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De Bush padre a Trump: los riesgos, las lecciones y el legado de la injerencia de EEUU en Oriente Medio

14 de marzo de 2026 22:36 h

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Esta es la tercera guerra del Golfo y el enésimo estallido de conflicto desde que Estados Unidos se consolidó como la potencia dominante e influyente en Oriente Medio al final de la Guerra Fría. Y, posiblemente, sea el más peligroso, trascendental y confuso de todos.

La destrucción y el caos que se extienden por la región confirman el estatus de Oriente Medio como la principal fábrica de crisis del mundo, pero también plantean la pregunta de por qué los presidentes de Estados Unidos declaran con tanta frecuencia que pondrán fin a la injerencia estadounidense en la región, solo para acabar viéndose arrastrados de nuevo a ella.

Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha intentado derrocar gobiernos en Oriente Medio con una frecuencia casi regular: aproximadamente una vez cada diez años. En la mayoría de los casos, el resultado ha dejado tanto al país afectado como al propio Estados Unidos en peor situación, con consecuencias imprevistas que terminan emergiendo con el tiempo.

Ahora, mientras Donald Trump se embarca en un nuevo intento de cambio de régimen —esta vez en Irán, un país de 90 millones de habitantes—, la sensación de inquietud es profunda. Los plazos ya empiezan a alargarse y cada día crece la impresión de que Trump está jugando con el destino de un país del que apenas sabe nada.

La primera guerra del Golfo

La primera guerra del Golfo, entre 1990 y 1991, tuvo al menos la ventaja de ser un conflicto de alcance, objetivos y duración relativamente contenidos. Cuando Sadam Husein invadió Kuwait en lo que presentó como un golpe distorsionado en nombre del panarabismo, George H. W. Bush expulsó a las fuerzas iraquíes con relativa facilidad y logró mantener una amplia coalición árabe de apoyo. En parte lo consiguió al evitar que Israel respondiera a las provocaciones de Sadam.

En una decisión conocida, Bush padre se atuvo al mandato del Consejo de Seguridad de la ONU —liberar Kuwait, pero no invadir Irak— y decidió no perseguir al ejército iraquí en retirada hasta Bagdad. La campaña terrestre duró apenas 100 horas.

Sabemos por los últimos 40 años que los Estados fallidos se convierten en centros de terrorismo, contrabando, tráfico de armas, drogas y criminalidad

La naturaleza unilateral de aquella guerra tiene paralelismos con lo que está ocurriendo ahora en Irán. El intelectual árabe Azmi Bishara describió la primera guerra del Golfo como un modelo de guerra en el que un bando combate sin riesgo y el otro sin esperanza: “Un lado pierde por accidente media docena de personas; el otro pierde varios cientos de miles bajo la fuerza de las armas”.

Sin embargo, la guerra dejó un legado. Los kurdos y los musulmanes chiíes aprendieron el riesgo de confiar en las promesas de un presidente estadounidense. Washington los animó a levantarse contra Sadam y a “tomar cartas en el asunto”, solo para descubrir después que Bush se mantendría al margen mientras eran aplastados. Es una lección que los kurdos de Irán quizá han aprendido.

En segundo lugar, la guerra llevó a medio millón de soldados estadounidenses a Oriente Medio y, como escribe el politólogo Marc Lynch en su libro America’s Middle East: The Ruination of a Region [El Oriente Medio de Estados Unidos: la ruina de una región, publicado en diciembre de 2025], esas tropas “en un sentido simbólico nunca regresaron a casa, sino que se dispersaron por un archipiélago de bases estadounidenses repartidas por el Golfo, el Levante y el sur de Turquía, diseñadas para aplicar la doble contención de Irak y de Irán”.

“Esas bases, hoy bajo ataque de Irán, se convirtieron en ‘la infraestructura que sostiene la primacía de Estados Unidos”, dice.

La segunda guerra del Golfo

En la segunda guerra del Golfo, conocida como la guerra de Irak, entre 2003 y 2011, George W. Bush decidió que Sadam debía irse por su supuesta posesión de armas de destrucción masiva. Esto significaba que Estados Unidos tenía al menos un objetivo bélico identificable, aunque basado en un monumental error de inteligencia del que nadie asumió la responsabilidad.

Tanto si Washington entró en guerra por una mentira como por malentendido, lo hizo sin saber lo suficiente sobre el país que estaba invadiendo ni sobre las fuerzas que se desatarían una vez que acabara el régimen autoritario de Sadam.

El sesgo de optimismo sobre las consecuencias de la guerra fue tan profundo porque también lo era el deseo de ir a la guerra. En un testimonio ante el Congreso, el entonces vicesecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, dijo a los miembros del comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes en febrero de 2003 que los iraquíes eran “23 millones de las personas más educadas del mundo árabe que van a recibirnos como liberadores… La idea de que vamos a ganarnos más enemigos entrando y deshaciéndonos de lo que todo árabe sabe que es uno de los peores tiranos… es simplemente absurda”.

