Recorrieron 4.000 kilómetros en 80 días esquiando tirados por una cometa para cartografiar el subsuelo de la Antártida
En una de las travesías más ambiciosas de la exploración moderna, el aventurero francés Matthieu Tordeur y la glacióloga Heïdi Sevestre completaron una expedición inédita de cuatro mil kilómetros a través del continente blanco. Durante 80 días de navegación sobre hielo, el equipo avanzó utilizando únicamente esquís y cometas de tracción por el viento. Su objetivo prioritario no fue batir un récord deportivo, sino realizar una misión científica en zonas inexploradas. Arrastrando trineos de 200 kilos con radares, los exploradores mapearon la capa de hielo y el relieve rocoso para responder a preguntas urgentes del cambio climático.
La expedición combinó la experiencia en entornos extremos de Tordeur, la persona más joven en alcanzar el polo Sur en solitario, con la rigurosidad investigadora de Sevestre. Tras años de preparación física y pruebas técnicas en Groenlandia, el proyecto contó con el respaldo de la UNESCO y la presidencia de Francia. La travesía requirió una logística compleja iniciada en Ciudad del Cabo y la base antártica de Novo, desde donde los expedicionarios ascendieron a la meseta oriental. Con temperaturas extremas y ráfagas impredecibles, la pareja tuvo que adaptar sus hábitos diarios para operar instrumental científico de vanguardia bajo las condiciones climáticas más severas.
El corazón tecnológico de la misión consistió en dos radares de penetración terrestre diseñados para registrar datos de manera continua durante la marcha. El primer radar, un dispositivo compacto transportado en las pulkas, escaneó los primeros 40 metros de profundidad para analizar la acumulación de nieve y estudiar cómo las precipitaciones en la meseta compensan la pérdida de masa en las costas. El segundo sistema, un radar profundo desplegado mediante una estructura de 100 metros arrastrada sobre la superficie, envió ondas electromagnéticas a través de miles de metros de hielo hasta tocar el lecho rocoso subglacial, revelando lagos y ríos ocultos bajo la colosal capa helada.
Tras 42 días de esfuerzo ininterrumpido y 1.800 kilómetros recorridos, la pareja alcanzó el polo Sur de inaccesibilidad, el punto continental más alejado de cualquier costa. En este remoto enclave, situado a 3.700 metros de altitud, Sevestre se convirtió en la primera mujer en llegar en kiteski. Entre vientos gélidos de hasta menos 40 grados, los exploradores realizaron levantamientos geofísicos alrededor de una antigua estación soviética sepultada por la nieve, donde solo sobresale el busto de Lenin, recopilando datos inéditos del subsuelo en un lugar inalcanzable para la ciencia.
La travesía continuó hacia el polo Sur geográfico, hito al que arribaron en la jornada 61 tras superar densas nieblas y severas averías mecánicas. El cruce exigió una paciencia extrema para reparar paneles solares, cables congelados y trineos dañados que amenazaban con volcar por la violencia de los vientos. Al alcanzar la base científica Amundsen-Scott, los expedicionarios experimentaron el primer contacto humano en más de dos meses de aislamiento absoluto. No obstante, el polo geográfico no representaba la meta final, por lo que reanudaron de inmediato el descenso hacia el litoral mientras mantenían el monitoreo.
La rutina diaria sobre la meseta antártica demandó entre ocho y doce horas de navegación continua a velocidades sostenidas por cometas, enfrentando frío extremo y caídas peligrosas. Para evitar la congelación durante las pausas, la vestimenta requería un complejo sistema de siete capas térmicas especiales. Cada noche, tras montar la tienda sobre la nieve en jornadas de luz perpetua, los expedicionarios debían derretir hielo para preparar comida liofilizada, recargar baterías con energía solar y respaldar la información geofísica recopilada. El desgaste físico extremo redujo drásticamente su masa corporal, convirtiendo el control del peso de la carga en un factor crítico de supervivencia.
Terabytes de información
Paralelamente a la labor investigadora, la misión desarrolló una masiva campaña de sensibilización ambiental coordinada con la organización Témoins Polaires. Cerca de trescientos mil estudiantes de 41 países siguieron el progreso de la expedición a través de cuadernos educativos semanales y emisiones en directo desde el hielo. Esta dimensión pedagógica buscó acercar la ciencia polar a las aulas globales de forma humana. La respuesta entusiasta de miles de jóvenes sirvió de impulso para los exploradores durante las jornadas de aislamiento, demostrando que la aventura transforma la conciencia ecologista de las nuevas generaciones.
Tras ochenta días exactos y cuatro mil kilómetros acumulados, Tordeur y Sevestre alcanzaron la bahía de Hercules Inlet en la costa antártica, culminando la primera travesía gala de estas características. Los terabytes de información geofísica obtenidos alimentarán durante años los modelos predictivos sobre el aumento global del nivel del mar y la estabilidad de la banquisa. La expedición demostró que es posible llevar a cabo investigación científica de primer nivel con una huella de carbono reducida utilizando la fuerza del viento. Los datos recopilados constituirán un legado fundamental.
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