El verano cacereño en que el pulgar dejó el scroll para agarrar bien el balón

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No se trata de un aislamiento involuntario ni de un retiro monástico, sino de un acto deliberado, valiente y, para muchos, profundamente insurgente: es el ‘Piti Campus’, o simplemente ‘Campux’, que cada verano reúne en la comarca de La Vera a cerca de 400 jóvenes de toda España en tres turnos consecutivos, celebrados en Jarandilla y en Jaraíz de la Vera.

Lo que ocurre allí —ya sea del 28 de junio al 5 de julio en Jarandilla, del 5 al 12 de julio en Jaraíz, o del 12 al 19 de julio también en Jaraíz— es un experimento social que desafía las convenciones de la juventud contemporánea. En el corazón de de La Vera, el oeste peninsular se transforma en el epicentro del baloncesto que no se mide en likes, ni en reproducciones de vídeo, ni en notificaciones de push. Se mide en el sudor que empapa las camisetas, en el ruido constante de las zapatillas chirriando sobre el parqué de los distintos pabellones —desde el Municipal de Jarandilla hasta el Municipal de Jaraíz de la Vera, pasando por otros espacios deportivos de la comarca— y, sobre todo, en la capacidad de los y las participantes para volver a mirarse a los ojos sin la interferencia de un teléfono móvil.

La norma que rige el Campux es clara, casi bíblica, y es el pilar sobre el que se construye todo lo demás: los teléfonos móviles no están permitidos en ninguno de los tres turnos. La organización ha instaurado una política innegociable con una filosofía pedagógica de fondo: “Durante el tiempo de Campux, nos gusta mirarnos a la cara, creemos que es importante fomentar el diálogo y la convivencia entre participantes”. Si un joven decide infringir esta regla y llevar el dispositivo a escondidas, la organización no se hace responsable de extravíos, y en caso de ser descubiertos, los teléfonos son retirados y devueltos exclusivamente a los progenitores al finalizar la semana. Para las madres y padres, la tranquilidad llega a través de un correo electrónico nocturno donde reciben crónicas detalladas de las actividades y fotografías que muestran la cara de cansancio, pero también de felicidad, de las y los campuxeros.

Técnica y educación

Este entorno, lejos de ser un simple campo de tecnificación, (que ya en sí no sería simple) se convierte en un ecosistema educativo integral. El programa baloncestístico es exigente, con doble sesión de entrenamiento colectivo, sesiones de tiro ‘Madrugarden’ antes incluso de que salga el sol para desayunar, y el intenso torneo bajo normas FIBA de 3x3. Sin embargo, la excelencia técnica —dirigida por entrenadores superiores y profesionales— se ve equilibrada por una oferta de crecimiento personal inusual. Los participantes se sumergen en talleres de periodismo deportivo, sesiones de vídeo donde el comunicador y entrenador, Piti Hurtado, director del proyecto, disecciona la “técnica, carácter e inspiración” del juego, e incluso dinámicas de bailes de salón que, lejos de la solemnidad del deporte, provocan más de una carcajada por la naturalidad con la que se enfrentan a lo desconocido.

La Naturaleza de La Vera actúa aquí como un componente fundamental del proceso. La jornada se entremezcla con rutas de senderismo por las gargantas de agua, baños reparadores en piscinas naturales que alivian las cargas musculares y marchas nocturnas que ponen a prueba la complicidad del grupo. Incluso la gestión de la vida cotidiana está diseñada para fomentar la austeridad y la comunidad: el ‘Banco Campux’ y el ‘Ultramarinos Campux’ operan con un presupuesto máximo de 40 euros por participante, evitando cualquier tipo de ostentación y centrando la atención en la experiencia compartida por encima del consumo.

Un lienzo en blanco

Existe, además, un componente estético y simbólico muy potente. La petición de llevar una camiseta completamente blanca en la maleta, con el fin de trabajar en una “equipación muy creativa” durante la semana, es una metáfora perfecta de lo que el Campux busca en sus alumnos: un lienzo en blanco dispuesto a ser intervenido por la experiencia, el esfuerzo y la identidad colectiva. Esta cohesión se extiende a la convivencia con grupos de Plena Inclusión, una de las señas de identidad del proyecto oficial, donde el baloncesto sirve como lenguaje universal para derribar barreras sociales que, en el día a día, suelen parecer infranqueables.

Cuando llega el final de cada turno —ya sea 5, 12 o 19 de julio— y las familias se congregan en los pabellones municipales de Jarandilla o Jaraíz de la Vera para la clausura, el reencuentro es, según quienes viven la experiencia, diferente al de otros campamentos. Los jóvenes no solo regresan a casa con un mejor lanzamiento de tres puntos o un dominio más firme del bote; regresan con el convencimiento de que otra forma de vida es posible aunque sea por unas semanas. Han aprendido a prescindir de la pantalla para descubrir que, en el fondo, la conexión más profunda no requiere de Wi-Fi, sino de la mirada franca de quien ha compartido contigo una semana de aprendizaje, esfuerzo, risas y vida en una Extremadura bellísima, auténtica y con las mejores conexiones que alguien pueda imaginar.