ENTREVISTA
El autor que explica por qué vivimos en una era 'hiperpolítica': “La ventaja de la derecha es estructural, no accidental”
Vivimos un momento de politización vertiginosa que, sin embargo, apenas modifica las relaciones de poder existentes. Frente a la “pospolítica” de los años 90 y 2000, aquella época de baja participación, consenso tecnocrático y retirada generalizada hacia la vida privada —simbolizada por 'El fin de la historia' de Fukuyama y por la desactivación neoliberal de los grandes antagonismos—, la última década ha traído una indiscutible repolitización. Hoy, tras años de supuesta apatía, aumenta la participación electoral, se multiplican las protestas, se recrudecen las pasiones políticas, regresa incluso la violencia.
El problema, dice Anton Jäger (Bélgica, 1994), es que esta ola repolitizadora no ha venido acompañada de una “reinstitucionalización”. En comparación con la política de masas del siglo XX —densa en partidos, sindicatos, prensa militante, sociabilidad obrera y confesional—, la hiperpolítica es una política sin un cuerpo institucional capaz de sostenerla más allá de la cortoplacista turbulencia propia de los ciclos mediáticos y las redes sociales.
Jäger es uno de los analistas más afilados de la izquierda europea de la última década. Doctor por Cambridge, profesor en la Universidad de Oxford y columnista en The New York Times, ha publicado Hyperpolitics: Extreme Politicization without Political Consequences (Verso, 2026) [Hiperpolítica: Politización extrema sin consecuencias políticas].
elDiario.es conversa con él sobre la genealogía de un concepto, el de hiperpolítica, que ha suscitado un amplio y acalorado debate en el ámbito intelectual: por qué la derecha parece moverse mejor que la izquierda en este nuevo terreno, qué significa el caso español a la luz de su diagnóstico y qué tipo de instituciones híbridas podrían, sin prometer un falso retorno a tiempos irrecuperables, devolverle a la repolitización una dimensión duradera.
¿De dónde proviene el concepto de “hiperpolítica”? ¿Qué implica y por qué vivimos en una era hiperpolítica?
La palabra como tal no es mía. Fue utilizada por primera vez en alemán a principios de los 90 por Peter Sloterdijk, quien la concibió como la manera característica de practicar la política en la modernidad. El término también se emplea en los debates posestructuralistas entre Slavoj Žižek y Ernesto Laclau, así como en muchas de las críticas que desde otros ámbitos se le han dirigido al propio Laclau. Mi concepto recoge ese hilo crítico, pero es sustancialmente diferente.
Empecé a utilizar el concepto pocos años atrás, concebido como un tipo de 'repolitización sin reinstitucionalización': hay mucha evidencia estadística de un aumento notable de la actividad política en los últimos tres lustros, desde la participación electoral hasta la protesta y la violencia política. Además, hoy es mucho más sencillo compartir opiniones a través de las plataformas digitales. En los años 90 y comienzos del siglo XXI, todos estos indicadores eran mucho más bajos.
Un reflejo que he observado, sobre todo en el ámbito progresista, consiste en comparar este estallido reciente con períodos anteriores de alta polarización, en particular el periodo de entreguerras del siglo pasado. Hay una verdadera atracción por el marco fascista: todo el debate sobre si Trump debe clasificarse como fascista, sobre si la nueva actividad política supone una regresión a aquel período.
Siempre he sido escéptico respecto de ese marco. La razón principal es que, entonces, el estallido de alta politización era inimaginable fuera de las instituciones colectivas. Si uno estaba políticamente activo en los años 20 y 30, la primera pregunta era: “¿De qué partido tienes carné? ¿En qué organización estás activo?”. Hoy no es así. La actividad política ha vuelto a incrementarse, pero no adopta una forma institucional: no estamos ni en la apatía tecnocrática de los 90, ni en la política de masas del siglo XX.
Si uno estaba políticamente activo en los años 20 y 30, la primera pregunta era: '¿De qué partido tienes carné? ¿En qué organización estás activo?'. Hoy no es así.
Y, en cambio, en coyunturas históricas como la nuestra, marcadas por la incertidumbre, las analogías históricas se multiplican. Cuando carecemos de análisis adecuados y de respuestas precisas, parecemos buscar consuelo en las comparaciones con el pasado. Pero la hiperpolítica constituye, en muchos sentidos, un paradigma radicalmente contemporáneo.
