El taxi me deja en el inicio de una gran explanada por la que avanzo hasta los tornos de entrada, en los que me libro de esperar largas colas gracias a mi reserva 'on line'. Giran y me sitúan en una nueva explanada, muy frondosa, con árboles y caminos, todo limpio, ordenado y señalizado. Destierro la idea de aprovecharme de los autobuses porque, sin llegar a idílico, prefiero deambular por el bosque civilizado y hacer un ejercicio de inmersión que paladeo.
Opto de todo el complejo, por empezar mi descubrimiento a lo grande y por eso me dirijo al mayor de los pabellones (foso 1), el que alberga más de seis mil guerreros.
Hay mucha gente pero no multitud, siendo absolutamente comprensible, porque quién, contando con la ocasión, desecha la oportunidad de conocer una de las maravillas del mundo, Patrimonio de la Humanidad.
Lo primero que me deslumbra es el tamaño. Un foso gigantesco de más de 14.000 metros cuadrados con un profundidad de 5 metros y rodeado de barandillas para que los visitantes, convertidos en hormigas, puedan asomarse, asombrarse… alucinar.
Yo no soy una excepción y colocándome frente a la primera línea de tan inigualable ejército, pierdo noción de tiempo y espacio.
Solamente se encuentran ellos y yo. Figuras que toman vida y palabra, porque su perfección no lleva a ningún otro destino. Incluso se percibe su alma a través de rostros trabajados con conocimiento y devoción; sus gestos, sus armas.
Percibo historia, cultura, religión, incluso misticismo; tal es su presencia elevada que eleva. Un derroche de poder y grandeza del emperador al que escoltan, pero que trasciende, porque el arte, la belleza y la perfección sublime, nunca quedan a ras de suelo, ni aferradas a un momento.
Serán muchos menos los que recuerden al primer dignatario que reunificó China: Qin Shi Huang; porque prevalecerán para siempre sus anónimos guerreros. Un ejército que reúne en torno a él razas y naciones, aglutina, hermana. Guerreros cuyo fin último es la paz.