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La US Navy en la costa vasca: la efímera participación de Estados Unidos en la Guerra Civil en el verano de 1936

Iker Rioja Andueza

Vitoria —
25 de julio de 2026 21:45 h

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Estados Unidos consideraba a Donostia la “capital estival” de España. Así, todos los veranos, como en el pasado hicieron monarcas y diplomáticos, el embajador se trasladaba a la ciudad. El sexto verano republicano, el de 1936, no fue una excepción. La embajada como tal estaba en el antiguo hotel Continental y la residencia del embajador en una villa en Hondarribia, Lore Artean. El golpe de Estado del 18 de julio, del que se cumplen ahora noventa años, sorprendió a la máxima representación estadounidense en Gipuzkoa y la dejó incomunicada. Eso motivó, en los días finales de aquel junio que marcó para siempre la historia de España, una efímera intervención de la US Navy en la costa vasca con el acorazado USS Oklahoma en los alrededores de Bilbao y el buque guardacostas USCGC Cayuga en Hondarribia, en Donostia y también en Bilbao.

El embajador en España desde 1932 era Claude G. Bowers, periodista, demócrata y considerado próximo al presidente Franklin Delano Roosevelt. El 18 de julio de 1936 la rebelión no triunfó en Donostia, pero la ciudad vivió unos días de tensión, enfrentamientos armados y violencia. Un telegrama enviado desde el Continental a Washington D.C. al inicio de la sublevación consideraba “falso” el ataque sobre Donostia, aunque “civiles armados” estaban en las calles. Se apuntaba que Bilbao seguía bajo control gubernamental, pero que “Burgos, Vitoria, Logroño y Pamplona están ya en manos de los insurgentes”.

En aquellos primeros momentos de zozobra, las comunicaciones quedaron cortadas. También entre Hondarribia y Donostia. El embajador, en 1954, contó en detalle cómo fueron esos días en un libro titulado 'My Mission to Spain. Watching the Rehearsal for World War II'. Desde el inicio, Bowers tuvo muy claro que la sublevación estaba apoyada por la Alemania nazi y por la Italia fascista y que era la antesala de una conflagración mundial.

“La lucha continuaba en San Sebastián. Las calles estaban llenas de hombres furiosos en actitud feroz, tirando a matar. Los diplomáticos atrapados en el hotel Continental no se aventuraban a salir”, expuso. Desde Hondarribia, entendía que “era evidente que no se podía llegar a Madrid”, pero también que “incluso San Sebastián era imposible de alcanzar”. Su esposa, de nombre Sybil, compró telas y materiales para confeccionar una bandera de Estados Unidos y ubicarla en Lore Artean con el fin de dotarla de cierta inmunidad en caso de ataques. Hondarribia está en la frontera con Francia y era claramente un punto estratégico.

La falta de comunicaciones hizo que se extendiera el rumor de que el embajador estaba desaparecido. Y Estados Unidos inició una misión de búsqueda. Una mañana, mirando al mar desde el balcón, el embajador vio “un barco”. “Observándolo con atención con mis anteojos, me fue posible ver las estrellas y las barras de nuestra bandera. Era el Cayuga”, expone.

Ese barco era un buque guardacostas de 76 metros de eslora y 2.000 toneladas. Fondeó a unas millas de la costa y, con un bote, parte de su tripulación tomó tierra. Eran oficiales de las fuerzas navales de Estados Unidos “con elegantes uniformes”, los tenientes “Cowert y Jones”. Siempre según el diplomático, “los pescadores y campesinos, con las armas a la espalda, saludaron” a los militares extranjeros “con tanta corrección como les fue posible”.

Cuenta que mujeres que habían pasado los últimos días “encerradas en sus casas” y sin noticias de familiares de otros lugares pidieron ayuda a Estados Unidos para saber de ellos. “Los oficiales se prestaron al envío de mensajes” desde el telégrafo del Cayuga.

