En este pequeño pueblo, de tradición alfarera milenaria, llegó a haber hasta 20 fábricas de botijos

Aunque hay evidencias que sitúan el origen de esta tradición en Agost en torno al siglo XIII, el verdadero auge fue a partir del siglo XIX

Alberto Gómez

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En el corazón de la provincia de Alicante, resguardado por las sierras del Ventós y del Maigmó, un curioso viajero puede dar con Agost, un municipio cuya identidad está íntimamente ligada al arte de moldear el barro. Esta localidad no es solo un destino de descanso rural, sino un testimonio vivo de una herencia milenaria que ha sobrevivido al paso de los siglos, convirtiendo la alfarería en su principal motor económico y cultural. Pasear por sus callejuelas de herencia árabe es sumergirse en una historia que se respira en cada rincón, donde el barro deja de ser simple materia para transformarse en memoria y arte. Y es que la tradición alfarera de Agost hunde sus raíces en tiempos inmemoriales, con evidencias que se remontan al siglo XIII, aunque el verdadero auge de esta industria se consolidó a partir del siglo XIX.

En su época de mayor esplendor, la localidad alicantina bullía con una actividad frenética. Hacia el año 1981, el municipio contaba todavía con 20 talleres alfareros activos que suministraban piezas a toda la península. Sin embargo, el paso del tiempo y la llegada de nuevos materiales han reducido esta cifra significativamente, quedando en la actualidad apenas un puñado de talleres que defienden este oficio como un tesoro y que aún se pueden visitar. El secreto de la excelencia de la cerámica local reside en la arcilla blanca, extraída directamente de las canteras que rodean el municipio. Este material posee propiedades termodinámicas únicas debido a su alta porosidad, lo que permite que las piezas “suden”. Este proceso natural de evaporación logra que el agua contenida en el interior se refresque de manera sorprendente, incluso cuando el ambiente exterior es cálido y seco, convirtiendo a los recipientes de Agost en refrigeradores naturales sin consumo energético.

El botijo es, sin duda, el máximo exponente de esta tradición y una pieza icónica que ha estado presente en innumerables hogares españoles durante generaciones. Aunque su mecanismo pueda parecer simple a primera vista, un estudio de la Universidad Politécnica de Madrid demostró en 1995 que su funcionamiento conlleva complejos cálculos matemáticos de transferencia de calor y masa. Para los alfareros de Agost, fabricar un botijo es un acto de resistencia cultural frente al plástico, defendiendo un objeto que es 100 % biodegradable y reciclable. Para comprender aún mejor la magnitud de este oficio, es imprescindible visitar el Museo de Alfarería de Agost, ubicado en una antigua fábrica de principios del siglo XX que funcionó hasta 1975. Este espacio fue impulsado originalmente por la etnóloga alemana Ilse Schütz, quien gracias a las donaciones de los vecinos logró conservar herramientas, documentos y piezas que narran la historia de un pueblo orgulloso de sus raíces. 

A pesar de los desafíos de la globalización, se continúan produciendo diferentes tipos de botijos, manteniendo vivos los procesos de antaño

El museo de hecho no es solo un almacén de objetos, sino un centro de interpretación que custodia la esencia de las familias que dedicaron su vida al torno. Ya fuera de la entidad museística, el trazado urbano de Agost es un museo al aire libre donde la calle de les Cantereries destaca como un eje fundamental del pasado industrial. En sus muros, que se mantenían sin enlucir para no ser dañados por el humo de los hornos, todavía pueden observarse marcas a modo de ábaco. Estas señales eran grabadas por los antiguos artesanos para llevar la cuenta de los botijos que cargaban en los carros, un vestigio visual de la intensa actividad comercial que definió la vida cotidiana de los agostenses durante décadas.

Un elemento fundamental en el desarrollo de esta industria fue el papel de las mujeres, conocidas localmente como las peonas. Su labor es recordada hoy a través de la escultura de barro cocido “La Peona”, situada en la plaza que da acceso al museo, realizada por los ceramistas Roque Martínez y Carmen de la Fuente. Este monumento rinde tributo a todas aquellas mujeres que, con su esfuerzo diario, sostuvieron la producción alfarera y contribuyeron a que la artesanía de Agost alcanzara su renombre internacional. La continuidad de este legado recae actualmente en manos de sagas familiares que han transmitido sus secretos de padres a hijos durante generaciones, fábricas que han sabido adaptarse a los nuevos tiempos abriendo tiendas online y utilizando redes sociales para captar la atención de decoradores internacionales. A pesar de los desafíos de la globalización, continúan produciendo artesanalmente diferentes tipos de botijos, manteniendo vivos los procesos que aprendieron de sus ancestros.

Talleres y alojamientos

Uno de los baluartes de dicha tradición es José Ángel Boix, quien bajo el nombre de su abuelo y padre, Severino Boix, representa la quinta generación de maestros alfareros. Su proceso sigue siendo totalmente tradicional, decantando la arcilla en balsas y moldeando piezas emblemáticas como el botijo carretero o el innovador “botijo-bolso”. Boix reconoce que mantener un negocio artesanal es complicado en la actualidad, pero sigue luchando por poner en valor el contacto mágico con el barro y la calidad del trabajo hecho a fuego lento. La evolución artística también tiene su lugar en Agost de la mano de Roque Martínez, un ceramista de cuarta generación que decidió dar un giro hacia la cerámica contemporánea y de autor. Sus piezas, que a menudo pasan hasta ocho veces por sus manos antes de ser cocidas en hogueras a temperaturas extremas, son obras únicas con texturas imposibles de replicar industrialmente. Martínez utiliza técnicas ancestrales, como el bruñido y el uso de sulfatos, para crear un universo de formas redondeadas que fusionan el pasado alfarero con la vanguardia artística.

Hoy en día, Agost ofrece un turismo de experiencias que permite al visitante dejar de ser un mero observador para convertirse en alfarero por un día. Por ejemplo, hay una serie de talleres que permiten sentir el tacto del barro deslizándose entre los dedos mientras se crea una pieza propia en el torno. Además, hay alojamientos situados en antiguas casas de alfareros del siglo XIX cuidadosamente restauradas, completando una experiencia inmersiva donde se puede dormir en el mismo lugar donde antaño se moldeaba la historia del pueblo. Defender la alfarería de Agost es, además, una apuesta por la sostenibilidad y el consumo responsable. En un mundo marcado por lo efímero, el botijo se reivindica como un producto ecológico, perdurable y coherente con el cuidado del medio ambiente. Por lo tanto, todo agradecido viajero que se acerque hasta este curioso e interesante rincón de la Comunitat Valenciana podrá reconocer la destreza de los artesanos que, con sus manos, siguen transformando la tierra en objetos útiles y bellos, asegurando que el corazón alfarero de Alicante siga latiendo con fuerza para las generaciones futuras.

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