El movimiento contra la turistificación en Mallorca: de los márgenes al centro en menos de 10 años
Historizar el presente, reconociendo éxitos y debilidades, no suele ser fácil, y precisamente por ello es muy necesario. El domingo 26 julio, 70.000 personas llenaron las calles de Palma convocadas por la plataforma ‘Menys Turisme, Més Vida’ para denunciar los impactos del modelo turístico, en una de las manifestaciones más mayoritarias que se recuerdan en Mallorca y que consolida al movimiento contra la turistificación como el eje central de protesta en la isla. Parece que a veces no se es consciente del éxito de dicha afirmación, de la relevancia histórica de la articulación de este movimiento social, que no sólo es capaz de sacar gente a la calle sino de marcar la agenda política en la isla.
No es que la crítica a la turistificación haya pasado de los márgenes al centro en poco más de diez años, no es que hoy todo el espectro político asuma que hay que poner límites al turismo, es que parte de la izquierda política ha empezado a hablar de decrecimiento y el propio Partido Popular balear salió a criticar esta propuesta días antes de la manifestación, ejemplificando la emergente incidencia social de la misma.
Dicho esto, es cierto que, por ahora, la mayoría de victorias se quedan en el ámbito de los discursos y las hegemonías culturales, que muchas veces no se materializan en unas imprescindibles transformaciones políticas y jurídicas en unas Illes Balears donde el tándem PP-VOX domina la mayoría de instituciones, y de ahí la profunda frustración con el turismo que se experimenta a día hoy en amplias capas de la población mallorquina. Ahora bien, es alentador ver cómo esta frustración se está transformando en un activismo cada día más activo, más amplio y más creativo.
Por ahora, la mayoría de victorias se quedan en el ámbito de los discursos y las hegemonías culturales, que muchas veces no se materializan en unas imprescindibles transformaciones políticas y jurídicas en unas Illes Balears donde el tándem PP-VOX domina la mayoría de instituciones
Este ciclo de lucha se inauguró el 25 de mayo de 2024, cuando 10.000 personas salieron a la calle convocadas por la asociación Banc del Temps de Sencelles de forma relativamente espontánea y con poco más de diez días de antelación. La marcha se convocó inspirada en la enorme manifestación del mes anterior en las Islas Canarias, que sorprendió por su fuerza e incidencia, llenando noticias y portadas estatales e internacionales. Las manifestaciones y protestas se encadenaron en los meses siguentes en numerosas ciudades del Estado español, desde Barcelona y Mallorca a Málaga y Cádiz, desde Valencia y Eivissa a Donosti y Granada.
Ese verano de 2024, que sin duda podemos calificar como el verano del descontento con la turistificación en el Estado español, fue un punto de inflexión, el momento en que la crítica al modelo turístico pasó de ser un fenómeno localizado en ciertas ciudades y regiones a entrar con fuerza inusitada en el debate público. Esta es una transformación de gran calado, dado que el turismo no es únicamente central a la economía española desde los años 60, sino que forma parte de la propia estructura socio-política y cultural del estado. El turismo es, de hecho, fundacional de la modernidad española, y es por ello que ese cambio iniciado en el verano de 2024 es tan significativa, ya que representa un momento de quiebra en la relación histórica con el turismo.
Ese verano de 2024, que sin duda podemos calificar como el verano del descontento con la turistificación en el Estado español, fue un punto de inflexión, el momento en que la crítica al modelo turístico pasó de ser un fenómeno localizado en ciertas ciudades y regiones a entrar con fuerza inusitada en el debate público
En Mallorca, la manifestación de mayo de 2024 no era la primera que se convocaba. El movimiento de denuncia del overtourism (sobreturismo) viene de atrás. En octubre de 2023, la recién creada ‘Menys Turisme, Més Vida’ sacó 3.000 personas a las calles para protestar contra el Foro Europeo del Turismo y la reunión de ministros de Turismo de la Unión Europea celebrada en Palma. Un número similar ya se había manifestado en septiembre de 2017, convocadas por el GOB, Terraferida y el colectivo palmesano ‘Ciutat per a qui l’habita, no qui la visita’ (Palma para quien la habita, no quien la visita).
