Los museos de ciudades como Nueva York o Londres exhiben la cerámica que se fabrica desde hace siglos en este pequeño pueblo valenciano

La prodigiosa cerámica nació tras la conquista cristiana de 1238, cuando los alfareros moriscos locales convirtieron su saber en un motor económico sin igual

Alberto Gómez

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Manises, pequeño municipio valenciano situado cerca de la capital, atesora una historia artesanal que ha conquistado museos internacionales. La cerámica fabricada en sus obradores tradicionales desde hace siglos se exhibe con orgullo en colecciones de ciudades como Nueva York, París o Londres. Este prodigio nació tras la conquista cristiana de 1238, cuando los alfareros moriscos locales convirtieron su saber en un motor económico sin igual. Lo que comenzó como alfarería doméstica evolucionó hacia una industria admirada por gran parte de Europa. Hoy, contemplar una pieza hecha en Manises en un gran museo extranjero supone presenciar el legado de un pueblo que convirtió el barro en arte.

La consolidación internacional de Manises aconteció en el siglo XIV, bajo el señorío de Pere Boïl. Tras sus embajadas ante el Reino de Granada, se introdujeron en los talleres locales los conocimientos de la loza dorada o reflejo metálico. Los primeros documentos que atestiguan esta producción datan de 1325, destacando sagas de maestros artesanos de origen mudéjar como los Almurcí. Esta técnica exigía aplicar un pigmento de óxidos de cobre, plata y cinabrio sobre un esmalte de plomo y estaño. Tras la cocción en atmósfera reductora, el fuego creaba una película iridiscente que mutaba según la luz. Su belleza dorada sorprendió a las cortes de la época, convirtiendo a la villa en epicentro cerámico.

A finales del mencionado siglo, la loza dorada y azul de Manises dominaba las rutas comerciales del Mediterráneo. En su escrito de 1383 titulado Regiment de la Cosa Pública, el fraile Francesc Eiximenis dejó constancia del deslumbramiento que provocaba esta vajilla. Afirmaba el cronista que la belleza de la obra de Manises tenía enamorado a todo el mundo civilizado de la época. Papas, cardenales y príncipes la solicitaban con devoción, maravillándose de que de la simple tierra surgiera una obra tan noble. Los barcos que partían de Valencia transportaban estas piezas hacia los estados italianos y las cortes de Europa, consolidando una tradición insuperable.

Lo que comenzó como alfarería doméstica evolucionó hacia una industria admirada por gran parte de Europa

Durante los siglos XIV, XV y XVI, las figuras más poderosas de Europa encargaron piezas personalizadas a los talleres maniseros. La reina María de Castilla, tras enamorarse de un plato decorado con su escudo en 1415, encargó una vajilla completa. Reyes de Aragón como Alfonso V solicitaron miles de azulejos y lozas doradas para sus castillos de Nápoles y Gaeta. En Florencia, Lorenzo de Médici el Magnífico quedó deslumbrado en 1475 por una hermosa ánfora de reflejos metálicos. Asimismo, los papas Borgia, Calixto III y Alejandro VI, ordenaron cargamentos de azulejería para el Vaticano, conservadas hoy como tesoros en museos.

El secreto técnico del reflejo metálico guardado por los artesanos de Manises constituía un saber valiosísimo en toda Europa. La combinación de pigmentos disueltos en vinagre y el control del humo en el horno permitían obtener tonos que imitaban el oro y la plata. Esta maestría se aplicó a vajillas suntuarias y a la arquitectura mediante una floreciente industria de azulejería policromada. Edificios emblemáticos del Reino de Valencia como la Lonja de la Seda, el Palau de la Generalitat y la Casa de la Ciudad lucieron pavimentos maniseros. Incluso la cúpula de la iglesia de San Juan Bautista se revistió con tejas doradas que deslumbraron a visitantes de todo el continente durante centurias.

A pesar de su éxito, la cerámica de Manises superó momentos de profunda adversidad a lo largo de su historia. La expulsión de los moriscos en 1609 supuso un golpe para la industria local, al privarla de sus maestros alfareros más experimentados. No obstante, la creación del Gremio de Mestres d'Obra de Terra en 1614 logró mantener viva la compleja fórmula del lustre. Durante el siglo XVIII, el auge de la Real Fábrica de Alcora introdujo novedades estéticas que filtraron hacia Manises. Esta renovación impulsó la loza popular decorada por mujeres pintoras, devolviendo la competitividad a la producción manisera y preservando un legado único.

Reconocimiento en 2021

El siglo XX transformó el tejido artesanal de Manises en una industria moderna capaz de unir tradición y vanguardia. En 1917 se fundó la Escuela Práctica de Cerámica, impulsada por profesores como Manuel González Martí para formar a nuevas generaciones. Las fábricas locales obtuvieron medallas de oro en las exposiciones internacionales de Barcelona, Filadelfia y París durante los años veinte. Surgieron invenciones como el famoso filtro de agua Sinaí y sofisticados recubrimientos arquitectónicos modernistas. Artesanos ilustres conservaron los métodos antiguos del reflejo metálico, evitando que las fórmulas sucumbieran ante la masificación del mercado.

En la actualidad, Manises mantiene viva su vocación cerámica, adaptando su saber a la artesanía contemporánea. Este esfuerzo colectivo de más de siete siglos culminó en 2021 con su ingreso en la Red de Ciudades Creativas de la UNESCO. Hoy en día, talleres artesanales continúan elaborando el reflejo metálico tradicional, diseñando además vajillas para restaurantes de prestigio. Visitar su Museo de Cerámica o sus calles permite constatar cómo el barro sigue siendo la esencia identitaria de esta villa valenciana. La presencia de sus obras en museos de grandes ciudades recuerda al mundo que Manises sigue moldeando belleza eterna con la misma maestría que antaño.

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