La portada de mañana
Acceder
Trump, atrapado en la guerra a la que le empujó Netanyahu
Crónica - 'La llave de judo de Junts a Feijóo', por Neus Tomàs
Opinión - 'Como si a los corruptos les importara la corrupción', por Rosa M. Artal

ENTREVISTA

Riccardo Marchi, experto en ultraderecha: “No creo que el cordón sanitario a Chega en Portugal pueda aguantar mucho”

Natalia Chientaroli

Oporto (Portugal) —
2 de junio de 2026 22:03 h

0

Mientras la ola de extrema derecha se extendía por Europa, Portugal se presentaba como la anomalía ibérica, ajena a un fenómeno que crecía sin parar. Pero en poco más de cinco años Chega se ha convertido en la segunda fuerza política en el Parlamento luso, y el país acaba de acoger una cumbre sobre remigración organizada por grupos a la derecha de la extrema derecha, que defienden la repatriación forzosa de millones de personas por su origen étnico o cultural. “Es sorprendente, pero no deja de seguir una cierta lógica”, concede el historiador italiano Riccardo Marchi.

Afincado hace casi dos décadas en Portugal, Marchi se dedica a estudiar la evolución del radicalismo de derecha y los movimientos populistas europeos en el Centro de Estudios Internacionales del Instituto Universitario de Lisboa y es profesor en la Universidad Lusófona. Desde ese doble papel, el académico analiza para elDiario.es los cambios políticos en el país y también los cambios generacionales que han amplificado el discurso identitario y supremacista en los más jóvenes, mientras en Europa cunden medidas antiinmigración como los centros de deportación fuera de la UE. “La última cumbre del Remigration Summit ha demostrado que ya no se trata de unos grupos marginales. Tienen dinero y apoyo externo”.

¿Qué pasó desde 2019 hasta hoy para explicar el crecimiento de la ultraderecha?

Creo que buena parte de la explicación reside en André Ventura, el líder de Chega. En Portugal había una fuerte demanda de populismo de protesta. Lo que no había era una oferta política capaz de ocupar ese espacio. Muchos portugueses habían dejado de votar y estaban muy descontentos con la forma en que funcionaban las instituciones democráticas.

Al mismo tiempo, los partidos de extrema derecha tradicionales no crecían porque seguían vinculados al pasado autoritario. André Ventura entendió que había una ventana de oportunidad a la derecha de donde se encontraba, con una fórmula distinta. Y así nace Chega.

Ventura entró en el Parlamento en 2019 por la mínima. 

Sí, él viene del PSD, la centroderecha clásica, y en las elecciones locales de 2017 despliega un discurso populista y polémico contra la población gitana que le da muchos votos, pero a la vez entiende que no tiene posibilidades de crecer en esa línea dentro de su partido, así que funda uno propio. Cuando en 2019 entra al Parlamento, aprovecha tanto esa posibilidad como el momento político.

Va experimentando con temas y discursos hasta encontrar los que generan mayor rentabilidad electoral. Por ejemplo, en un primer momento abrazó un ultraliberalismo económico tipo Milei, pero cuando vio que no funcionaba lo abandonó y optó por otros temas de corte identitario, que generaban más atención. Eso lo convirtió en una presencia constante en los medios. 

¿Cuánto tiene que ver el ecosistema de medios de comunicación con el ascenso de Chega? 

Más que el ecosistema, yo diría el sistema. Y eso está ampliamente demostrado por la investigación científica. Ventura entendió perfectamente la lógica mediática contemporánea, en la que se prioriza el conflicto y la controversia porque es lo que garantiza clics, y por tanto, ingresos. Por eso una afirmación polémica suele tener más cobertura informativa que una reforma legal de calado. Así, el líder de la derecha radical se convierte en una garantía de audiencia. No digo que los medios crearan el fenómeno Chega, pero amplificaron enormemente su alcance. 