Precisamente ese verano de 2017 la crítica al turismo había saltado por vez primera al ámbito público con las acciones directas de la organización juvenil independentista Arran, entre ellas una protesta en la terraza de un bar en el Paseo Marítimo de Palma, que se saldó con 12 activistas detenidos. Como resumía el diario Última Hora este pasado 27 de julio, reflexionando sobre los inicios del malestar con el turismo: “Fue la primera gran protesta y provocó una ola de indignación. Pocos apoyos tuvo aquella acción”.
Y podemos ir más atrás, ya que el momento iniciático de la crítica al sobreturismo en Mallorca se puede trazar al verano de 2014, cuando el colectivo libertario Tot inclòs lanzó el primer número de su revista anual, donde activistas y académicos reflexionaban sobre los impactos del turismo en Baleares y proponían alternativas. Como se puede observar, ya desde sus inicios el movimiento combina protesta y reflexión y se define por la actividad de multitud de colectivos y asociaciones de todo tipo, vecinales, culturales, sociales, etc. Con estos precedentes y muchísimos más que no caben aquí, la manifestación de mayo de 2024 es la primera que logra movilizar más allá de los círculos activistas, dando inicio al nuevo ciclo de lucha.
Podemos ir más atrás, ya que el momento iniciático de la crítica al sobreturismo en Mallorca se puede trazar al verano de 2014, cuando el colectivo libertario 'Tot inclòs' lanzó el primer número de su revista anual, donde activistas y académicos reflexionaban sobre los impactos del turismo en Baleares y proponían alternativas
En junio y julio de 2024 la historia se acelera. Todas las tensiones que los movimientos sociales llevaban años denunciando, todo el malestar que la ciudadanía había ido acumulando por la expansión incesante de un modelo turístico profundamente injusto y desigual, estallaron. Las acciones de protesta se multiplicaron, ya fueran organizadas o espontáneas. Dos ejemplos bastan para ilustrarlo. Como respuesta a la manifestación de mayo, la portavoz de Vox en el Parlament balear afirmó que ‘los mallorquines no podemos pretender ir en julio y agosto a la playa como hace años’, haciendo patente la desposesión y expulsión que define el modelo turístico en la isla. Sus declaraciones causaron indignación en muchos sectores y dieron cabo a la creación del Mallorca Platja Tour, colectivo que desde las redes sociales convocaba a los mallorquines a ocupar playas masificadas en días concretos.
Su protesta más conocida se llevó a cabo el 16 de junio en el Caló des Moro, cala que había saltado a las televisiones estatales en 2021 por las colas de cuatro horas que llegaban a hacer los visitantes. El éxito de asistencia fue desbordante, más de 400 personas ocuparon durante cinco horas una de las calas más emblemáticas de la isla bajo la pancarta ‘#OcupemLesNostresPlatges’ (Ocupemos Nuestras Playas), en una protesta de carácter festivo cuya imagen más icónica mostraba a un grupo de manifestantes en bañador danzando ball de bot – una forma completamente novedosa de participar en este baile tradicional mallorquín, adaptándolo para una celebración reivindicativa.
De forma más espontánea, el 11 de julio una veintena de vecinos de Son Macià montaron una barricada con balas de paja para impedir las excursiones de buggies turísticos que se realizan sin permiso ni regulación alguna, destrozando los paisajes y afectando la vida comunitaria de las zonas rurales de la isla. La protesta, que los activistas enmarcaron de forma explícita en la campaña ‘Menys Turisme, Més Vida’, tenía de nuevo un carácter lúdico, con los vecinos comiendo melón y jugando a cartas, sentados encima de las balas de paja que cortaban la estrecha carretera rural. Como vemos, los activistas articulan su denuncia de la turistificación mediante creativas formas de protesta político-festiva que (re)construyen los lazos comunitarios afectados por el modelo turístico.
