Aunque es conocida por su frío extremo, en la Antártida hay un centenar de volcanes bajo el hielo

La mayoría de los volcanes antárticos permanecen ocultos bajo el hielo y muchas erupciones subglaciales no rompen la cubierta helada

Alberto Gómez

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La imagen tradicional de la Antártida como un desierto helado inerte esconde una realidad geológica diferente. Bajo una capa helada de miles de metros de espesor, el continente blanco alberga una red subterránea con más de cien volcanes que han permanecido inactivos por milenios. Hallazgos recientes en la zona del Rift Occidental revelaron decenas de estructuras subglaciales desconocidas. Esta masa de hielo ejerce una presión colosal que estabiliza las cámaras magmáticas. Sin embargo, el cambio climático y la pérdida glacial amenazan con romper este delicado equilibrio, despertando fuerzas tectónicas ocultas en el extremo sur del planeta.

El equilibrio entre el hielo y el vulcanismo subterráneo se fundamenta en la presión litostática de la capa helada. Este peso masivo mantiene comprimidas las cámaras magmáticas y previene la liberación violenta de gases disueltos. A medida que las temperaturas globales aumentan y el hielo se derrite, la corteza experimenta un alivio de presión o descarga litostática. Al disminuir la carga superior, el magma en las profundidades comienza a expandirse, aumentando la tensión acumulada contra las paredes de las cámaras magmáticas. Este alivio facilita la separación de gases disueltos, elevando la presión interna y preparando el terreno para posibles erupciones antárticas.

Para evaluar la magnitud de este peligro, un equipo científico desarrolló un modelo termomecánico realizando cuatro mil simulaciones. Los resultados mostraron que la velocidad del deshielo es determinante. Una pérdida gradual de hielo permite que las cámaras magmáticas se adapten paulatinamente sin desencadenar eventos destructivos. Por el contrario, un derretimiento acelerado genera tensiones inmediatas que incrementan la frecuencia y potencia de las erupciones subglaciales. Un ritmo crítico de descarga podría desencadenar eventos eruptivos adicionales durante las próximas décadas.

El Monte Erebus, ubicado en la isla de Ross, es un estratovolcán de más de 3.600 metros famoso por su lago de lava permanente

La mayor concentración de esta actividad volcánica subterránea se ubica en la Antártida Occidental. En esta franja de debilidad tectónica sobresale el Monte Erebus, ubicado en la isla de Ross, un estratovolcán de más de 3.600 metros famoso por su lago de lava permanente. No obstante, la mayoría de los volcanes antárticos permanecen ocultos bajo el hielo, agrupados cerca de glaciares vulnerables como los del mar de Amundsen. El relieve de estos conos enterrados frena temporalmente el avance glacial, pero la pérdida de peso amenaza con activar una cascada de eventos eruptivos que alteraría la geodinámica del continente.

Aunque muchas erupciones subglaciales no rompen la cubierta helada, sus efectos profundos son devastadores. El calor desprendido por el magma derrite las capas inferiores de las masas heladas, debilitando la estabilidad estructural de los glaciares suprayacentes. Este proceso genera un peligroso ciclo de retroalimentación: el derretimiento reduce la presión sobre el volcán, estimulando nuevas erupciones que aceleran el deshielo basal. Fenómenos análogos observados en Islandia provocaron colapsos glaciales e inundaciones catastróficas. En la Antártida, este flujo de calor hidrotermal acelerará el deslizamiento glacial hacia el océano.

Un monitoreo necesario

Las consecuencias globales de esta interacción entre vulcanismo y deshielo trascienden las fronteras del continente helado. La desintegración acelerada de los grandes glaciares antárticos, impulsada desde abajo por el calor magmático, podría desencadenar un aumento del nivel del mar de varios metros en las próximas décadas. Este ascenso oceánico amenazaría directamente con inundar y desplazar a millones de personas en comunidades costeras de todo el mundo. Asimismo, la liberación de gases volcánicos como el dióxido de carbono intensificaría el efecto invernadero global, dificultando estabilizar el clima y empujando a la Tierra hacia un punto de inflexión.

Frente a este complejo panorama geológico, la comunidad científica internacional recalca la urgente necesidad de intensificar el monitoreo antártico. La implementación de tecnologías avanzadas, como el radar de penetración en hielo y las redes sísmicas, resulta indispensable para mapear las cámaras magmáticas y anticipar erupciones. Además, el estudio del pasado revela que procesos similares ocurrieron al finalizar la última era glacial. Comprender cómo interactúa el fuego subterráneo con la masa helada antártica es crucial para diseñar estrategias globales de mitigación ante los desafíos climáticos.

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