Análisis
Irán no va a asistir a su propio funeral como un convidado de piedra tras el ataque ilegal de EEUU e Israel
Una vez más, Oriente Medio está inmerso en llamas. Estados Unidos e Israel han lanzado un ataque sin precedentes contra Irán con la intención de derrocar al régimen islámico, no sólo golpear su programa nuclear como hicieron en el pasado mes de junio. Se trata de un doble salto mortal, porque es prácticamente imposible acabar con un Gobierno que lleva casi cinco décadas en el poder y dispone de una sólida red de apoyos sin desplegar tropas sobre el terreno.
Al embarcarse en una nueva guerra de inciertos resultados, el presidente Donald Trump ha decidido ignorar a su propia base electoral a la que prometió que se centraría en el frente doméstico y abandonaría las aventuras bélicas de sus predecesores en el cargo. El lema ‘América Primero’ parece haber sido relegado al baúl de los recuerdos por un Trump empeñado no sólo en resucitar la Doctrina Monroe en el patio trasero de América del Sur, sino también en retornar a un Oriente Medio que Barack Obama prometió abandonar para contener la proyección china en el Indo-Pacífico.
No debe pasarse por alto que Estados Unidos lleva detentando una posición hegemónica en Oriente Medio desde la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces ha apostado por ‘el poder duro’ para imponer sus designios, promoviendo múltiples golpes de Estado e intervenciones militares que, en lugar de asentar la paz y la estabilidad, han extendido el caos y el desorden. Sin duda, un buen negocio para la industria armamentística y petrolífera estadounidenses que han hecho cuantiosos negocios con las monarquías árabes del Golfo, las principales exportadoras de petróleo y las primeras importadoras de armas a nivel mundial.
La guerra de agresión contra Irán parece ser un nuevo eslabón más de esta política que tan sólo agudizará los problemas de la región y tendrá un único vencedor: Israel, que pretende aprovechar el cambio de era para imponer, contra viento y marea, su hegemonía en el conjunto de Oriente Medio. Una vez más, el primer ministro Benjamin Netanyahu ha demostrado su capacidad para imponer su agenda belicista a Donald Trump, que ha hecho caso omiso de las advertencias de sus aliados árabes para evitar una nueva escalada de violencia. Ambos comparten su desprecio por el derecho internacional, su apuesta por el unilateralismo y su voluntad de perpetuarse en el poder.
Durante semanas, el presidente Trump ha puesto en marcha un doble juego para distraer la atención de la comunidad internacional. De una parte, ha enviado a Ginebra a dos personas de su total confianza —Steve Witkoff y Kared Kushner— para que negociaran con Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores iraní, la interrupción de su programa nuclear. De otra parte, el Pentágono se ha coordinado con el Ministerio de Defensa israelí para lanzar un ataque sin precedentes contra los principales líderes políticos y militares iraníes, entre ellos el Guía Supremo Ali Jamenei, el presidente Masud Pezeshkian y la mayor parte de los ministros del gobierno, incluido el propio Aragchi.
En los últimos días, Estados Unidos había concentrado en el golfo Pérsico buena parte de su arsenal bélico con un despliegue sólo equiparable al que puso en marcha ante la invasión de Iraq en 2003. La presencia de los portaviones Abraham Lincoln y Gerald R. Ford, veinte fragatas y cientos aviones de combate de última generación parecía indicar que la opción negociadora era tan sólo un trampantojo para justificar que se habían agotado todas las vías antes de dar luz verde al ataque. Todo ello pese a que las negociaciones habían registrado avances significativos y que Badr Al Busaidi, ministro de Asuntos Exteriores omaní, había anunciado hace unos días que el acuerdo estaba “al alcance de la mano” y podría firmarse “mañana mismo”.
En su reciente discurso sobre el Estado de la Unión, Trump lanzó la inverosímil acusación de que “Irán estaba trabajando para construir misiles que pronto llegarán a Estados Unidos”. Marco Rubio, su escudero, advirtió que el régimen iraní pronto dispondría de misiles con los que amenazar Europa. Dichas acusaciones no difieren mucho de las formuladas en su día para justificar la invasión de Irak. En aquel entonces se habló de la existencia de armas de destrucción masivas que sólo existieron en la cabeza de George W. Bush y sus palmeros.
Debe recordarse que, tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas, la Doctrina Bush aprobó el lanzamiento de ataques preventivos contra las potenciales amenazas que se cernían sobre el imperio americano. Hoy en día, Trump ni tan siquiera se ha molestado en recabar el apoyo del Congreso (mucho menos el del Consejo de Seguridad) para lanzar su guerra contra Irán, una intervención que viola el derecho internacional y nos adentra en la ley de la jungla en la que tan cómodos se mueven autócratas de la talla de Trump, Netanyahu y Putin.
En todo caso, la manifiesta debilidad del régimen iraní tras años de asfixiante bloqueo económico y de reveses militares no debería confundirse con su incapacidad para responder a Estados Unidos e Israel. En las últimas horas, las fuerzas armadas iraníes han contraatacado golpeando las bases militares norteamericanas y lanzando misiles hacia el Estado hebreo que han sido interceptados sin dificultad. Si bien es cierto que hoy en día el régimen iraní no puede recurrir a la doctrina de ‘disuasión asimétrica’ activando a sus aliados regionales (Hamás, Hizbulá y los Hutíes), sería un error de cálculo pensar que va a asistir a su propio funeral como un convidado de piedra.
El régimen iraní afrenta la mayor amenaza existencial de toda su historia. Pensar que va a rendirse sin ofrecer resistencia parece poco realista, ya que en el pasado ha demostrado sobradamente su capacidad de resiliencia. En el caso de que perciba que está en riesgo su propia existencia no debería descartarse que optase por morir matando.
Si bien es cierto que Estados Unidos e Israel cuentan con una abrumadora superioridad militar, también lo es que Irán dispone todavía de varias bazas a las que recurrir. Entre las opciones que baraja está el bloqueo del estratégico estrecho de Ormuz, por el que cada día pasan unos 20 millones de barriles de crudo, lo que podría disparar el precio del petróleo. No sólo eso: la interrupción de la navegación en dicho estrecho también provocaría una disrupción logística, ya que por el puerto emiratí de Jebel Ali, clave en el comercio mundial entre Asia y Europa, pasan cada mes más de 1,5 millones de contenedores.