El campo de concentración franquista en la desembocadura del Miño por el que pasaron casi 5.000 presos

Galería del colegio de los jesuitas de Camposancos en su estado actual.

Daniel Salgado


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En la parte exterior del muro del cementerio de Sestás nunca faltaron flores. Ni siquiera en los años más oscuros de la larga noche de piedra. Pero solo en 1978 salió a la luz lo que, cuatro décadas antes, allí había sucedido. “A la memoria de los hombres que moran en esta fosa común”, decía la tosca pintada sobre cal, “aquí no enterraron solo cadáveres, enterraron semillas que hoy florecen”. Contra aquella pared habían caído fusiladas por los fascistas 49 personas. Era julio de 1938 y todas procedían del campo de concentración franquista de Camposancos (A Guarda, Pontevedra), cuya historia acaban de rescatar en un exhaustivo libro los historiadores José Antonio Uris y Víctor Santidrián.

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A Guarda es territorio de frontera. Más allá, en dirección oeste, el océano Atlántico. Hacia el sur, la desembocadura en forma de hoz del río Miño. Y en la otra orilla, Portugal. La parroquia de Camposancos está orientada al sur. Desde 1875, la Compañía de Jesús mantenía un colegio en lo que había sido antes almacenes de importación-exportación. Su fachada, todavía en pie aunque visiblemente deteriorada, enfrenta al estuario del Miño. En 1932, el Gobierno de la II República hizo valer la Constitución y disolvió la orden religiosa jesuita por imponer -lo decía su artículo 26- “además de los tres votos canónicos, otro especial de autoridad distinta de la legítima del Estado”. Los religiosos no tardaron en regresar al lugar. Lo hicieron justo después del 18 de julio de 1936. No tuvieron reparo en compartir sus instalaciones. Con casi 5.000 presos republicanos.

El campo de concentración de Camposancos funcionó a pleno rendimiento hasta el 18 de septiembre de 1941. Su ubicación estratégica, próximo al puerto de Baiona (Pontevedra), y su arquitectura lo convirtieron en pieza clave del sistema represivo en el noroeste peninsular. De hecho, fue la derrota de las fuerzas leales primero en el frente de Asturias y después en el Ebro la que acabó de convertir el lugar en la puerta del infierno a la que hace referencia el título del estudio de Uris y Santidrián: A porta do inferno (Fundación 10 de Marzo, 2021). Si su capacidad, según firma el jefe de inspección de campos franquista en mayo de 1938, era para 868 reclusos, solo unos meses más tarde había casi 3.000. “No parece arriesgado decir que Camposancos estuvo entre los campos más importantes de la constelación concentracionaria franquista”, escriben los autores.

“Los campo franquistas son fundamentales para la clasificación de los presos. Esta se hacía en función de su relación con el Frente Popular”, señala Santidrián en conversación con elDiario.es. Y a partir de ahí se destinaban a prisiones, batallones de trabajo o al paredón. El de Camposancos fue uno de entre los 300 que hubo en toda España según el historiador Carlos Hernández. Por ellos pasaron cerca de un millón de personas. Otros autores, es el caso de Javier Rodrigo, rebajan el número a entre 104 y 188, y a 367.000 presos. En Galicia estuvieron activos 11, uno de ellos próximo al de A Guarda: el del monasterio de Santa María de Oia, frente a mar abierto.

Amontonados en las celdas de los curas

“Nos metíamos cuatro en cada celda, durmiendo de costado en el suelo, porque el espacio no daba para más. Solamente teníamos una manta para los cuatro”, relata un testimonio recogido por Marcelino Laruelo, cuyo volumen La libertad es un bien muy preciado fue pionero en la aproximación a algunas personas, sobre todo asturianas, que habían pasado por Camposancos y por el tribunal militar que allí instaló el mando fascista durante la guerra. 195 personas fueron condenadas a pena de muerte, 155 ejecutadas y 40 conmutadas. Hubo además 83 penas de cadena perpetua y 115 de 20 años de prisión. José Antonio Uris, natural de A Guarda, se apoyó en su trabajo para realizar las pesquisas que dan cuerpo a A porta do inferno. Pero su ámbito de trabajo fue sobre todo local: el archivo municipal y entrevistas con supervivientes.

