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Casa Lola, de villa de lujo a 'villa miseria': la mansión ilegal reconvertida en refugio para los trabajadores de Ibiza

El mes de julio empezó en Casa Lola con la denuncia de una agresión sexual. El presunto agresor también roció con gasolina a otra persona, le prendió fuego y le causó varias quemaduras, según el testimonio de una testigo. La Policía Local de Sant Josep de sa Talaia envió una patrulla el pasado miércoles por la noche para poner orden y aclarar qué había sucedido en una propiedad más que conocida para cualquier ibicenco. Casa Lola es un neotopónimo que lleva mucho tiempo apareciendo en la prensa, también en la nacional e internacional. Durante una época alternó las páginas de sociedad con las que informaban sobre la política local. La mansión donde se celebraban las fiestas que reunían al famoseo y a la alta sociedad que veraneaba en Eivissa era ilegal. Nadie pidió una licencia para construirla.

Sobre aquellos 933 metros cuadrados –bungalows, piscinas, terrazas– pendía una orden de demolición municipal que tardó doce años en cumplirse. Cuando, al fin, entraron las máquinas –9 de agosto de 2022–, la parcela entró en una especie de letargo. Hasta la última primavera. En abril, tras dos desahucios de campamentos chabolistas en la periferia de la capital de la isla, Periódico de Ibiza publicó unas fotos que evidenciaban una realidad: Casa Lola estaba llena de barracas. Fue una villa de lujo. Ahora es una villa miseria.

El Ajuntament de Sant Josep lamenta que la propietaria de la finca no haya denunciado su okupación a la Justicia. Sin ese trámite, no se podría iniciar el enésimo desahucio de infraviviendas en Eivissa. En los últimos dos años, se han producido más de media docena. El próximo ya tiene fecha y lugar: 24 de julio, hotel en ruinas de Punta d’en Xinxó, también en el municipio de Sant Josep. Pero la dueña de Casa Lola parece practicar otro juego: Francisca Sánchez Ordóñez ya ha sufrido el mismo problema y, varias veces, ha contratado los servicios de D&S Desokupa para vaciar sus posesiones.

Una promotora asidua a los tribunales

“¡Tengo okupas en casi todas mis propiedades! Vamos a ver, tú ves como tengo la casa, me gustan las cosas bellas. Yo ahora cuando voy a Casa Lola, que voy muy poco porque me provoca ansiedad, porque se lo han cargado todo, se han llevado todo, me robaron de todo cuando entraron las máquinas. Esa casa era una belleza ¿Ahora qué? Decadencia total. Eso es lo que ha hecho la Administración. Decadencia, porque es lo que quiere la Administración. Porque el ser humano es vanidoso, tengo el mejor coche, la mejor casa. Pero gracias también a esas vanidades la Administración vive de nosotros. Porque nosotros mantenemos a la Administración. Si no hubiera ilusión estaría todo muerto, como pasa en Venezuela”.

La cita corresponde a una entrevista –doble– que Paquita Marsan –el apodo por el que conocen a esta mujer, malagueña del 49, promotora inmobiliaria en los años salvajes de Marbella durante la alcaldía de Jesús Gil y Gil– concedió a Periódico de Ibiza en agosto de 2025. Como hizo en otras ocasiones en el mismo medio de comunicación, se excusó de los delitos que se le han imputado, como fraude fiscal o construcción de mansiones sin licencia: “No soy una mafiosa”. Cargó contra las instituciones democráticas, pese a presumir de amigos como los ex presidentes González y Aznar: “Tenemos que vivir de la gente que viene a Ibiza (...) ¡Que se dejen ya de tanta pluma y que dejen a los sitios abrir pronto y rápido, que eso trae dinero y no hacen nada más que poner impedimentos!”. Y responsabilizó de todos sus problemas judiciales a un abogado que la engañó: “Me sacó un millón de euros, pero no lo he denunciado. Yo le he perdonado porque no te puedes quedar en la vida con el resentimiento”. elDiario.es intentó contactar con ella por teléfono y con su empresa –Inversiones Hoteleras Faro SL–, pero no obtuvo respuesta.

La vida se abre camino en las barracas

La villa miseria no es muy diferente a otras que surgieron antes en Eivissa. Tiendas de campaña unidas a roulottes; ocho maderos y un par de chapas para poner firme algo que se parezca a una caseta; coches y furgonetas aparcados; bombonas de butano, mancuernas, macetas, materiales de construcción, basura, ropa tendida; carritos de bebé y juguetes infantiles; mesas y sillas de plástico; barbacoas y fogones humeantes, respuestas esquivas, pero dulces –“lo siento, corazón, pero no te puedo decir nada”–; historias de inmigrantes que no tienen papeles aunque tengan trabajo. Pero, al levantarse sobre la cuadrícula de una antigua villa de lujo en vez de sobre un descampado, no tiene nada que ver.

Es como si el fotograma de Mad Max se hubiera pintado de verde jurásico. Ante el silencio de la dueña, en Casa Lola la vida se abre camino. Hay caminos pavimentados, un vallado que otorga intimidad, árboles que dan sombra, palmeras que quieren crecer, matorrales selváticos y una cierta lógica para que los habitantes que han ido llegando encuentren su lugar, como en los campings donde aquellas viejas caravanas –matrículas holandesas, alemanas, francesas– debieron pasar sus días de gloria, a inicios de los noventa. Hay, incluso, alguna vivienda de hormigón y cemento que sobrevivió al derrumbe –o que se reconstruyó sin permiso después– y tiene nuevos inquilinos. Hay tarifas de alquiler, o, al menos eso dicen alguno de los moradores. Así en Casa Lola como en Can Rova, quizás, el kilómetro 0 del chabolismo ibicenco.

