Un libro rescata a Magdalena Leroux, la artista eclipsada tras Pérez Comendador

25 de octubre de 2026 11:05 h

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La historia del arte y de cualquier disciplina artística también está hecha de ausencias. De nombres que, pese a haber construido una obra propia, sólida y reconocida en su tiempo, fueron desdibujándose entre los pliegues de la memoria colectiva. De creadoras que acabaron habitando los márgenes de los relatos oficiales mientras otros ocupaban el centro del escenario. Entre ellas se encuentra Magdalena Leroux, conocida también como Madeleine Leroux, una pintora nacida en París que desarrolló buena parte de su trayectoria en España y cuya obra forma parte de uno de los legados artísticos más valiosos conservados en Extremadura.

Durante décadas, su nombre ha permanecido ligado al de su marido, el escultor Enrique Pérez Comendador, uno de los artistas extremeños más reconocidos del siglo XX. Sin embargo, detrás de esa asociación existe una creadora de personalidad propia, formada en una de las instituciones artísticas más prestigiosas de Francia, premiada desde joven y poseedora de una sensibilidad singular para la luz y el color. Precisamente para devolverle ese protagonismo surge el trabajo de investigación que acaba de publicar la editorial cacereña La Experiencia Libros.

Su autor, Pedro Emilio López Calvelo, investigador nacido en Hervás y profundo conocedor de la historia y el patrimonio de la localidad, plantea una reivindicación tan sencilla como necesaria: mirar a Magdalena Leroux por sí misma. El volumen nace con la voluntad de acercar su figura a nuevos lectores, despertar el interés por su obra y contribuir a que su nombre recupere el espacio que merece dentro de la historia del arte extremeño y español. El diseño y la dirección creativa son de Pablo Pámpano y de Ana Belén Morillo Aceñero.

“Resituar a Magdalena en el plano que le corresponde como creadora es un acto de justicia artística”, sostiene López Calvelo. El investigador considera que se trata de una magnífica pintora, española de adopción y extremeña de corazón, cuya relevancia continúa siendo poco conocida tanto dentro como fuera de la región, más allá de quienes han tenido ocasión de contemplar sus cuadros en el Museo Pérez Comendador-Leroux de Hervás.

A su juicio, Leroux reunía cualidades extraordinarias. Poseía una formación artística excepcional, una técnica rigurosa y una capacidad especialmente destacada para capturar los matices de la luz y encontrar siempre el color exacto que requería cada escena. Su producción atravesó géneros, paisajes, retratos y temáticas diversas, dejando tras de sí una obra rica y variada que permite descubrir a una artista mucho más compleja de lo que su discreta presencia en los relatos históricos ha hecho pensar durante años.

De la formación parisina a la pintura española

La historia artística de Magdalena Leroux comienza en París, una de las grandes capitales culturales de la Europa de comienzos del siglo XX. Fue allí donde recibió una formación exigente y refinada en la Academia de Bellas Artes, aprendiendo los fundamentos del dibujo, la composición y las distintas técnicas pictóricas en un entorno profundamente marcado por la efervescencia creativa de la época.

Aquellos años fueron decisivos. Mientras consolidaba una sólida base académica, la joven artista tuvo ocasión de conocer algunas de las corrientes renovadoras que estaban transformando el arte europeo. Aunque siempre mantuvo una fuerte vocación figurativa y un lenguaje próximo al academicismo, las inquietudes de las vanguardias dejaron una huella que continuaría aflorando en distintos momentos de su trayectoria.

Su talento no tardó en ser reconocido. Antes incluso de instalarse definitivamente en España, Magdalena Leroux había obtenido diversos premios y distinciones en Francia, donde su trabajo gozó de una valoración notable en los círculos artísticos de la época.

Pero su evolución creativa no puede entenderse únicamente desde París. Una parte fundamental de su personalidad artística se forjó durante el encuentro con la tradición pictórica española. En 1929 llegó a España como becaria pensionada en la Casa de Velázquez, institución destinada a completar la formación de artistas franceses distinguidos por su excelencia.