195 personas fueron condenadas a pena de muerte, 155 ejecutadas y 40 conmutadas. Hubo además 83 penas de cadena perpetua y 115 de 20 años de prisión

Y así, el hallazgo principal que ofrece el estudio es el censo de reclusos prácticamente al completo, que descansaba en el consistorio de A Guarda. “Calculo que faltan unos doscientos nombres, porque las hojas estaban deshechas. En total, había registradas unas 3.500 personas”, dice a elDiario.es. Otros 1.500 nunca llegaron a estar censados, dado que su paso era fugaz. Les daba tiempo, eso sí, a leer el cartel que los recibía a la entrada: “El servicio de este campo debe considerarse como frente al enemigo”. Existían, además, normas de régimen interior comunes a todo los campos franquistas. Su primera regla, el izado de “la bandera Nacional”. “Quedará constituida una guardia permanente al pie de la Bandera formada precisamente por presos. Al izar y al arriar la Bandera, los prisioneros formarán según permitan las condiciones del campo, saludando con la mano extendida”, decía el documento, recogido en el libro de Uris y Santidrián.

Pero la realidad no se ajustaba a ningún derecho, ni siquiera al de guerra que los franquistas afirmaban seguir: la Convención de Ginebra. Arbitrariedad, malos tratos e insultos, “hijos de Pasionaria” era de los más socorridos, conformaban la vida cotidiana. “Marcada por el amontonamiento y, en consecuencia, por una higiene muy deficiente que facilitaba la aparición de la sarna y otras enfermedades”, escriben los historiadores, “de piojos, chinches y otros parásitos”. Y, sin embargo, la solidaridad se abría paso incluso en esas circunstancias.

“Entre la documentación que yo aporté, hay relatos de presos o de las famosas lavanderas, que ya han muerto todas”, se extiende Uris. Eran mujeres de la zona que lavaban la ropa de los militares pero, al mismo tiempo, se arreglaban para hacer lo mismo con la de los internos. También les proporcionaban cartas, pedazos de pan y otros alimentos, trozos de rueda de bicicleta para que reparasen su calzado. De aquellas relaciones clandestinas incluso surgieron parejas que acabaron en matrimonio, relata, con aquellos que tuvieron la suerte de salir de Camposancos. “El pueblo de A Guarda siempre se portó muy bien con los prisioneros”, no duda en opinar el historiador, a quien también le consta la organización interna de los detenidos gracias, sobre todo, a elementos del Partido Comunista. Como en los campos nazis, según narraba Jorge Semprún en El largo viaje, novela de autoficción cuando la etiqueta todavía no existía.

Las paredes hablan

De todo ello quedó rastro en las paredes del colegio de los jesuitas. “Las paredes de Camposancos hablan y quien escucha puede escuchar discursos de resistencia”, escriben Uris y Santidirán. A conciencia lo hicieron José Ballesta y Ángel Gallardo en su estudio Camposancos: una imprenta de los presos del franquismo, en el que recuperaron entre un 5 y un 10% de los grafitis que los presos habían inscrito en los muros del campo. Incluso encontraron un poema. “Al acabar la guerra / entre ratas nacionales / otra cruel empezó en campos y cárceles / Esta otra más tremenda, / y además sin piedad / pues se castiga a los hombres / con toda la iniquidad”, dice un fragmento.

La historia del campo de concentración de Camposancos fue, en todo caso, reconstruida poco a poco. A porta do inferno acaba sirviendo como síntesis de todo el conocimiento que existe sobre el lugar. Porque sus propietarios habían intentado con ahínco liquidar las huellas. Cuando dejó de funcionar como campo y volvió a los jesuitas, el 18 de septiembre de 1941, estos se esforzaron en “la desinfección absoluta de cuanto haya rozado con los presos”. La actividad docente en las instalaciones duró hasta 1959. Y en la Transición pidieron ayuda al Gobierno de Adolfo Suárez para repararlas. El resultado lo resume José Luis Uris: “Las zonas usadas como campo de concentración fueron borradas. Desaparecieron la mayoría de los grafitis. Y las torres que se usaban para los interrogatorios. Ahora se está cayendo, no se puede ni entrar”.

El historiador fantasea con que algún día se pueda recuperar el edificio como centro de interpretación de los campos de concentración del franquismo. Es el antídoto que se le ocurre contra el miedo a la memoria. Ese que todavía marca a las generaciones jóvenes. Lo cuenta Santidrián, profesor de secundaria: “Explicamos el nazismo y hablamos de los campos de concentración y exterminio. Algunos alumnos han oído hablar de Auschwitz. Cuando pregunto si saben que aquí, en Galicia, también hubo campos de concentración, nadie tiene ni idea”.

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