Se llaman A76, A23 y A68 pero no son autopistas sino los icebergs más grandes del mundo

El seguimiento sistemático de estos colosos errantes requiere una avanzada infraestructura de observación espacial

Alberto Gómez

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En las gélidas e inmensas aguas que rodean el continente antártico navegan gigantescos colosos de hielo cuyos nombres podrían confundirse fácilmente con autopistas. Sin embargo, A76, A23 y A68 identifican a tres de los icebergs más colosales registrados por los satélites de la humanidad. Desprendidos de las plataformas glaciares de la Antártida, representan auténticas islas flotantes de agua dulce que viajan a la deriva impulsadas por potentes corrientes oceánicas. Su trayecto por el hemisferio sur desata fascinación científica y alerta ambiental.

El bautizado A76 emergió en mayo de 2021 tras desprenderse del sector occidental de la barrera de hielo Ronne en el mar de Weddell. Con una extensión de 4.320 kilómetros cuadrados, superó en tamaño a la isla de Mallorca y alcanzó casi la mitad de Puerto Rico. Sus dimensiones de 170 kilómetros de largo por 25 de ancho y un grosor de 280 metros lo convirtieron en el mayor del planeta. Confirmado por el satélite Sentinel-1, este gigante comenzó poco después a fraccionarse en varios bloques menores denominados A-76A, A-76B y A-76C.

Por su parte, el A23 representa a uno de los veteranos más antiguos y resistentes de la historia oceanográfica reciente. Desprendido en 1986 de la plataforma Filchner, este coloso de casi cuatro mil kilómetros cuadrados permaneció encallado en el lecho marino del mar de Weddell durante más de tres décadas. Tras liberarse y quedar atrapado en un vórtice oceánico conocido como columna de Taylor, el titán de hielo reanudó su desplazamiento hacia el norte por el callejón de los icebergs. Su lento deterioro libera toneladas de nutrientes esenciales, modificando la química del océano Austral.

Aunque el desprendimiento de icebergs es un proceso glaciológico natural en el ciclo de masa de las barreras heladas, el calentamiento global influye de forma directa en su comportamiento

El tercer gran protagonista de esta saga polar es el A68, desprendido en julio de 2017 de la barrera de hielo Larsen C en la península antártica. En el momento de su nacimiento alcanzaba una superficie monumental de casi seis mil kilómetros cuadrados, un grosor de 200 metros y un peso estimado en un billón de toneladas métricas. Durante casi cuatro años navegó impulsado por la corriente circumpolar antártica, amenazando con encallar en la plataforma de las islas Georgias del Sur. Su fragmentación en abril de 2021 puso fin a la travesía de una de las estructuras más masivas registradas.

El desplazamiento de estas colosales estructuras de agua dulce genera un doble impacto de gran trascendencia ecológica y ambiental. Cuando un mega iceberg se aproxima a archipiélagos subantárticos como las Georgias del Sur, corre el riesgo de encallar en fondos marinos someros, bloqueando las rutas habituales de alimentación de millones de pingüinos rey y focas. Sin embargo, al derretirse en aguas abiertas, liberan grandes cantidades de hierro y fitoplancton congelado. Esta fertilización natural estimula la red trófica marina y favorece la absorción de dióxido de carbono en el océano.

Aunque el desprendimiento de icebergs es un proceso glaciológico de la naturaleza en el ciclo de masa de las barreras heladas, el calentamiento global influye de forma directa en su comportamiento. La península antártica ha registrado un incremento térmico el doble de rápido que el promedio mundial durante el último medio siglo, debilitando la estructura de las plataformas glaciares. La desintegración acelerada de sectores costeros y la pérdida anual de más de 150 mil millones de toneladas de hielo en la Antártida encienden alarmas globales sobre la estabilidad polar y el aumento del nivel del mar.

Destino final inevitable

El seguimiento sistemático de estos colosos errantes requiere una avanzada infraestructura de observación espacial. Satélites equipados con radar de apertura sintética, como Sentinel-1 del programa Copernicus y el satélite español PAZ, capturan imágenes detalladas sin importar la presencia de nubes o la oscuridad polar. Gracias a estas herramientas y a altímetros láser orbitales como el ICESat-2 de la NASA, el British Antarctic Survey monitorea su deriva, calcula el espesor y previene accidentes con embarcaciones en el Atlántico Sur.

A pesar de sus gigantescas dimensiones y su aparente solidez, todos los mega icebergs comparten un destino final inevitable al abandonar las gélidas latitudes polares. A medida que avanzan hacia corrientes oceánicas más cálidas y sufren el embate del oleaje austral, las grietas internas se expanden hasta fracturar la masa principal en frágiles fragmentos flotantes. Lejos de ser simples carreteras de hielo, A76, A23 y A68 representan poderosos testimonios del dinamismo polar. Su viaje hacia el olvido en el Atlántico Sur recuerda la urgente necesidad de comprender y preservar el clima global.

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