Los seres humanos son animales que funcionan a través de metáforas: damos sentido a nuestra experiencia histórica comparándola con lo que ya conocemos. Es casi un reflejo decir: “Me encuentro en una situación de peligro, ¿cómo le doy sentido?”. Hay en esas analogías una demanda básica de significado que me parece comprensible y hasta cierto punto necesaria.
Es evidente, además, que buena parte de la energía política liberada en los últimos diez o 15 años se ha traducido en éxito con mayor facilidad en la extrema derecha que en la izquierda. Sobre todo en Europa, donde la extrema derecha ha pasado de fuerza de oposición a fuerza de gobierno: en torno a un tercio de los sistemas europeos la incluyen hoy en coaliciones gubernamentales, a veces como socio principal. Algo de cierto hay, entonces, en la analogía con los años 30. En Italia, Meloni hereda un partido fundado originalmente por fascistas del siglo XX: el MSI, partido fascista surgido tras la derrota de Mussolini.
Pero Fratelli d'Italia es hoy una formación política muy distinta. El entorno social, y sobre todo el internacional, ha cambiado por completo, y las razones de su éxito electoral son también inmensamente diferentes. Ahí reside el reto de la teoría: quizá aprendamos más sobre lo que la situación actual nos exige estratégicamente si somos capaces de señalar las diferencias con lo que vino antes, no las similitudes. El debate sobre las similitudes ha sido estimulante, pero no hemos hablado lo suficiente de las diferencias.
La secuencia descriptiva de mi libro —el paso de la política de masas a la pospolítica y, tras ello, a la hiperpolítica— tiene el riesgo, soy consciente, de postular la política de masas como modo por defecto de concebir y practicar la política. Es cierto que esta forma de política fue la más eficaz para forzar el cambio social, pero también que fue un fenómeno extraordinariamente excepcional.
¿A qué se refiere?
Se produjo en circunstancias socioeconómicas muy específicas —una urbanización e industrialización muy rápidas que no creo que veamos repetirse fácilmente, salvo quizá en China, y allí también es una historia complicada—, y se apoyó en democracias muy jóvenes: el sufragio universal, generalizado sobre todo a partir de 1918, era un fenómeno muy reciente, y que la gente acabara de ser empoderada como actor facilitó enormemente la acción política de masas. Hay excepciones: el lulismo en Brasil es una señal clarísima de que puede construirse algo parecido a un socialismo industrial en una época en que, tanto en el sur como en el norte globales, parecía del todo imposible.
Creo necesario insistir en la idea de que, efectivamente, hubo una política de masas de derecha, particularmente poderosa, y en buena medida consecuencia de la fuerza que la política de masas tenía en la izquierda. La campaña nazi en Europa del Este es inseparable de un análisis de las SS como organización que permitía ascender socialmente, como motor de movilidad social y, a la vez, de matanza. En ese sentido, la política de masas no debe idealizarse como algo estable o saludable; puede ser enormemente peligrosa y caótica.
En resumen: la política de masas fue propia de ese período específico de nuestra historia. No soy determinista en el sentido de sostener que, sin los parámetros adecuados, no pueda haberla. No me siento cómodo con ese fatalismo: la acción humana es muy impredecible; la gente ha hecho cosas extraordinarias en circunstancias extraordinarias. Construir una política de masas era difícil a finales del siglo XIX; también lo es hoy. Pero, como decía Lenin, no hay situaciones imposibles: es una falacia lógica afirmar que una situación lo es. Hoy existen límites y obstáculos que antes no existían, por supuesto, y quiero explicitarlos. Lo que no puedo hacer es decretar como imposible la vuelta de una forma similar de política de masas.
Es evidente que buena parte de la energía política liberada en los últimos diez o 15 años se ha traducido en éxito con mayor facilidad en la extrema derecha que en la izquierda
¿Hasta qué punto es universal este diagnóstico? Su libro se centra casi en exclusiva en el eje atlántico, en lo que Branko MilanoviÄ llama el 'Occidente político'.
No es producto del chovinismo, sino de mi ignorancia, sobre todo de constricciones lingüísticas. En términos generales, efectivamente, hablo del mundo de la OCDE. No es algo que me haga especialmente feliz. Es, simplemente, una limitación intelectual. Dicho esto, el argumento puede extrapolarse a un contexto global. Las causas de las que hablo son globales: la crisis de 2008 lo es. Lo que he observado es que, cuando la gente lee el libro desde fuera de ese radio occidental, desde América Latina a Asia Oriental, tiende a encontrar el concepto tan útil para sus estudios de caso como yo lo encontré para los ejemplos occidentales.
China es, quizá, el caso más interesante. Porque presenta un contraargumento a algunas de mis afirmaciones.