Aquella estancia resultó determinante. Leroux pudo contemplar directamente las obras de los grandes maestros españoles que tanto había admirado desde joven y entrar en contacto con una tradición artística que terminaría influyendo profundamente en su pintura.

“Ella siempre reconoció su admiración y el deseo de conocer la obra de grandes maestros españoles”, explica López Calvelo. Entre esos referentes figuraban nombres esenciales como Zurbarán, Velázquez y Goya, cuya huella puede rastrearse en su forma de entender la composición, la atmósfera y la construcción de las escenas.

Sin embargo, la influencia española no llegó únicamente a través de los museos. Los numerosos viajes que realizó por el país, la intensidad de las experiencias vividas y, posteriormente, su matrimonio con Enrique Pérez Comendador contribuyeron a una transformación gradual de su mirada artística. Según explica el investigador, su pintura fue incorporando nuevos matices y terminó “españolizándose” progresivamente, enriquecida por una mayor variedad cromática y una atención cada vez más intensa a los efectos de la luz.

La trayectoria de Leroux refleja, así, el recorrido de una artista que supo construir un lenguaje propio mediante el diálogo entre dos tradiciones. De la disciplina aprendida en París conservó el rigor técnico; de España adoptó una nueva sensibilidad cromática y una relación emocional con la luz que acabaría convirtiéndose en una de las señas de identidad de su obra.

Una pareja de artistas, dos trayectorias diferentes

La relación entre Magdalena Leroux y Enrique Pérez Comendador fue mucho más que una unión sentimental. Ambos compartieron una existencia profundamente ligada al arte, una convivencia marcada por la creación, el intercambio de ideas y la admiración mutua.

Según recuerdan algunas entrevistas de la época, cada uno encontró en el otro a su crítico más sincero y exigente. La conversación artística formaba parte de la vida cotidiana de la pareja, que desarrolló sus respectivas carreras en un clima de apoyo constante.

Sin embargo, aunque compartieron espacio vital y afinidades creativas, sus trayectorias fueron diferentes. Enrique Pérez Comendador alcanzó una gran proyección pública gracias a su labor como escultor, disciplina cuya presencia en plazas, calles y edificios facilita una visibilidad duradera. Aunque también fue un extraordinario dibujante, el reconocimiento popular quedó asociado sobre todo a su producción escultórica.

Magdalena Leroux siguió otro camino. Su obra se desarrolló principalmente en el ámbito de la pintura y abarcó una notable diversidad temática y técnica. Retratos, escenas cotidianas, paisajes y apuntes de viaje forman parte de una producción extensa que demuestra una curiosidad constante y una notable capacidad de observación.

La pareja no tuvo hijos y compartió una vida especialmente unida. Los viajes ocupaban un lugar central en su existencia, al igual que los espacios de trabajo que ambos utilizaban. Algunas fotografías publicadas en reportajes periodísticos muestran los estudios instalados en su vivienda, lugares donde esculturas y lienzos convivían durante los primeros procesos de creación.

A esa vida compartida se sumaron numerosas exposiciones y proyectos artísticos. Durante años ambos formaron una pareja inseparable también desde el punto de vista profesional, participando conjuntamente en iniciativas culturales y manteniendo un diálogo creativo permanente.

Pero esa proximidad tuvo consecuencias inesperadas para la visibilidad de Magdalena. En la última etapa de su vida fue dedicando una parte creciente de su tiempo y de sus energías a respaldar la difusión de la obra de Pérez Comendador. Como resultado, su presencia en exposiciones y concursos disminuyó, al igual que el ritmo de su propia producción pictórica.

Para López Calvelo, aquella decisión terminó afectando al reconocimiento posterior de la artista. Su progresiva retirada del espacio público contribuyó a reforzar una situación en la que la figura del escultor ocupó el primer plano mientras la pintora quedaba cada vez más difuminada en la memoria colectiva.