En paralelo, ‘Menys Turisme, Més Vida’ llamó a nueva manifestación en Palma para el 21 de julio, organizada esta vez con más tiempo y planificación. La asistencia superó las expectativas más optimistas: 50.000 personas salieron a la calle bajo el lema ‘Canviem el Rumb. Posem Límits al turisme’ (Cambiemos el Rumbo. Pongamos límites al turismo). Este éxito desbordante demostró que la manifestación de mayo no era la explosión de un malestar pasajero, sino la emergencia de la crítica a la turistificación como eje clave de lucha en la Mallorca de hoy día. Desde entonces, las acciones, actividades y protestas de todo tipo no han dejado de sucederse. En julio de 2025, por ejemplo, nacen los sopars a la fresca del colectivo Brunzzit, cenas comunitarias que llenan las turistificadas plazas del centro de Palma, que por un día dejan de estar repletas de terrazas al servicio de la economía turística y pasan a ser disfrutadas por los residentes de forma comunitaria y no consumista.
Si el Mallorca Platja Tour reclama las playas, emblema del turismo de masas que coloniza la costa desde los años 60, los sopars a la fresca recuperan las cascos antiguos urbanos, que han sido literalmente invadidos por establecimientos hosteleros en el modelo más reciente del sobreturismo. Unas semanas antes, el 15 de junio de 2025, ‘Menys Turisme, Més Vida’ convocó una nueva marcha, a la que asistieren más de 30.000 personas bajo el lema ‘Pel dret a una vida digna. Stop turistificació’ (Por el derecho a una vida digna. Stop turistificación). El éxito de asistencia un año más confirmó la consolidación de un movimiento ya masivo, muy bien articulado ideológicamente, cuyo éxito estriba en combinar la denuncia de todos los impactos del turismo y la lucha por el derecho a la vivienda junto el influyente ecologismo tradicional de la isla, los nuevos movimientos contra la emergencia climática y el soberanismo de izquierdas que reivindica el derecho de la sociedad mallorquina a decidir el modelo turístico.
En la isla, de hecho, la turistificación se ha convertido en la problemática que engloba las múltiples crisis que sufren las poblaciones del sur de Europa desde la crisis financiera del 2008, y por ello la denuncia de dicho modelo se articula desde diversos ejes de luchas compartidas. Dentro de esta enorme variedad, el colectivo ‘Menys Turisme, Més Vida’ emerge como el aglutinador de un activismo descentralizado que se ha desplegado por toda la isla y que a la vez es capaz de organizar manifestaciones multitudinarias.
La turistificación se ha convertido en la problemática que engloba las múltiples crisis que sufren las poblaciones del sur de Europa desde la crisis financiera del 2008, y por ello la denuncia de dicho modelo se articula desde diversos ejes de luchas compartidas
Si bien en los últimos dos años la crisis del modelo turístico ya ha sido asumida por muchos actores políticos y económicos, incluido el Partido Popular y sectores relevantes de la industria turística, las medidas impulsadas por las instituciones públicas han sido pocas y en su mayoría cosméticas, que no han impulsado ningún cambio de calado. Esta falta de iniciativa política y legislativa, unida a la enorme distancia entre los discursos y las medidas, no ha hecho más que aumentar la frustración de la población, que ve como sus condiciones de vida no dejan de empeorar. En este contexto, este mes de julio la historia se acelera de nuevo.
A finales del pasado mes de junio, ‘Menys Turisme, Més Vida’ llama a una nueva manifestación para el 26 de julio, tornándola un evento anual donde los residentes recuperan las calles de Palma, siendo ellos quienes la masifican por un día. El 7 de julio, la plataforma publica un manual de acción directa no violenta contra la turistificación, en el cual llama a actuar contra negocios e intereses asociados al modelo turístico. El manual causa una importante controversia y es criminalizado por las derechas y la poderosa industria turística, con la Federación Hotelera acusando a la plataforma de ‘coacción’ e ‘intimidación’. Ante estos ataques, ‘Menys Turisme, Més Vida’ no se amedrenta y defiende la acción directa como una herramienta histórica de los movimientos sociales, encuadrando dichas acciones en la nula respuesta institucional a las masivas movilizaciones de los últimos años.