¿En qué sentido?
Existe todo un debate sobre lo que llaman “política despolitizada” o “tecnocracia comunista” en los años 90 y 2000 en China. Wang Hui, referente de la llamada Nueva Izquierda china, publicó un artículo muy importante sobre la “política despolitizada” en Oriente y Occidente en New Left Review, a comienzos de este siglo. Su argumento, grosso modo, era que China y Occidente estaban convergiendo en un estilo de gobernanza tecnocrática, en una modalidad pospolítica en la que el periodo de Deng Xiaoping ponía fin a la intensa politización del maoísmo; del mismo modo, en Occidente, las luchas de clase de los 70 y 80 se cerraban mediante la pospolítica. La clase dominante china y la clase dominante occidental se estaban embarcando, en el fondo, en un proyecto muy similar.
La diferencia, creo, es que en la década de 2010 el Partido Comunista Chino fue capaz de superar ese impasse tecnocrático y reinventarse como fuerza social. La élite china está cada vez más integrada en el Partido Comunista Chino y, sobre todo tras la COVID, este ha reforzado su control sobre los estratos más bajos de la sociedad. Las élites occidentales, por el contrario, no han sido capaces de construir nada parecido al Partido Comunista Chino con atractivo popular. No hubo populismo chino, no hubo hiperpolítica china en los últimos años; en parte, por la represión y la vigilancia, claro está, pero también porque cuentan con una institución capaz de estabilizar su gobierno.
La historia de Occidente en los últimos diez o 15 años es muy diferente: desde el Black Lives Matter al asalto al Capitolio del 6 de enero, en esta parte del mundo se ha consolidado una política de protesta de corto aliento, una suerte de sociedad del espectáculo, incluso de “democracia del espectáculo”.
La hiperpolítica no tiene la fuerza causal suficiente para explicar el fracaso del populismo de izquierda: eso se debe a sus contradicciones internas y a la presión externa sobre él
¿La derrota del populismo de izquierda en los últimos años sentó las bases de la hiperpolítica o, más bien, esta dinámica fue la razón de la derrota de aquellos experimentos?
La hiperpolítica no tiene la fuerza causal suficiente para explicar el fracaso del populismo de izquierda: eso se debe a sus contradicciones internas y a la presión externa sobre él —basta pensar en Syriza o en cómo Podemos tuvo que desenvolverse en la nueva política de coaliciones—. Lo que sí veo con claridad es una secuencia. A comienzos de los 2010, se abre una ola de protestas, global pero especialmente legible en el sur de Europa y en Occupy Wall Street en EEUU, que articula un horizontalismo reacio a las instituciones y hostil al consenso tecnocrático de la austeridad. Ahora bien, aun diciéndose “no nos sentimos representados”, ese momento conserva una aceptación normativa de la representación: si ellos no nos representan, habrá que encontrar otro vehículo que lo haga. El populismo de izquierda es precisamente la respuesta a ese problema de institucionalización y la secuencia es muy legible en La Francia Insumisa, en el corbynismo, en Bernie [Sanders] tras Occupy Wall Street.
El problema, claro, es que hacia 2015 o 2016 ese proyecto descubre que institucionalizarse es mucho más difícil de lo previsto. Las razones son múltiples: la troika en Grecia, el aparato mediático contra [Jean-Luc] Mélenchon en Francia, el Comité Nacional Demócrata contra Sanders. Cuando Bernie retira su candidatura presidencial en 2020 y estalla el verano de George Floyd, emerge un registro distinto, que ya ni siquiera se plantea el horizonte institucional. Lo vemos también en la tensa relación entre [el movimiento de] los 'chalecos amarillos' y Mélenchon, donde cualquiera que reclame un liderazgo resulta de inmediato sospechoso.
Y ahí está, para mí, el criterio distintivo. Con Laclau la cuestión está clara: el populismo es una teoría de la representación, una reflexión sobre cómo los sectores populares pueden llegar a ser representados —y eso arrastra consigo toda una constelación de problemas en torno a la soberanía popular o las instituciones—. La hiperpolítica, en cambio, no es que responda mal a esa pregunta, es que la ha desactivado. No es tanto “no nos representan bien, busquemos otro vehículo”, como “no queremos ser representados en absoluto”.
La hiperpolítica no es tanto 'no nos representan bien, busquemos otro vehículo', como 'no queremos ser representados en absoluto'
¿Por qué la derecha y la extrema derecha parecen jugar con ventaja en este escenario hiperpolítico? Escribe, a modo de ejemplo, que el Tea Party, uno de los antecedentes del trumpismo, fue de los movimientos más exitosos de las últimas dos décadas.
