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Todo patrimonio fue contemporáneo

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Muchos edificios históricos que hoy consideramos parte indiscutible de nuestro patrimonio fueron, en su origen, construcciones levantadas para atender necesidades cotidianas. Solo con el paso del tiempo adquirieron el valor que hoy les reconocemos y el grado de protección del que ahora gozan. Conviene, no obstante, recordar que el patrimonio no es una cuestión de antigüedad, sino de significado. No protegemos estos edificios porque sean antiguos, sino porque reconocemos en ellos valores que consideramos dignos de conservar y transmitir.

Por eso resulta llamativo que sigamos tratando el arte contemporáneo como una categoría provisional, necesitada del juicio del tiempo para merecer el mismo reconocimiento que otorgamos a las obras del pasado. Esa percepción tiene consecuencias muy concretas. Restauramos retablos góticos o pinturas renacentistas con criterios científicos rigurosos, mientras que el arte urbano y otras intervenciones artísticas recientes suelen recibir el mismo tratamiento que el resto del mobiliario urbano. Cuando una creación no se reconoce como patrimonio cultural y se considera únicamente un elemento más del espacio público, cambia por completo la forma de intervenir sobre ella.

Lo ocurrido recientemente con el mural que Okuda San Miguel realizó en el Centro Juvenil Pipo Velasco, en el distrito madrileño de Usera, ilustra bien las consecuencias de esa forma de entender el arte contemporáneo. La obra fue intervenida con el propósito de garantizar su conservación, pero la intervención fue realizada por una empresa de mantenimiento urbano y no por profesionales especializados en conservación y restauración del patrimonio. El estado que presenta hoy el mural pone de relieve los riesgos de tratar una obra de arte como si fuera un elemento más del espacio público.

El caso resulta especialmente significativo no solo por la popularidad de su autor, sino también por las circunstancias en que nació la obra. El mural fue promovido por Naciones Unidas, con la colaboración de UNICEF España y la Fundación Coloring the World, para conmemorar el Día Mundial de la Infancia. Su diseño surgió de un proceso participativo en el que intervinieron niños y adolescentes de distintos centros educativos y juveniles. El resultado es una obra colectiva en el sentido más profundo del término. No se limita a reivindicar los derechos de la infancia: incorpora la voz de quienes son, precisamente, los destinatarios de ese mensaje.

Precisamente por ello resulta difícil comprender que una intervención destinada a garantizar su conservación pudiera plantearse sin la participación de profesionales especializados. Y es que conservar una obra de arte no consiste simplemente en aplicar un revestimiento protector. Exige conocer la naturaleza de los materiales, su envejecimiento, la compatibilidad entre productos, su comportamiento frente a la intemperie y la reversibilidad de cualquier tratamiento. Se trata de una disciplina científica con criterios y metodologías propios, muy distinta de las tareas ordinarias de mantenimiento.

Hoy el mural presenta cambios cromáticos, cuarteamientos y grandes desprendimientos de la película pictórica como resultado de aquella intervención. No corresponde aquí establecer una relación causal ni atribuir responsabilidades; hacerlo exigiría un estudio técnico independiente. Pero el caso sí pone de manifiesto una cuestión más profunda: mientras el arte contemporáneo no sea reconocido plenamente como patrimonio cultural, seguirá existiendo el riesgo de intervenir sobre él con criterios que no le corresponden.

El debate que plantea este caso va mucho más allá del propio mural. Tiene que ver con nuestra capacidad para reconocer como patrimonio las obras de nuestro propio tiempo. Una sociedad demuestra su altura no solo por el respeto que profesa a las obras heredadas, sino también por el cuidado con el que protege las que ella misma crea.

Llegará un día en que nuestro presente será estudiado como hoy estudiamos el pasado. Entonces se juzgará si supimos reconocer el valor de las obras de nuestro tiempo o si, por el contrario, dejamos que parte de nuestro patrimonio se deteriorara porque nunca fuimos capaces de reconocerlo como tal.

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