Reivindicar hoy a Magdalena Leroux no significa separar dos vidas que permanecieron profundamente unidas. Significa, más bien, evitar que esa unión impida apreciar la dimensión artística de una creadora cuya obra posee valor por sí misma y merece ser contemplada con autonomía.

Hervás, una puerta de entrada a su universo pictórico

El Museo Pérez Comendador-Leroux de Hervás constituye hoy el gran refugio de la memoria artística de Magdalena. Allí se conserva una parte esencial de una producción que permite recorrer su evolución creativa y comprender la amplitud de sus intereses.

La obra escultórica de Enrique Pérez Comendador está repartida por numerosos espacios públicos de ciudades como Cáceres, Badajoz, Sevilla, Don Benito, Madrid o Santiago de Chile. Esa presencia urbana favorece que muchas personas se encuentren con sus esculturas incluso sin buscarlas.

La situación es diferente en el caso de Leroux. Aunque sus cuadros forman parte de colecciones tan importantes como las del Museo de Bellas Artes de Badajoz, el Museo de Bellas Artes de Sevilla, la Diputación de Cáceres o el Museo Pedrilla, generalmente lo hacen a través de un número reducido de piezas.

Esa dispersión dificulta que el público pueda tomar conciencia de la verdadera dimensión de su trayectoria. Por ello, el papel del museo de Hervás resulta especialmente relevante. La cantidad y calidad de las obras conservadas permiten contemplar el conjunto de una carrera artística desarrollada a lo largo de décadas y marcada por una constante evolución.

Para López Calvelo, este espacio constituye una referencia imprescindible para comprender la riqueza de la pintora. Sus salas permiten observar los distintos registros que cultivó, seguir la transformación de su lenguaje pictórico y descubrir matices que difícilmente pueden apreciarse cuando las obras aparecen aisladas en colecciones diferentes.

La publicación de La Experiencia Libros nace precisamente con ese propósito divulgativo. “Lo que me gustaría, y ese era el objetivo inicial que me propuso La Experiencia Libros, es poder contribuir a la difusión y conocimiento de la obra de Magdalena Leroux”, explica el investigador.

Su deseo es que el libro actúe como una invitación a dar el siguiente paso: visitar el museo de Hervás y detenerse ante los cuadros sin prisas. Observar los detalles, descubrir las atmósferas y dejar que la pintura revele lentamente la mirada de una artista que hizo de la luz uno de sus principales lenguajes.

En el propio prólogo, la poeta Ada Salas reza: “Prefiero imaginarme a Madeleine, Magdalena, sola, con sus aperos de pintora en un rincón de Roma, de Siena, de Segovia, de Plasencia, de Madrid… desplegando su tiempo, su atención y su amor, y enfocándolos en algún 'pedazo' de la arquitectura de la ciudad o el pueblo donde se hallara. El detalle, la composición, el cuadro que la llamara: ese, y no otro. Me la imagino trabajando, disfrutando y luchando a la vez para afilar las herramientas que una generosa formación había puesto en sus manos. Me la imagino también intentando sacudirse la sombra de su padre, grandísimo artista, que podría asomarse por detrás y por encima de su hombro para 'espiar' su tarea. Me la imagino, por qué no, escapando de sí misma, si es que no es otra cosa la 'práctica' del arte: un intento de huir de una misma para poder acercarse, de verdad, a lo otro: los paisajes, el mundo”.

Los viajes, la luz y una modernidad que nunca desapareció

Si hay un aspecto que ha sorprendido especialmente a López Calvelo durante su investigación es la importancia que tuvieron los viajes en la vida de la pareja y, particularmente, en la experiencia creativa de Magdalena Leroux.

Italia ocupó un lugar destacado gracias a dos largas estancias que dejaron una huella profunda en su producción. Pero aquellos recorridos fueron mucho más amplios. Juntos viajaron durante largos periodos por distintos países de Europa y América, acumulando experiencias que más tarde se convertirían en materia pictórica.