Wolfowitz descartó las comparaciones con los Balcanes y afirmó que Irak no tenía antecedentes de “milicias étnicas combatiendo entre sí”, por lo que no serían necesarias grandes fuerzas de mantenimiento de la paz tras la guerra. También se mostró convencido de que los iraquíes libres rechazarían el extremismo islamista o cualquier forma de gobierno teocrático. Admitió, además, que sus argumentos se basaban en parte en sus contactos personales.

Otro defensor de la guerra fue un líder de la oposición israelí llamado Benjamin Netanyahu. ¿Su consejo? “Si eliminan a Sadam, les garantizo que tendrá enormes repercusiones positivas en toda la región. Y creo que la gente que vive justo al lado, en Irán, los jóvenes y muchos otros, dirán que la época de esos regímenes, de esos déspotas, ha terminado”. Ocurrió lo contrario. Irán se hizo más fuerte, incluso dentro de Irak.

Cuando se sugiere que Estados Unidos puede solucionar los problemas de Oriente Medio si simplemente 'lo hace bien', conviene recordar que en Irak intervino y ocupó el país, y el resultado fue un costoso desastre. En Libia intervino pero no ocupó el país, y el resultado fue un costoso desastre. En Siria ni intervino ni ocupó el país, y el resultado fue otro costoso desastre

Más recientemente, John Sawers, exdirector del MI6 y representante especial del Reino Unido en Bagdad en 2003, describió las secuelas de la invasión como “un caos total”.

“No hubo una planificación real para lo que vendría después”, dijo. “Los estadounidenses permanecían atrincherados en sus tanques y vehículos blindados, con gafas de sol reflectantes y cascos pesados, sin ningún contacto con la población iraquí. Simplemente asumieron que, una vez que las fuerzas estadounidenses hubieran derrocado a Sadam, los exiliados iraquíes regresarían, tomarían el control y todo iría sobre ruedas. Pero lo que pasó resultó ser completamente distinto”.

Philip Gordon, que fue asesor de seguridad nacional de la exvicepresidenta estadounidense Kamala Harris, argumentó en 2015 que en el concepto estadounidense de cambio de régimen había algo fundamentalmente erróneo. Escribió: “Cuando se sugiere que Estados Unidos puede solucionar los problemas de Oriente Medio si simplemente 'lo hace bien', conviene recordar que en Irak intervino y ocupó el país, y el resultado fue un costoso desastre. En Libia intervino pero no ocupó el país, y el resultado fue un costoso desastre. En Siria ni intervino ni ocupó el país, y el resultado fue otro costoso desastre”.

De hecho, dedicó todo un libro a recopilar ejemplos de cómo Estados Unidos fracasa a la hora de anticipar el caos que inevitablemente sigue al colapso de un régimen. La guerra puede acabar con un régimen, pero no construir una sociedad cohesionada.

Sin embargo, lo más llamativo del debate previo a la guerra de Irak fue la magnitud que alcanzó. En comparación, en el período previo al ataque contra Irán, la Administración Trump ha valorado el engaño y la sorpresa. En febrero de 2003, el entonces secretario de Defensa de Estados Unidos, Colin Powell, consideró necesario acudir a la ONU para realizar una presentación multimedia de una hora de duración en la que se mostraban camiones y vagones de tren que supuestamente “servían como instalaciones móviles de producción de agentes biológicos en Irak”. Con el tiempo se supo que aquella información era errónea, pero Powell creyó que era necesario presentar ese argumento y obtener apoyo internacional para la invasión (no consiguió el apoyo del Consejo de Seguridad). 

Ahora, en cambio, los pasillos del Consejo de Seguridad de la ONU están en silencio —u ocupados por Melania Trump dando lecciones al mundo sobre los derechos de los niños en tiempos de guerra— mientras el Departamento de Defensa investiga si Estados Unidos fue responsable del bombardeo de una escuela de primaria de niñas en el sur de Irán, en el que murieron decenas de menores.

En 2002, muchos funcionarios del Departamento de Estado de Estados Unidos advirtieron sobre el probable coste y la duración de la ocupación, así como sobre la posibilidad de que los beneficiarios fueran Irán y los chiíes dentro de Irak. Tenían razón. Las estimaciones varían, pero la guerra probablemente le costó a Estados Unidos dos billones de dólares, dio lugar al surgimiento de la organización terrorista Estado Islámico y provocó la muerte de entre 150.000 y un millón de personas, según diferentes estimaciones. La insistencia de Tony Blair en que la invasión debía ir acompañada de un nuevo impulso a la cuestión palestina no dio frutos, dejando el tema en segundo plano hasta 2023.

La actual guerra del Golfo

Avancemos rápidamente hasta la Operación Furia Épica de Trump y, en comparación con 2002, lo único que tenemos es una confusión épica. En una sucesión de entrevistas, declaraciones y llamadas telefónicas, Trump y su equipo han ofrecido justificaciones que se contradicen entre sí. Poco de ello va más allá de la mera afirmación.

De hecho, el secretario de Defensa, Pete Hegseth —que se presenta a sí mismo como “secretario de Guerra”— ha ofrecido en distintas intervenciones argumentos cambiantes al estilo Top Gun. “Regímenes locos como Irán, empeñados en delirios islámicos proféticos, no pueden tener armas nucleares”, ha afirmado.