¿Alguien se está lucrando en Casa Lola?

“Una pareja vive en esta casa. Parece que pagan 700 euros, de ahí y de acá, las dos juntas”, explica Julia. “Ahí” es una tienda de campaña que se entrevé en la maleza. “Acá”, una casa rectangular de unos cuarenta o cincuenta metros cuadrados. Pladur, listones, el techo reforzado por una malla verde. En muchos pueblos de España sería un corral para las gallinas. Dentro, sin embargo, se alojan tres personas. Entre ellas, esta mujer de aspecto maduro que acaba de llegar a Eivissa.

–A mí me están hospedando, no más. Puede que sea más allá quien entiende la cosa de aquí, yo ni idea porque recién llegué de Paraguay, no te puedo decir nada.

–¿Y a quién le pagan el alquiler?

–Ahí de arriba está el encargado. Escuché que es colombiano.

Una residente asegura que una pareja paga 700 euros por una 'casa' más similar a un corral para gallinas que a una vivienda

Los primeros okupas duermen bajo techo

Baudi y Renato charlan en portugués. Son de Goiás, puro interior brasileño, la transición entre los ricos valles de Minas Gerais y el Mato Grosso, la entrada a la Amazonia. “Un estado sin favelas porque a diferencia de otros lugares de Brasil, quizás más ricos, allí los gobernantes no permiten la delincuencia”, dice Bai. “Por eso nuestras familias no se creen que esta finca esté así, llena de gente que no tiene otro lugar donde vivir. Claro, la televisión sólo cuenta lo bueno de Ibiza. Y saben que a nosotros nos va bien en el trabajo. Porque aquí en la isla hay trabajo para quien quiere trabajar. Y se puede ganar dinero”, continúa Renato. Una furgoneta aparcada a pocos metros de distancia confirma que trabajo no les falta a los brasileños. Está llena de herramientas y cubos de pintura. Ellos, “sobre todo en invierno”, “ponen a punto villas”, dice Bai. Desde encalar una pared a colocar unas baldosas a reconstruir estructuras. “Mantenimiento general”, resume Renato.

Nuestras familias no se creen que esta finca esté así, llena de gente que no tiene otro lugar donde vivir. Claro, la televisión sólo cuenta lo bueno de Ibiza. Y saben que a nosotros nos va bien en el trabajo. Porque aquí en la isla hay trabajo para quien quiere trabajar. Y se puede ganar dinero

–¿Vosotros pagáis alquiler por vivir en Casa Lola?

–No, nosotros no –responde Baudi.

–¿Pero vivís en la casa que tenemos detrás?

–Sí, tenemos unas habitaciones. En esta parte vive gente desde hace mucho tiempo –contesta su compañero.

–¿Y cómo pudisteis entrar?

–El portón estaba abierto –sigue Baudi– y, viendo los precios que había en la isla, decidimos quedarnos aquí. Se estaba muy bien y llevamos tres años. Nunca hemos tenido ningún problema. Somos personas buenas, trabajadoras, hemos pedido la regularización, estamos esperando los papeles. Desde entonces no hemos vuelto a casa. Pero desde que vino esta gente [señala la zona alta de Casa Lola, donde están muchas de las barracas]... muchos problemas. Nosotros no pagamos nada, pero allí arriba sí. Hay alguien que está haciendo negocio. Hay una puerta en la parte de atrás de la finca por donde les dejan entrar y salir.

–¿Quién está cobrando allí arriba?

–No lo sé, pero nos van a crear un problema.

El portón estaba abierto y, viendo los precios que había en la isla, decidimos quedarnos aquí. Se estaba muy bien y llevamos tres años. Nunca hemos tenido ningún problema. Somos personas buenas, trabajadoras, hemos pedido la regularización, estamos esperando los papeles. Pero desde que vino esta gente [señala la zona alta de Casa Lola, donde están muchas de las barracas] hay muchos problemas

Sin luz

El nombre de la zona no engaña: Devall sa Serra, debajo de la sierra. Casa Lola se construyó en la falda de un agujero delimitado por montañas bajas a la que le han brotado los pinos –la Serra d’en Calaveres– y varios cerros: Pujol d’en Puvil, Puig Redó, Puig d’en Camarles. Varios torrentes –des Jondal, de Can Berris– atraviesan un pequeño territorio que debió ser muy fértil en el pasado (en el Mediterráneo, donde hubo agua, hubo alegría). Hoy, los nombres de las antiguas fincas agrícolas –Can Cantó, Can Forn, Ca na Pepa d’en Xic, Can Miquel Francesc– se mezclan con casoplones dotados de piscinas del tamaño de un apartamento. Un vecindario diseminado que ha levantado la voz en las últimas semanas por lo que está sucediendo en la finca de Paquita Marsan. Desde el anonimato, una persona denunciaba en Periódico de Ibiza “la okupación de una vivienda” para abastecer de electricidad a la villa miseria “con un tendido eléctrico ilegal”.

Al chamizo de Daniel no llega la luz. Por eso, fríe a gas unos trozos de pollo rebozado. Cuando los saque de la sartén y los seque en papel de cocina, se los llevará a su madre y a su hermana pequeña, una niña que corretea frente a la roulotte donde duerme este paraguayo –“de Asunción”– que lleva un año en la isla: “Vine porque ellas ya estaban acá. Mi madre y la niña pudieron encontrar un alquiler en otro lado, lo que pasa es que yo no lo encontré”. Daniel trabaja “en villas”. “Albañilería y reparaciones”. Para aliviarse del calor, bebe tereré. El mate en frío de los guaraníes. Compartirlo para divagar es todo un rito social.