Entre todos esos desplazamientos hay uno que ha despertado especialmente el interés del investigador: la estancia de varios meses en Egipto. Allí, frente a los paisajes del valle del Nilo, Leroux encontró un escenario radicalmente distinto a cuanto había conocido hasta entonces.

Las luces intensas, los reflejos cambiantes, los colores del desierto y las escenas cotidianas de la vida egipcia quedaron incorporados a una serie de pinturas que hoy forman parte de los tesoros más singulares conservados en el museo de Hervás.

La luz, precisamente, es uno de los elementos que López Calvelo considera fundamentales para comprender su obra. En aquellos cuadros egipcios alcanza una dimensión especial, convirtiéndose en protagonista de unas escenas donde el color y la atmósfera transmiten tanto como las figuras representadas.

Cuando se le pregunta por la obra que más le ha emocionado durante su investigación, el autor admite que la elección no resulta sencilla. Tras recorrer una y otra vez las salas del museo, termina señalando una pieza concreta: Incendio en el Trastévere, junto a los dibujos preparatorios que la acompañan.

La obra pertenece a la segunda etapa romana de Leroux y destaca por una modernidad sorprendente. En ella pueden apreciarse resonancias postimpresionistas y rastros de aquellas inquietudes vanguardistas que la artista había conocido durante su juventud parisina.

Lo más llamativo, explica el investigador, es comprobar cómo esas influencias permanecieron vivas a lo largo del tiempo. Incluso en décadas muy posteriores, ya en los años setenta, seguían aflorando ecos de aquella joven estudiante que descubrió el arte moderno en las calles y academias de París.

Su trayectoria demuestra precisamente esa capacidad para dialogar con tradiciones diferentes sin quedar prisionera de ninguna de ellas. La pintura de Magdalena Leroux no puede encerrarse en una única etiqueta. En ella conviven la disciplina académica, la figuración, las enseñanzas de los grandes maestros españoles y las huellas de las vanguardias europeas.

Recuperar una memoria artística

La recuperación de Magdalena Leroux trasciende el caso particular de una pintora. Obliga también a preguntarse cómo se construye la memoria cultural y por qué algunas creadoras quedaron relegadas a los márgenes pese a disponer de una obra significativa y de una trayectoria propia.

Su historia reúne todos los elementos de una gran carrera artística: una formación excepcional en París, reconocimientos obtenidos en Francia, el descubrimiento de los grandes maestros españoles, una vida marcada por los viajes y una producción diversa capaz de combinar rigor técnico y sensibilidad estética. A ello se suman las circunstancias que terminaron condicionando su visibilidad pública, especialmente la progresiva reducción de su actividad expositiva y el tiempo dedicado a impulsar la carrera de su marido.

El trabajo de Pedro Emilio López Calvelo aspira precisamente a corregir ese desequilibrio. Su propuesta no consiste únicamente en reivindicar un nombre, sino en invitar al público a acercarse directamente a los cuadros, detenerse ante ellos y descubrir la riqueza de una obra que continúa ofreciendo nuevas lecturas.

El recorrido comienza en las páginas publicadas por La Experiencia Libros, pero encuentra su mejor continuación en las salas del Museo Pérez Comendador-Leroux de Hervás. Allí aguardan paisajes, retratos, escenas cotidianas y cuadernos de viaje que permiten reconstruir la mirada de una artista singular.

Dar a conocer a Magdalena Leroux significa, en última instancia, devolver visibilidad a una obra que nunca debió quedar en segundo plano. Significa reconocer la autonomía de una creadora que supo convertir la luz en lenguaje, el viaje en aprendizaje y la pintura en una forma de contemplar el mundo. Y significa, también, recordar que la historia del arte todavía guarda nombres que esperan salir de la sombra para ocupar, por fin, el lugar iluminado que les corresponde.