Unos días después, en concreto “en el noveno día” tras el golpe de Estado, “el Cayuga volvió a presentarse” en Hondarribia. Volvieron a descender del barco militares uniformados, además de diplomáticos. Se celebró una reunión y se pidió el embajador que cruzara a Francia para estar más seguro. Era una orden de Cordell Hull, secretario de Estado de Roosevelt. “Hull, el embajador Straus [representante en Francia], el Ejército, la Marina y el Departamento de Estado, estaban todos de acuerdo”, lamentaba Bowers, que quería quedarse en territorio español. Antes de irse, reunió todas las pesetas disponibles para garantizar la manutención del personal de la villa.

La prensa criticó la “huida” de Estados Unidos y el embajador decidió protestar al mismísimo presidente Roosevelt. La Casa Blanca respondió en enero de 1937: “¡Somos espíritus de la misma casta! Los injustos ataques de esa parte de la prensa que no tenía interés en informar ni de la verdad ni de los hechos son suficientes para volver locos a cualquiera de nosotros. Algún día puede que tengamos la oportunidad de sentarnos juntos y planear nuestra propia forma de venganza…”.

No sólo no hubo huida sino que Bowers convirtió el Cayuga en “embajada flotante”, como él mismo la llamó. Se inició una misión para recorrer toda la costa desde la frontera con Francia hasta Vigo, ya cerca de Portugal. Se buscaba supervisar la evacuación de posibles estadounidenses necesitados de ayuda en pleno inicio de una guerra. El barco contaba con muy buenos sistemas de comunicación para ir conociendo lo que sucedía en España y en el mundo.

La singladura les hizo toparse con el Almirante Cervera, un barco militar español incautado por los rebeldes. En Bilbao vieron “cinco barcos de guerra” en la zona de El Abra, “en ambiente claramente bélico”. Entre ellos, un acorazado nazi, el Deutschland, que también había estado en Donostia y que les saludaba con la marinería brazo en alto. O el Albatros, con hombres armados dispuestos a tomar tierra. El USS Oklahoma de la US Navy, de 178 metros de eslora, también estaba allí con un capitán de apellido Hall al frente.

Al día siguiente, el embajador, un teniente y dos diplomáticos desembarcaron. En sendos coches blindados fueron a reunirse con el gobernador civil, José Echevarría Novoa, de Izquierda Republicana y quien en octubre de ese año ejercería como máximo representante del Estado en la creación del nuevo Gobierno de Euzkadi. “Sin ceremonia alguna, con claridad, le expliqué el motivo de la presencia de nuestros barcos de guerra en el puerto”, cuenta el embajador en sus memorias.

Antes de partir hacia Santander, Asturias y Galicia, el embajador se entrevistó con el comandante del Albatros nazi para disuadirle de una intervención armada en Bilbao. “Yo no podía referirme directamente a la información recibida sobre sus planes de bajar a tierra con gente armada. En vez de hacer mención de ello, le conté mi visita a la ciudad, aludiendo a la ausencia en ella de gente armada y de disturbios. Me resultó evidente que había comprendido perfectamente el sentido de mis palabras cuando me explicó que, respondiendo a órdenes de Berlín, se había trasladado a gran velocidad desde el Báltico a Bilbao y, a su llegada, al hallar en el puerto cinco barcos de guerra, había concluido que la ciudad estaba sumida en graves desórdenes”, relata Bowers.

Después de llegar a Vigo, el Cayuga emprendió viaje de vuelta. La segunda parada en Donostia le hizo ver una ciudad más “controlada” por el Gobierno legítimo. Desembarcaron. Vieron unas calles relativamente normales y consideraba que era “exagerado” hablar de destrucción tras las primeras horas del golpe de Estado.

El viaje duró diez días. Fueron trasladando a los refugiados. La nueva embajada se instaló en el hotel Euskalduna de Hendaya. Bowers abogó por una mayor participación estadounidense en defensa de la democracia española. En 1939, terminada la Guerra Civil y establecida la dictadura franquista en todo el territorio, fue relevado como embajador y enviado a Chile. El Cayuga pasó a servir en la II Guerra Mundial a la Royal Navy británica como HMS Totland y regresó a Estados Unidos como USCGC Mocoma hasta su venta en 1955. El Oklahoma fue hundido por la aviación japonesa en el conocido ataque de Pearl Harbor.