La trampa de los cuidados
Comienza el curso y las pantallas ante (y a través de) las que vivimos nos van sirviendo sus frecuentemente fragmentarios productos derivados y de temporada, cada uno con su marca: vivienda, migraciones, soledad, cuidados, reacciones de miedo, tecnologías, discriminaciones, seguridad, trastornos mentales, envejecimiento, natalidad, inflación, servicios públicos, machismos, pensiones, fiscalidad y así sucesivamente.
Hablemos de cuidados. Todas las personas vivas existimos gracias a constantes, intensos y prolongados cuidados recibidos y todas, más pronto que tarde, volvemos a necesitarlos y, en general, no desconocemos que muchas trayectorias humanas, antes de finalizar, pasan por períodos importantes de limitación para realizar las actividades de la vida diaria.
Sin embargo, en la sociedad y la política vascas, seguimos sin generar un modelo, sistema o patrón de respuesta a las situaciones en las que, de forma súbita o progresiva, las personas experimentamos una merma notable de la autonomía y capacidad para nuestro funcionamiento cotidiano. Pareciera que, cada vez que una persona y su entorno se encuentran en esta coyuntura (o cada vez más), el asunto concierne primaria, fundamental y básicamente a dicha persona y, en alguna medida, al correspondiente entorno. Da la impresión de que no hay referentes claros y comunes que puedan orientar a quienes se encuentran en dicho trance (como si cada caso fuera único, especial o distinto). Y se diría que el acceso a los recursos comunes, públicos o ajenos (que existen) sólo es factible mediante el agotamiento de los propios, particulares o próximos.
Esto nos pasa, además, en un momento en el que estamos llegando a las edades de mayor probabilidad de dependencia funcional las generaciones más numerosas de nuestra historia y en el que las siguientes cuentan con menos recursos humanos (y también de otros tipos). Añádanle a este indigesto guiso el caldo de la invisibilización y desvalorización de los trabajos físicos que sostienen directamente la vida por parte de nuestra cultura patriarcal, una buena ración de conocimientos científicos y tecnológicos más capaces de alargar las vidas que de llenarlas con sentido y una creciente heterogeneidad en nuestra sociedad en la interpretación de las obligaciones existentes y las partes obligadas en los casos que nos ocupan.
El asunto no es menor y, si ha llegado hasta aquí, querida lectora, querido lector, le invito que vuelva un momento al primer párrafo y constate la fuerte conexión que todos y cada uno de los temas mencionados en él (entre otros) tienen con el de los cuidados de larga duración de las personas a medida que vamos envejeciendo y deteriorándonos (entre otros).
La metáfora del “elefante en la habitación” se utiliza para hacer referencia a un problema del que todo el mundo tiene noticia pero del que nadie habla. En este caso podríamos utilizar también la de la “trampa para cazar elefantes”: aquella a la que contribuimos quienes algo de conocimiento y responsabilidad tenemos sobre el asunto y en la que siguen cayendo más y más personas en nuestra sociedad: la trampa de los cuidados.