A la semana siguiente, el 15 de julio, dos jóvenes activistas del pequeño pueblo de Santa Maria son detenidas en un inusitado y mediático operativo de la Guardia Civil, que las acusa de pintadas en cinco inmobiliarias del pueblo y pretende imputarles el delito de pertenencia a organización criminal. La absoluta desproporción de las acusaciones y de la operación policial sin mandato judicial, junto a la imagen de dos activistas entrando a los juzgados esposadas por unas pintadas, causa extrema indignación en numerosos sectores sociales y políticos, que denuncian la manifiesta intencionalidad política, contextualizándola en un intento de criminalizar el movimiento y hacer fracasar la manifestación de finales de mes.
Nada más lejos de la realidad: la marcha del día 26 es un éxito absoluto que pulveriza la asistencia a las anteriores, con un ambiente muy familiar y festivo. Esto cambia hacía al final, cuando de forma sorprendente la policía no deja entrar a muchos manifestantes a un semivacío recinto de Ses Voltes para escuchar la lectura del manifiesto. Ante esta incomprensible decisión, el ambiente se va caldeando, con manifestantes que reclaman poder entrar y la policía que empieza las primeras cargas. Estas se alargan más de tres horas, en una de las intervenciones más violentas que se recuerdan en la isla, que deja numerosas imágenes impactantes y más de 20 heridos. La indignación social es enorme y llega desde sectores muy diversos, algunos de ellos generalmente poco proclives a criticar las actuaciones policiales.
Las cargas policiales se pueden leer como un episodio más en el intento de criminalización del movimiento, que de nuevo fracasa. Algunos comentaristas han lamentado que hablar de la violencia policial desvía la crítica a la turistificación, pero existe un lectura alternativa: la persecución policial expone de forma prístina que estamos ante un conflicto democrático y de clase, que atañe al uso de los recursos de la isla, y por ello los aparatos del estado defienden el status quo del orden establecido. En otras palabras, la intensificación del conflicto que se ha visto este mes de julio nuestra de forma patente que las soluciones sólo pueden pasar por medidas estructurales que se atrevan a ir a la raíz del problema y redefinan el modelo de acumulación turística que ha imperado en las isla en los últimos 70 años – dada la enorme magnitud de este objetivo, uno de los retos del movimiento será gestionar la distancia entre sus propuestas y el impacto real de las posibles medidas que se implementen.
La persecución policial expone de forma prístina que estamos ante un conflicto democrático y de clase, que atañe al uso de los recursos de la isla, y por ello los aparatos del estado defienden el status quo del orden establecido
En cualquier caso, es poco probable que esta transformación llegue sin cierta conflictividad social, y precisamente por ello es muy relevante ver algunas de las creativas pancartas hechas a mano que se vieron en la manifestación, que resignificaban el concepto de violencia poniendo el énfasis en las dinámicas de desposesión activadas por la turistificación, como por ejemplo, ‘A tu te molesta una pintada, a mi no tenir casa’ ('A ti te molesta una pintada, a mí no tener casa'), ‘Violència és que ens treguin de ca nostra’ ('Violencia es que nos expulsen de casa'), ‘Criminal és expulsar-nos de ca nostra’ ('Criminal es expulsarnos de casa') o, expresado de forma más clara, ‘Santa Maria marca el camí’ ('Santa Maria marca el camino').
En el catalán de la isla, el término ‘ca nostra’ ha funcionado históricamente tanto para referirse al hogar familiar como a la propia isla, noción que aprovechan estas pancartas para mostrar como la turistificación no sólo está imposibilitando el acceso a una vivienda, sino también obligando a muchos residentes a tener que marchar de la isla, territorio limitado y finito. El desplazamiento, la expulsión de la comunidad local, aparecía denunciado de forma explícita en diversas pancartas, que expresaban el deseo poder continuar viviendo en la isla: desde ‘Volem viure on hem nascut’ (Queremos vivir donde hemos nacido) y ‘No volem marxar’ (No queremos marchar) a ‘Vull diure al meu poble, fora AirBnb’ (Quiero vivir en mi pueblo, fuera AirBnb) y ‘El vostre negoci, el nostre exili’ (Vuestro negocio, nuestro exilio).