Según una de las afirmaciones de la Administración Trump, Irán estaba a punto de disponer de un misil balístico intercontinental capaz de alcanzar Estados Unidos. Steve Witkoff, el enviado internacional todoterreno de Trump, aseguró por su parte que Irán estaba a una semana de tener material apto para fabricar una bomba nuclear.

Por su parte, el vicepresidente, JD Vance, dijo que las negociaciones nucleares con Irán no resultaban creíbles, argumentando que Irán estaba construyendo instalaciones a 20 metros bajo tierra y enriqueciendo uranio hasta alcanzar una pureza del 60%. Como resultado, las instalaciones nucleares que fueron “destruidas” en los ataques del pasado mes de junio tenían que ser destruidas de nuevo.

El propio Trump ha descrito la naturaleza terrorista del régimen, que se remonta a 40 años atrás, y ha hablado de un cambio de régimen.

Pero fue el secretario de Estado, Marco Rubio, quien presentó el razonamiento más sorprendente. “Sabíamos que iba a haber una acción israelí, sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses y sabíamos que, si no les atacábamos preventivamente antes de que lanzaran esos ataques, sufriríamos más bajas”.

Parece que nadie en la Casa Blanca pensó que una solución alternativa a ese riesgo podría haber sido decirle a Israel que no atacara Irán. Una vez más, surge la misma pregunta: “¿Quién demonios es la superpotencia aquí?”. Fue la frase que pronunció Bill Clinton en 1996 tras un tenso primer encuentro con Netanyahu.

Parte del caos puede deberse a que los objetivos políticos de Israel y Estados Unidos no están totalmente alineados.

El temor a repetir el atolladero iraquí ha llevado a Trump a decir que busca en Irán un equivalente —difícil de encontrar— de la figura que sustituyó a Nicolás Maduro como líder en Venezuela: Delcy Rodríguez. Una dirigente que, aunque arraigada en el propio régimen, podría orientar la política del país de forma pragmática hacia las expectativas de Washington.

La lógica recuerda a la que defendió durante la presidencia de George W. Bush la entonces la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, según la cual en Irak “el ejército sería derrotado, pero las instituciones se mantendrían”.

Trump dijo que había encontrado algunos posibles candidatos, pero luego admitió que, por desgracia, ahora yacían muertos entre los escombros de un edificio gubernamental bombardeado. “La mayoría de las personas que teníamos en mente están muertas. Ahora tenemos otro grupo. Puede que también estén muertos, según los informes. Así que supongo que llegará una tercera oleada. Estoy bastante seguro de que no conoceremos a nadie”.

Sin embargo, en ocasiones, Trump no parece un hombre que solo quiera “volar las malditas puertas” de Irán. Quiere provocar el derrumbe total del edificio y está dispuesto a abrir la caja de Pandora pidiendo ayuda a los rebeldes kurdos iraníes para que esto suceda.

John Sawers ha advertido de “la peligrosa posibilidad de que el régimen se corroa o se derrumbe y pierda el control de partes del país, y que entonces el país se fragmente en varias zonas distintas donde surjan administraciones locales, a menudo sobre una base étnica”. “Si el país se disuelve en sus partes constituyentes, será básicamente un Estado fallido. Sabemos por la experiencia de los últimos 40 años que esos lugares se convierten en centros de terrorismo, contrabando, tráfico de armas, drogas y todo tipo de criminalidad”, agrega.

Las importantes minorías étnicas de Irán —kurdos, baluchis, árabes ahwazíes y azerbaiyanos— representan desde hace décadas uno de los mayores temores del poder en Teherán: el riesgo de que el país pueda fragmentarse. Sus quejas por la marginación y la explotación de sus regiones se remontan a largo tiempo atrás.

La gran mayoría de los recursos naturales de Irán —petróleo, gas y las principales fuentes de agua— se encuentran fuera de la meseta central, en zonas con comunidades no persas y una considerable población musulmana suní. Por el contrario, la mayoría chií-persa se concentra en la meseta central, una región árida delimitada al oeste por las montañas de Zagros, al norte por la cordillera de Alborz y al este por el desierto central de Irán.

Los paralelismos

Los paralelismos entre las guerras del Golfo no son perfectos. Israel no fue la fuerza motriz que es en este conflicto, y la probabilidad de una división entre suníes y chiíes es menor. No hay tropas occidentales desplegadas sobre el terreno.

Pero el peligro es que se trata de un proyecto estadounidense centrado rígidamente en la destrucción de la amenaza que representa Irán. Los precursores de la estrategia de conmoción y pavor saben poco sobre las fuerzas que podrían surgir de la destrucción de la República Islámica.

De camino a Bagdad en 2003, el comandante de las fuerzas estadounidenses, el general David Petraeus, hizo una célebre pregunta: “¿Cómo va a terminar esto?”. Sigue siendo tan pertinente ahora como lo era entonces.

Traducción de Emma Reverter.