No podemos tocar ni abrazar pero me siento afortunada porque puedo acceder al mundo apretando un botón
No distingo muy bien un domingo de un miércoles. Quizás porque no tengo trabajo desde el 13 de marzo, justo un día antes de que la empresa hiciera un ERTE en el que, por supuesto, las personas con contrato eventual no estábamos incluidas. ¿He perdido el trabajo de mi vida? No, pero llevaba ya meses en una especie de letargo con una nómina injusta a fin de mes que era mi tabla salvavidas.
Las dos primeras semanas las invertí en ansiedad, miedo, incertidumbre y rabia por haber perdido un contrato fraudulento. De repente me vi sin él y sin paro, y me sorprendí a mí misma deseando recuperar esa “estabilidad”. Entonces, un titular me remitió al refrán. Imaginé a un millón de personas como yo, todos gritando al unísono: “¡devuélvanme mi mierda de vida!”. ¿Mierda de vida?
Pienso a veces en la gente de 1918. Me imagino a familias encerradas en casa sin saber nada, sin ordenadores, sin móviles, sin televisión ni radio. Esa gente tenía miedo, más que nosotros, más del que vamos a tener muchos en nuestra vida. Esa gente no podía hablar con su familia, ni tenía agua corriente. Tenía miedo y hambre. Suciedad por todos lados. Gente pobre, muy pobre, que no recibía ninguna ayuda de nadie y que moría allí donde la parca cortaba el hilo.
En 1918 tenías que quedarte en casa si no querías morir. Encerrarte en un pequeño espacio lleno de otras personas —tu familia— donde no era posible vivir con dignidad, sin agua, sin electricidad. Claro que algunos vivían mejor, pero en los barrios pobres del mundo la gente se iba a dormir con la incertidumbre de no saber qué pasaba dos calles más allá de la suya, sin saber si el resto de su ciudad estaba encerrada en sus cubículos correspondientes.
La muerte te hacía cerrar la puerta y las ventanas porque la veías, desde tu silla la veías. Ahora la leemos, leemos la muerte. No la olemos. Eso es una ventaja... o una desventaja. Ahora lo único que pasa es que el mundo se ha parado. Ahora da igual donde vivas, tu casa es tu ciudad.
No podemos tocar, abrazar ni besar pero me tengo que sentir afortunada porque puedo acceder al mundo solo apretando un botón. ¿De qué te quejas? A las 18:00, yoga; a las 19:00, Skype y a las 20:00, a aplaudir al balcón. Aún a riesgo de parecer frívola tengo que admitir que esos aplausos se han ido transformando en un encuentro social. Aunque nos separe una calle es lo más parecido a socializar en carne y hueso.
Saludo a mis vecinos, siento cada día que los conozco un poco más, nos sonreímos agitando la mano y luego nos gritamos un “adéu”, un “hasta mañana”. Y mientras cierro la ventana me pregunto: ¿nos reconoceremos después en las calles?