Estos mensajes van más allá de reclamar el derecho a la vivienda, apuntando al ‘derecho a la isla’, noción teorizada por Eric Clark basándose en las ides de Henri Lefebvre sobre el ‘derecho a la ciudad’, y que recientemente Alejandro Armas-Díaz, Ivan Murray y Macià Blázquez han aplicado al contexto mallorquín y canario, enfatizando el derecho de las poblaciones locales a decidir sobre los procesos socio-económicos que determinan la vida de las islas.
Estos mensajes van más allá de reclamar el derecho a la vivienda, apuntando al ‘derecho a la isla’, noción teorizada por Eric Clark basándose en las ides de Henri Lefebvre sobre el ‘derecho a la ciudad’, y que recientemente Alejandro Armas-Díaz, Ivan Murray y Macià Blázquez han aplicado al contexto mallorquín y canario
En este sentido, es muy relevante que en un momento en que el Govern balear y la industria turística no dejan de hablar de sostenibilidad, ninguna de las pancartas reivindicase un concepto tan manido como vacío de contenido. De hecho, muchos de estos mensajes superan la noción de sostenibilidad para poner el foco en como la turistificación de la isla imposibilita el derecho a una vida digna, contradicción que ya aparece inequívocamente articulada en el lema ‘Menys Turisme, Més Vida’. Esta madurez ideológica también se ha observado en la menor presencia de carteles a mano culpabilizando a los turistas, lo que indica una tendencia creciente a centrar la crítica en el sistema y sus estructuras de poder más que en la fácil y reduccionista alteridad entre locales y visitantes. De hecho, muy probablemente el foco de las acciones directas en intereses de la industria turística ha contribuido a señalar a los responsables de esta crisis, que no es causada por los propios turistas.
En los últimos 15 años, la turistificación no ha dejado de aumentar hasta niveles que pocos podían imaginar, expandiéndose a todos los ámbitos de la vida cotidiana de la comunidad local, afectando su sentido de pertenencia al lugar. En julio de 2023 publiqué un artículo en elDiario.es analizando como la cultura mallorquina reciente ha representado el turismo como un trauma colectivo, y esta noción cada vez se hace más patente en la propia experiencia vital de muchos residentes, que experimentan la imposibilidad de escapar, ni que sea por un rato, a la presencia abrumadora, en constante expansión, de la turistificación, tanto en sus aspectos materiales como en los simbólicos.
Uno de las manifestaciones más devastadoras de este trauma es la cada vez más extendida imposibilidad de imaginar no ya un futuro mejor, sino un futuro en la propia isla, como expresaban pancartas con mensajes como ‘La meva vida és aquí, el meu futur ja no’ (Mi vida es aquí, mi futuro ya no), ‘Vaig néixer aquí, hi podré viure?’ (He nacido aquí, ¿podré quedarme?) o, expresado de forma más cruda, ‘El turisme mata el nostre futur’ (El turismo mata nuestro futuro). Ante esta realidad traumática, la construcción del movimiento contra la turistificación no sólo consigue que la comunidad recupere su agencia histórica, sino que además la (re)articula, recuperando el apego al lugar, activando la memoria de la lucha por los derechos colectivos y creando nuevos vínculos con el territorio y con la propia comunidad.
Tal y como ya apuntaba en mi artículo, la organización popular y movilización social es la mejor forma, sino la única, de superar el trauma, logrando que la comunidad local se reconozca no en la resignación, sino en la movilización, la rabia y la alegría. Esto queda más que patente en la pancarta que portaba una de las manifestantes, que afirmaba ‘Ca nostra no es ven, es defensa’ (Nuestro hogar/Mallorca no se vende, se defiende). Es precisamente en esta defensa de la comunidad local que la imaginación de un futuro mejor y en la isla puede ser articulada, tal y como expresaba de forma muy clara otra de las pancartas: ‘Vull un futur a la nostra illa’ (Quiero un futuro en nuestra isla). Así sea.