Sobre este blog

En este espacio se asoman historias y testimonios sobre cómo se vive la crisis del coronavirus, tanto en casa como en el trabajo. Si tienes algo que compartir, escríbenos a historiasdelcoronavirus@eldiario.es.

Mi triple salto mortal de la pandemia: alzheimer, coronavirus y confinamiento

Marta Gómez Mata

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En este espacio se asoman historias y testimonios sobre cómo se vive la crisis del coronavirus, tanto en casa como en el trabajo. Si tienes algo que compartir, escríbenos a historiasdelcoronavirus@eldiario.es.

Todos los muertos tienen nombre, apellidos y una historia; y cuando digo todos me refiero también a los que ni siquiera recuerdan el suyo. Mi muerta con nombre pero sin recuerdos se llamaba Maruja Mata, tenía 83 años y me regaló, hace años, algo muy valioso: me enseñó a leer. Se ha ido como otras tantas víctimas del coronavirus, en un triple salto mortal de silencio, y yo no pude despedirme de ella, tan solo plasmar apenas una semblanza en su periódico favorito. Contar aquí su historia es un intento de que las palabras aporten algo de luz en su tristemente compartido limbo.

Durante los días de su enfermedad y del confinamiento me pregunté cuándo nos morimos en realidad: ¿el día exacto del certificado de defunción o el día en que dejamos de existir socialmente? ¿Cuántas muertes hay en una muerte? ¿Qué muerte es más cierta: la de la fecha final o la del tiempo en que un ser deja de hablar, de comunicarse, de opinar, de ser un ciudadano con cierto valor social? Todas estas preguntas responden a un circunloquio amable en torno al Alzheimer y al amplio catálogo de enfermedades neurodegenerativas: en este mundo hay más de 50 millones de personas que viven en este limbo de ser y no ser al mismo tiempo, transitando por un espacio incierto en el que los cuidados, la dependencia, las previsiones y la cotidianeidad naufragan inexorablemente. Su estado es un limbo entre la vida y la muerte que algún día puede tocarnos muy de cerca de cerca: hoy es una tía, mañana puede ser tu padre, dentro de unos años, tu pareja, o incluso tú mismo. ¿Cuántos de nosotros olvidaremos nuestro nombre, nuestra historia y nuestros amores? ¿Cuántos pasaremos a engrosar esa inmensa cifra y seremos un relato sin voz entre millones?

El coronavirus se ha encargado de acercarnos a este limbo de un plumazo: la cifra de ancianos muertos es escalofriante (una bofetada, un puñetazo, un dolor insoportable). Contabilizadas o no contabilizadas, se trata por igual de un aluvión repugnante de cifras que debería provocar vergüenza, y miedo, y rabia. Entre esos insoportables números, cuántos de ellos habrán acarreado una triple enfermedad: la neurológica, la física y ahora la pandemia.

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