'Electra Jonda' reinventa el mito entre quejíos, tacones y secretos

Paloma Palomo / Efe

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El Teatro Romano de Mérida se ha convertido esta noche en un auténtico cortijo andaluz. Sus tablas, acostumbradas a vivir clásicos, han recibido una versión del mito de Electra y su “jonda” herida que ha empujado al espectador a vibrar con una energía propia de un tablao flamenco.

Al más puro estilo de ‘La Casa de Bernarda Alba’, el mito clásico ha sido trasladado a ‘Electra Jonda’ “como la desmesura que la hace trágica”, un grito desgarrador que resuena en la actualidad, donde los grandes personajes de la antigüedad se han despojado de sus túnicas para transformarse en seres de carne y hueso, devorados por una moral inflexible y pasiones indomables.

En mitad de este asfixiante escenario, Carolina Lapausa encarna a una Electra herida que vive consumida por el dolor de la repentina muerte de su padre y el rencor hacia su madre Clitemnestra, representada por Alejandra Torray. Su interpretación, cargada de una madurez trágica, nos descubre a una mujer rota en pleno duelo cuya única balsa de salvación es la justicia.

Frente al reproche de una madre que busca justificar su pasado, Clitemnestra le recalca que en vida de su padre “bastantes cosas” dejó estar y desde la angustia escupe un “¿es que yo no cuento?”. Ante la situación una Electra llena de odio, cae con el peso frío de una losa respondiendo: “él contaba más para mí, de sobra lo sabes”.

El público ha podido empatizar con los personajes en medio de una descarnada guerra de reproches, silencios y heridas mal cerradas gracias a la fusión de la palabra de sello lorquiano con los doce bailarines, dirigidos por el coreógrafo Manuel Segovia, bajo la responsabilidad de dar cuerpo, a través del taconeo y el duende, al implacable y latente destino de esta familia.

Del mito a personajes de carne y hueso

A través del texto original de Juan Guerrero Zamora —recuperado tras quedar guardado en un cajón durante años— y bajo la dirección artística de Manuel Canseco, la cantaora Teresa Hernández ha desgarrado los corazones del público con su cante y la guitarra de José Luis Montón ha dibujado con sus acordes el dolor de esta familia sobre el escenario.

En el latente ambiente de sospechas irrumpe Orestes, interpretado por Daniel Miguélañez, cuyo personaje se aleja por completo del brazo ejecutor de los dioses o del héroe trágico. Con su llegada, una Electra rabiosa le recalca que “fue de repente, pero no de enfermedad” lo que le llena de un profundo mar de dudas y cuestionamientos.

En el reverso de la obsesión destructiva de su hermana se alza la figura de Crisótemis, interpretada por Paula Colorado, que identifica una fortaleza distinta, cimentada exclusivamente en el amor familiar sin llegar a la vulnerabilidad, sino una mujer poderosa que emplea su energía para intentar mantener las cosas como están, buscando desesperadamente proteger a los suyos y evitar que la sangre vuelva a teñir las tierras del cortijo.

César Lucendo ha cargado de potencia a Egisto, el capataz de la finca sobre el que recaen todas las suspicacias tras el asesinato de Agamenón, asumiendo el imponente y realista reto de irrumpir en la escena del monumento romano montando a caballo.

El contrapeso de este torbellino de rencores lo ejerce María Garralón en la piel del Aya. Su figura funciona como espejo de la consciencia y la voz de la verdad de la manera más cruda en un entorno familiar hostil y devastado.

Incluso en la densidad del ambiente que evocan las obras de Lorca, la inocencia de “El Niño”, interpretado por Ainhoa Molina como hijo de Casandra y nieto del ciego, aparece estratégicamente como un bálsamo de energía positiva en un momento en el que “la verdad es una pedrada que ninguno queremos que nos de”.

El desgarro del cante y los secretos del cortijo

El misticismo y la profecía se construyen desde los límites entre el amor libre y la tradición. El veterano Juan Gea compone a El Ciego, un trovador que atesora un motivo secreto para guiar el desenlace fatal. A su lado, su hija Casandra, interpretada por Teresa Hernández, canaliza la clarividencia no correspondida ni aceptada, además del dolor de los acontecimientos a través de un cante flamenco en directo que eriza la piel y sentencia el porvenir de la obra.

El pilar invisible que sostiene la tensión en este cortijo ha sido, sin duda, su arquitectura musical y coreográfica. Los bailaores han ilustrado la tragedia convirtiéndose en el motor interno del drama.

Con una técnica impecable, el dominio de los tiempos y el control del espacio escénico han delineado con sus cuerpos la opresión y la agobiante atmósfera de la casa, logrando que el dolor no solo se recite, sino que llegue hasta el rincón más escondido del Teatro.

La propuesta musical demuestra un conocimiento profundo de las raíces más puras del arte flamenco con la sobriedad y la hondura de sus acordes para reflejar el relato trágico que la obra exige.

Cada falseta y cada rasgueo seco entablan un diálogo perfecto con el cante desgarrador de Hernández en el papel de Casandra, con una madurez vocal admirable ha canalizado el sufrimiento del linaje a través de un quejío contenido, manejando los silencios con una templanza propia de los grandes nombres del género.

Es esta perfecta comunión entre el taconeo rotundo del coro, la guitarra y el cante en directo lo que regala al festival un espectáculo total, donde el duende y la precisión técnica se alían para conmover profundamente al espectador contemporáneo.

Al apagarse el último eco de la guitarra, la obra culmina en el Teatro Romano logrando una ovación de pie, fruto del trabajo y la emoción de la historia.