Esta es la temperatura más baja registrada en la Tierra y la detectaron ocho científicos en la Antártida Oriental

Para llegar a estas temperaturas no solo se requieren cielos despejados y vientos leves, sino también un aire extraordinariamente seco

Alberto Gómez

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Integrado por ocho científicos procedentes de Estados Unidos y Países Bajos, es considerado el equipo que ha detectado la temperatura más baja jamás registrada sobre la superficie de la Tierra hasta ahora, alcanzando un valor extremo de -98 grados centígrados. Fue en la alta Meseta Antártica Oriental y dicha histórica investigación de 2018 estuvo liderada por el Centro Nacional de Datos de Hielo y Nieve de la Universidad de Colorado Boulder. Este importante hito científico confirmó que dicho fenómeno helado ocurre durante la noche polar en los meses de julio y agosto.

Antes de esta medición satelital, la temperatura más baja registrada por una estación meteorológica terrestre hasta entonces correspondía a la base rusa Vostok, que midió -89 grados centígrados en el lejano mes de julio de 1983. En el año 2013, los expertos anunciaron valores preliminares de -93 grados en la meseta, pero la revisión posterior con nuevos datos extendidos entre 2004 y 2016 demostró que el frío real alcanza los -98 grados. El análisis detallado reveló además que casi cien ubicaciones distribuidas a lo largo de cientos de kilómetros en la meseta antártica registran de forma habitual esta temperatura extrema.

Debido a que las estaciones meteorológicas no pueden cubrir toda la alta meseta, situada a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar, los ocho investigadores recurrieron a la avanzada tecnología espacial de observación. Para sus análisis utilizaron el instrumento MODIS a bordo de los satélites Terra y Aqua de la NASA, así como los sensores polares operacionales de la NOAA. Las mediciones satelitales registraron la temperatura de la superficie de la nieve, mientras que las estaciones automáticas cercanas permitieron deducir que la temperatura del aire circundante alcanza unos -94 grados centígrados.

El entorno resulta incompatible con la vida humana sin indumentaria espacial protectora, ya que los pulmones colapsarían en pocos minutos al aspirar ese aire

Para llegar a estos niveles térmicos sin precedentes, los científicos determinaron que no solo se requieren cielos despejados y vientos leves, sino también un aire extraordinariamente seco. El vapor de agua atmosférico actúa bloqueando la radiación térmica de la nieve, por lo que una sequedad extrema resulta indispensable. En esta región antártica, la atmósfera llega a presentar menos de 0,2 milímetros de agua precipitable total, lo que permite que el calor acumulado en el hielo se irradie directamente hacia el espacio exterior de manera mucho más rápida durante la noche polar.

Las temperaturas más heladas se concentran en pequeñas depresiones o huecos poco profundos situados sobre la vasta capa de hielo antártico. En estos pequeños valles, el aire frío, denso y pesado desciende y se acumula sobre la superficie, permaneciendo estancado durante varios días consecutivos. Esta concentración constante de aire helado en las cuencas permite que la capa superficial de nieve continúe enfriándose de forma progresiva. El proceso se mantiene estable hasta que las condiciones climáticas se alteran y el aire estancado termina mezclándose con masas de aire significativamente más calientes.

Frío límite

El investigador principal Ted Scambos afirmó que -98 grados centígrados representa prácticamente el límite físico de frío en la superficie terrestre. A este nivel de congelación, el entorno resulta incompatible con la vida humana sin indumentaria espacial protectora, ya que los pulmones colapsarían en pocos minutos al aspirar ese aire. Tampoco logran sobrevivir las bacterias, razón por la cual las construcciones de madera en la Antártida se conservan perfectamente intactas al carecer de microorganismos que las degraden, lo que convierte al continente blanco en un laboratorio de la naturaleza verdaderamente único.

El hallazgo transformó la comprensión científica sobre los mecanismos de transferencia de calor en la Tierra y sus puntos térmicos más extremos. Aprovechando la gran nitidez del aire seco y la ausencia de humedad, se instaló un telescopio astronómico cerca de la zona para investigar el espacio profundo. Además de abrir nuevas oportunidades para la ciencia espacial, los autores destacaron que el monitoreo constante de estas bajas temperaturas resulta fundamental para estudiar los patrones climáticos globales y evaluar el impacto continuo del calentamiento terrestre en el equilibrio global del planeta.

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