Cada vez hay más votantes de centroderecha que nunca votarían a Chega, pero que ya no tienen problema con que participe en un gobierno, y eso es extensible también a España

Y así llegamos a las elecciones de 2025, en las que la ultraderecha se convierte en la segunda fuerza política del país. ¿Cree que el cordón sanitario en Portugal es sólido?

No estoy seguro de que el cordón sanitario pueda sostenerse durante mucho tiempo. Si Chega se mantiene como un partido con el 25% del electorado, será difícil excluirlo permanentemente del Gobierno. El primer ministro Luís Montenegro (PSD) gobierna con muchas limitaciones, y eso puede suponerle un enorme coste electoral de cara a los próximos comicios. Necesitará demostrar que es más que el administrador de un condominio, que puede hacer reformas, y para eso necesita pactar a su izquierda o a su derecha. Teniendo en cuenta que la derecha suma mayoría absoluta en el Parlamento, es probable que tarde o temprano puedan producirse acuerdos con Chega. 

Parte de ese ‘cordón sanitario’ se basa en el rechazo de muchos votantes de centroderecha a la derecha radical. ¿Cree que se está debilitando?

Hay un dato que me parece interesante de las últimas elecciones presidenciales. En la segunda vuelta, cuatro de cada cinco votantes de centroderecha votaron por el candidato de centroizquierda frente a la extrema derecha. Eso podría querer decir que Ventura ha alcanzado un techo, pero los electores no se comportan igual en otros comicios. Por ejemplo, ese cordón sanitario ya ha caído en muchos sitios a nivel local, como ocurre con PP y Vox. Cada vez hay más votantes de centroderecha que nunca votarían a Chega, pero que ya no tienen problema con que participe en un gobierno, y eso es extensible también a España.

¿Cree que a Chega le puede interesar enfrentarse al desgaste de participar de un gobierno de coalición o puede preferir influir desde fuera? 

Chega es un proyecto de poder. Y no dudo que Ventura, cuyo objetivo central es convertirse en primer ministro, exigiría en un pacto de Gobierno ministros de carteras importantes, como Interior, en la línea de ese 25% de votos que ha conseguido el partido. Supongo que pasaría algo parecido en un hipotético gobierno de PP y Vox. 

Los partidos se han dado cuenta de que la remigración funciona electoralmente. Utilizan esas banderas porque generan atención, y lo que quieren es que sus temas estén en el centro del debate político

¿Qué significado tiene que Portugal acogiera el pasado fin de semana una cumbre sobre remigración organizada por grupos extraparlamentarios identitarios y supremacistas? 

Creo que tiene explicación y significado. Por un lado, su situación geográfica la coloca como puente con América, y en este encuentro hubo varios representantes de Estados Unidos. Además, es un país donde la movilización antifascista es más baja y donde, desde el punto de vista social y legal, puede haber una presión menor para dificultar su realización. En cuanto al significado, creo que el Resum26 reconoce a Portugal como parte de la red internacional de la ultraderecha identitaria en la figura de Alfonso Gonçalves, que ofició de anfitrión. 

¿Quién es Alfonso Gonçalves y qué es Reconquista?

Gonçalves surge en la militancia de las redes sociales en plena pandemia, y en 2023 crea esta organización que viene a ocupar un espacio vacío en la ultraderecha extraparlamentaria portuguesa. Si hablas con él, parece claro que ha intentado, sin éxito, convertirse en un interlocutor válido para Chega, sobre la base del capital de sus miles de seguidores. Pero Ventura, que como otros dirigentes de la ultraderecha cultiva un liderazgo muy personalista, se ha cuidado de darle ese lugar. Primero, porque está fuera del partido y segundo, porque cree que puede perjudicarle. 

Sin embargo, sí compra el discurso de la remigración que surge de grupos cercanos a núcleos neonazis. ¿Cree que los partidos de la extrema derecha están siendo empujados por grupos más radicales?