La ventaja de la derecha es estructural, no accidental. Hay un elemento esencial sobre lo que Marx llamaba “el partido del orden”: su umbral de éxito es mucho más bajo que el de la izquierda. Las promesas que hace a sus votantes son más modestas. Además, el statu quo siempre plasma, por definición, postulados más cercanos a los suyos.
Salvini tenía toda clase de ideas descabelladas —'remigración', cierre a la inmigración, incluso salida del euro— y las abandonó por completo. Meloni no ha frenado la migración como prometió, por no hablar de las deportaciones masivas: es hoy la mejor alumna de la clase de la OTAN y la eurozona se ha convertido en algo que está dispuesta a defender.
Es una cuestión elemental sobre el vínculo de la extrema derecha con su base: “Podemos ofreceros cierta política del resentimiento y del reconocimiento cultural, pero hay muchas cosas que son caras y que nos obligarían a sacar dinero de nuestros donantes o del Estado de bienestar, y eso no vamos a hacerlo”. No se les vota por ese tipo de promesas; se les vota, creo, por resignación y por cinismo. Al menos, son honestos sobre lo poco que puede hacerse. No son socialmente ambiciosos. Tsipras no logra terminar con la austeridad en Grecia y es castigado sin piedad; Salvini incumple y sigue ahí. Esto entronca con otra diferencia básica.
Sánchez está siendo capaz de usar de modo productivo la posición de segunda o tercera fila propia de una potencia media como España: no pretendemos gobernar el mundo, pero en las grietas y los márgenes pueden hacerse cosas interesantes
¿Cuál?
La derecha tiene acceso a fondos privados y la izquierda, no. Ese es, históricamente, el quid de la política de masas como fenómeno de izquierda. Al no encontrar patrocinadores entre las élites ni en los círculos del capital, los proyectos progresistas han tenido que recaudar donaciones dispersas y económicamente modestas. La disponibilidad de dinero privado da a la derecha una capacidad de movilización imposible de igualar. Por supuesto, la Fundación Open Society [de George Soros] puede aportar algo de dinero, pero no en las cantidades disponibles en el ámbito derechista.
Hay una razón adicional que explica el éxito de la derecha a la hora de navegar la hiperpolítica. En su seno se ha abierto un debate mucho más atrevido y honesto sobre la crisis del liberalismo, sobre cómo asimilarla, integrarla y pensar qué significaría ir más allá del fallido modelo liberal. La derecha ha abrazado ese vacío sin nostalgia y, en algunos casos, ha adoptado una posición explícitamente “posliberal”. Con Trump se ve con claridad. La izquierda tiene una proximidad sociológica al liberalismo —por el tipo de personas que la integran, en parte también por el mundo académico— y le ha costado mucho más romper ideológicamente con él. Ese es, a mi juicio, quizá el único error estratégico del que es culpable. Por lo demás, las ventajas estructurales ya estaban ahí, la asimetría era previa.
¿Cuál es su análisis de la situación política española, desde la figura de Pedro Sánchez a los aciertos y errores de los experimentos del populismo de izquierda (primero Podemos, luego Sumar)?
He de empezar reconociendo que no he seguido el caso español lo bastante de cerca como para decir cosas especialmente innovadoras. En los últimos tiempos, me he interesado por los esfuerzos del gabinete de Sánchez por combinar la transición verde con cierta autonomía geopolítica y ahí creo que en textos anteriores me precipité al declarar al populismo de izquierda una fuerza fallida. Si uno examina sus legados políticos —incluso en Estados Unidos, pero sobre todo en España—, queda claro que han actuado como una suerte de látigo a la izquierda del PSOE. De manera paradójica, han ayudado a la socialdemocracia española a reinventarse.
El objetivo de Podemos era dar el sorpasso, desplazar a los socialistas como fuerza hegemónica de la izquierda. Lo que ha hecho, en cambio, es ayudar a los socialistas a consolidarse como un proyecto renovado y renovador en un contexto en el que el resto de la socialdemocracia europea atraviesa una gravísima crisis: en Alemania, Países Bajos, incluso en Gran Bretaña, no está nada claro que muchos de estos partidos lleguen a la próxima década. Es un resultado a la vez positivo y trágico: haber actuado como guardián de la reinvención de una socialdemocracia que se creía pasokificada, cuando el plan inicial era aprovechar esa decadencia en apariencia irreversible para reconstruir un nuevo bloque de izquierdas.
