“El huerto hace comunidad en una isla tan turistificada”: el proyecto que une a los vecinos de Ibiza

“El huerto es una manera de hacer comunidad, cosa que hoy día es difícil en una sociedad tan individualista, y más en una isla como Eivissa, tan turistificada”. Pau, diseñador gráfico especializado en sostenibilidad, es un vecino de la isla que participa en el proyecto de huerto urbano de la ciudad, de producción ecológica, que se financió con fondos europeos a través de una iniciativa municipal.

“Compartimos las semillas y la producción”, explica. “A veces haces un plantel y no salen todas las plantas que esperabas, o salen más de las que puedes gestionar, y se reparten. Todo eso genera relaciones de solidaridad”, añade. “Para mí generar ciudadanía y valores a nivel comunitario es muy importante”, asegura Jaime, otro vecino que ha conseguido hacerse, durante cuatro años, con una de las 48 parcelas de esta huerta ecológica, cuyo proyecto costó a las arcas municipales casi 295.000 euros.

El proyecto fue impulsado durante el anterior gobierno municipal progresista. El espacio se organiza en 48 parcelas individuales de entre 30 y 50 metros cuadrados y una parcela adicional de unos 345 metros cuadrados destinada a talleres. Además, cuenta con zonas comunes, como un área de descanso con mesas de pícnic y sombra, módulos de baño y almacén, así como espacios para compostaje y semilleros. Se trata de un proyecto con una duración inicial de cuatro años, que finaliza el próximo año. El actual gobierno municipal, de signo conservador, deberá decidir si le da continuidad.

En opinión de Jaime, “genera cosas muy positivas”. “Voy con mis hijos y les puedo educar en valores, sobre cómo funciona la tierra y el cultivo”, asegura. Para él, es un “ejemplo de cómo deben funcionar los proyectos comunitarios”. No solo por el acceso a un espacio de cultivo, sino por la forma en que se organiza: un proyecto gestionado por los propios usuarios con el acompañamiento técnico de l’Associació de Productors d’Agricultura Ecològica d’Eivissa i Formentera (APAEEF). Jaime insiste en que el valor del huerto va más allá de la producción. “Al final, lo que genera es cohesión social y participación”, resume. En su caso, además, el huerto tiene una función educativa. 

El huerto como espacio ecosocial

“El proyecto es ecosocial: hay una parte ecológica, evidentemente, pero la social es muy importante”, coincide Pau. En su parcela siembra de todo: puerros, coles, brócoli, alcachofas, habas, guisantes, rábanos y muchas plantas aromáticas. Además, ya tiene preparado el plantel con los cultivos de tomates y pimientos. En general, comenta que trabajan con un sistema que les permite tener productos variados durante todo el año, llegando a cultivar más de 90 variedades diferentes.

Pau matiza que, en general, las parcelas no permiten el autoconsumo total. “No están pensadas para sustituir el mercado, pero sí te permiten adquirir conciencia de las temporadas que tiene cada producto, y eso cambia tu forma de alimentarte”, explica. En su caso, reconoce que, aunque siguen comprando carne o pescado, llevan años sin comprar prácticamente verduras. Además, insiste en los beneficios de su función ecosocial.

Las parcelas no están pensadas para sustituir el mercado, pero sí te permiten adquirir conciencia de las temporadas que tiene cada producto, y eso cambia tu forma de alimentarte

A esa dimensión comunitaria se refiere también Mariana, otra de las usuarias del recinto. Llegó a la isla hace quince años y fue una de las personas que obtuvo una parcela en el sorteo inicial. “Se ha creado una pequeña comunidad. Cada uno planta cosas distintas, intercambiamos ideas y hacemos sesiones técnicas”, explica. Para ella, más allá de la producción, hay un valor añadido difícil de medir: “Es muy bonito poder cultivar tu propio tomate, que sepa a tomate, y no comprarlo en el supermercado”.

Mariana acude al huerto dos o tres veces por semana, aunque reconoce que la dedicación varía según la época del año. “En verano hay más trabajo, pero en invierno también puedes plantar, no es que todo se pare”, señala. Ahora mismo cultiva sobre todo productos de temporada: “Tengo hoja verde, puerros, aromáticas, zanahorias… y he hecho semilleros para la próxima temporada”. Aunque su parcela es pequeña, considera que el huerto tiene un impacto directo en su alimentación. Ella no se puede autoabastecer con su parcela, pero es un complemento a su dieta diaria, además de muy saludable.

El funcionamiento colectivo del espacio también se articula a través de actividades compartidas. “Hacemos sesiones técnicas, preparamos humus, trituramos restos vegetales o compartimos semillas autóctonas”, detalla. A su juicio, el interés que despertó el proyecto evidencia que hay demanda social: “Había muchas más personas en lista de espera que parcelas. Debería haber más huertos, porque hay mucho terreno sin usar y esto ayuda a crear comunidades sanas”. Esa demanda, de hecho, es uno de los elementos que más se repiten entre los usuarios: la necesidad de ampliar este tipo de iniciativas en una isla marcada por la presión urbanística y turística.

APAEEF, entidad de productores ecológicos encargada del acompañamiento, subraya la importancia de combinar la parte agronómica con la social. “No deja de ser un espacio común donde conviven personas muy diversas”, explica Maribel Juan, técnica del Banc de Terres de la asociación. Actualmente, 48 familias utilizan las parcelas, muchas de ellas sin experiencia previa. “Por eso hacemos un asesoramiento mensual en dos líneas: una agraria y otra de facilitación grupal”, detalla. El objetivo es doble: por un lado, enseñar técnicas de cultivo ecológico; por otro, ayudar a gestionar la convivencia en un espacio compartido. Según Juan, el proyecto ha permitido acercar la agricultura a perfiles muy diversos. “Hay gente joven, hay personas jubiladas… y eso genera una interacción intergeneracional muy interesante”, señala. Además, destaca el valor pedagógico del proceso: “Aprenden a producir sus propios alimentos y a valorar una alimentación sana y ecológica”.

Temporada de brotes verdes

En cuanto a los cultivos, el calendario manda. “Ahora es temporada de coles, puerros, brócoli, lechugas, habas y guisantes”, enumera. Mientras tanto, los usuarios ya empiezan a preparar los semilleros de cara al verano. Todo ello en un contexto marcado por la incertidumbre climática. “El año pasado no hubo problemas de agua, pero los veranos son cada vez más duros y eso se nota en los cultivos”, advierte Juan. Esa percepción coincide con la de los propios usuarios, que reconocen que trabajar la tierra les hace más conscientes de las condiciones climáticas. “Estás pendiente de si llueve o no, de si tienes que regar más… Eso antes no lo pensabas”, apunta Pau.

El año pasado no hubo problemas de agua, pero los veranos son cada vez más duros y eso se nota en los cultivos

Pese a las limitaciones —el tamaño reducido de las parcelas o la imposibilidad de abastecer completamente a una familia—, el balance es positivo. Jaime lo resume así: “Genera cohesión social y participación”. Mariana va un paso más allá: “Ojalá hubiera uno en cada barrio”. En una isla donde el acceso a la vivienda, el encarecimiento del coste de vida y la presión turística marcan la vida, proyectos como este, aunque pequeños, funcionan como formas de organización colectiva alternativas, pensadas en el autoconsumo y autoabastecimiento. Pau insiste en la idea que atraviesa todo el proyecto: “Para mí, casi es más importante la parte social que la productiva”.