Los partidos se han dado cuenta de que la remigración funciona electoralmente. Utilizan esas banderas porque generan atención, y lo que quieren es que sus temas estén en el centro del debate político. Tienen interés en surfear esa ola pero no tanto en adoptar institucionalmente esa posiciones porque pueden generar rechazo. No olvidemos que la propuesta de su máximo ideólogo, Martin Sellner, habla de deportar forzosamente no solo a solicitantes de asilo y personas en situación irregular, sino también a lo que llaman “no asimilados” [cultural o socialmente] aunque tengan pasaporte europeo. Y ahí cabe quien ellos decidan. 

Rocío de Meer, la representante de Vox en el encuentro, señaló incluso a los “migrantes que hacen uso de los servicios sociales”. 

Sí, es un clásico de la ultraderecha el discurso del “migrante parasitario” del Estado. La presencia de Vox y de AfD en la cumbre es significativa, así como la de invitados políticamente relevantes como Gregory Bovino, de la Administración Trump [excomandante general de ICE], gente del entorno de MAGA o políticos como Roberto Vannacci [líder de un nuevo partido ultra en Italia, Futuro Nazionale]. Lo que se vio en esta cumbre es que ya no son solo unos pequeños grupos marginales: el lugar elegido, la asistencia y la realización indican que hay más dinero y apoyo exterior, porque Reconquista no tiene capacidad para montar una cosa así. Estamos claramente ante otra escala de organización.

La mayoría de los ponentes del Remigration Summit tenían menos de 40 años, y muchos de ellos menos de 30. ¿Por qué el discurso identitario cala más en las nuevas generaciones? 

El discurso que escucho constantemente entre los jóvenes es: no vamos a tener futuro y nadie nos tiene en cuenta. A nuestra generación le dijeron que estudiar garantizaba una vida mejor. A esta, que aunque lo haga, es probable que viva peor que las anteriores. Repiten que se habla mucho de los derechos de distintas minorías y no de ellos. 

¿Por qué la frustración y la falta de expectativa acaban en la cuestión identitaria, en el rechazo al diferente?

En la adolescencia es natural la búsqueda de una identidad. Los chicos y chicas que yo he entrevistado que militan en la derecha y ultraderecha replican un cierto perfil: han crecido en un ambiente educativo y mediático donde se reconocen y valoran todas las identidades –étnicas, religiosas, sexuales–. Sienten que a ellos les cargan con la culpa del pasado colonialista y el racismo estructural por ser portugueses y blancos, y que el hecho de ser heterosexuales y católicos los convierte en sospechosos de ser patriarcales, homófobos o intolerantes. 

El supuesto wokismo que la ultraderecha dice que controla las escuelas no está influenciando tanto a esta generación: tienden a ser liberales, sí, pero menos progresistas

¿Cree que esa percepción tiene que ver con una característica generacional, con un error de discurso del progresismo, con una incapacidad para ver sus propios privilegios…?

La generación Z ha crecido dentro de internet, no como la anterior, que creció con internet. Y creció en un periodo de liberalismo progresista muy normativo: piensa en todas las reglas de lo políticamente correcto, tanto en la escuela como en las redes. Algunos de los primeros adolescentes que entrevisté eran gamers sin conciencia política que se radicalizaron cuando lo que llaman wokismo intentó deconstruir el mundo de los videojuegos acusándolo de machismo, violencia simbólica, racismo. 

Esa lógica funciona para todos: han crecido en sus países con pocas perspectivas de futuro, y creen que les obligan a sentirse culpables por unos supuestos privilegios que ellos nunca han sentido, y reaccionan. Obviamente no hablamos de toda la generación Z; todos los días doy clases a alumnos adolescentes que no se ha radicalizado hacia la derecha. Lo que sí veo –no tengo todavía datos empíricos de esto– es que el supuesto wokismo que la ultraderecha dice que controla las escuelas no está influenciando tanto a esta generación: tienden a ser liberales, sí, pero menos progresistas.