A todo esto hay que añadir una limitación muy propia de la década pasada: el problema de coordinación a escala continental. Syriza estaba en el poder en Atenas, pero ese no era el caso de Mélenchon en París, ni de Die Linke en Berlín. ¿Qué se puede hacer contra la troika en ese contexto de aislamiento? Lo que Sánchez demuestra, desde una tradición política diferente, es que la ventana de oportunidad es más amplia de lo que a menudo se suponía. También porque ha sabido aprovechar ciertas tendencias globales: el ascenso de la hegemonía verde de China, el desgaste de la Alianza Atlántica, la cuestión de la solidaridad con Palestina.
Ahora, incluso a escala europea, se pueden intentar cosas que antes no parecían posibles. Sánchez está siendo capaz de usar de modo productivo la posición de segunda o tercera fila propia de una potencia media como España: no pretendemos gobernar el mundo, pero en las grietas y los márgenes pueden hacerse cosas interesantes. Que España pueda combinar un esfuerzo de descarbonización con mayor independencia respecto de Estados Unidos muestra que el populismo de izquierda de la década pasada fue, quizá, demasiado vacilante y temeroso.
El caso de Bernie Sanders en Estados Unidos apunta en la misma dirección. No fue lo bastante rupturista en el terreno internacional. Mucha gente le decía: “Quizá deberías mirar hacia América Latina, buscar allí un movimiento de solidaridad”. Pero su visión de la política exterior era muy convencional, de cuño netamente estadounidense. El desorden global está creando hoy, en cambio, el caldo de cultivo para toda clase de alianzas improbables y ahí una izquierda audaz podría encontrar una fuente de inspiración.
La pregunta no es si la repolitización es buena o mala, sino cómo puede traducirse en algo institucionalmente más duradero, siendo conscientes de que no será posible recrear las instituciones de masas del siglo XX
Considero que el desafío es articular un doble gesto con respecto a su diagnóstico sobre la hiperpolítica. Primero, cómo manejarse con mayor inteligencia estratégica en las condiciones realmente existentes. Segundo, cómo pensar un horizonte poshiperpolítico.
Hay dos puntos que destacar. La clave es la cuestión de la reinstitucionalización. La repolitización que ya vivimos me parece, en sí misma, positiva. Sé que algunas personas han hecho llamamientos casi explícitos al retorno a un mundo más despolitizado, pero no creo que vayamos a volver atrás: la política ha venido para quedarse, ese genio no regresa a la lámpara. La pregunta, por tanto, no es si la repolitización es buena o mala, sino cómo puede traducirse en algo institucionalmente más duradero, siendo conscientes de que no será posible recrear las instituciones de masas del siglo XX, porque respondían a coordenadas muy específicas.
Ahora bien, hay una diferencia entre asumir que no se pueden clonar las condiciones del pasado y caer en la banalidad de que no se puede entrar dos veces en el mismo río. Que algo se haya hecho antes significa, quizá, que puede volver a hacerse. La pregunta es qué forma puede tomar una estrategia híbrida que acepte que el mundo ha cambiado en los últimos 100 años y, al mismo tiempo, asuma que se necesitan instituciones políticas de masas para lograr un verdadero cambio social.
¿Puede poner algún ejemplo?
En el plano más práctico, ya hay ejemplos interesantes: partidos que funcionan a varias velocidades, con miembros más fugaces, otros más digitales y un núcleo de militantes más estable; algo a medio camino entre un partido digital y un partido de masas clásico. Suelo citar al Partido de los Trabajadores de Bélgica como un modelo sugerente. Ese tipo de plataforma política acepta que sociológicamente nuestro mundo ha cambiado —la gente ya no va a la iglesia los domingos, sea laica o católica—, pero no da por supuesto que una política desarrollada exclusivamente en el smartphone, con una duración nimia, sea el mejor camino.
Muchos de los grandes logros del siglo pasado fueron batallas de trinchera, pacientes y largas. Es justamente ese reequilibrio entre 'guerras de posición' y 'guerras de maniobra', en la terminología de Gramsci, el que debería producirse hoy. Un partido híbrido capaz de atraer a ciertas personas de manera permanente y, a la vez, movilizar a otras que no hacen de la política una dedicación exclusiva, que tienen otras cosas en sus vidas más allá de estar en campaña permanente. Y conviene distinguir, en ese sentido, entre “partido digital”, un ente que hace política casi exclusivamente en las redes, y “partido con estrategia digital”. Lo primero no puede ser.