La producción militar de Rusia se dispara: “Podría mantener su asalto a Ucrania al ritmo actual durante otros dos o tres años”

Andrew Roth

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Mientras Ucrania se esfuerza por conseguir municiones, armas y equipamiento para su defensa, Rusia ha experimentado en los últimos dos años un notable incremento de la producción industrial, desafiando las expectativas que muchos planificadores de defensa occidentales tuvieron cuando Vladímir Putin lanzó su invasión en febrero de 2022.

El gasto total en defensa ha aumentado hasta alcanzar aproximadamente el 7,5% del PIB ruso, se han reconfigurado las cadenas de suministro para asegurar muchos insumos clave y eludir las sanciones. Las fábricas que producen municiones, vehículos y equipos funcionan las 24 horas del día, a menudo en turnos obligatorios de 12 horas, con horas extras duplicadas para mantener la maquinaria bélica rusa en pie.

Esta transformación ha colocado a la defensa en el centro de la economía rusa. Putin anunció este mes la creación de 520.000 nuevos puestos de trabajo en el sector militar-industrial, que ahora emplea a unos 3,5 millones de rusos, el 2,5% de la población. Según un análisis del Moscow Times de los datos de empleo de Rusia del mes de noviembre, los maquinistas y soldadores de las fábricas rusas de material bélico ganan hoy más que muchos gerentes administrativos y abogados.

Putin visitó recientemente Uralvagonzavod, el mayor productor de tanques del país, donde los trabajadores se jactan de que la fábrica fue de las primeras en establecer un flujo de producción continuo las veinticuatro horas del día. El presidente ruso prometió financiar la capacitación de 1.500 empleados cualificados más para esa planta.

La OTAN subestimó la capacidad de la industria rusa

A medida que la guerra de Rusia en Ucrania entra en su tercer año, el enorme gasto militar ruso, que se prevé que este año alcance el récord en porcentaje del PIB de la era post-soviética, ha preocupado a los planificadores de defensa europeos, que dicen que la OTAN subestimó la capacidad de Rusia para sostener una guerra a largo plazo.

“Todavía no hemos visto cuál es el punto de quiebre para Rusia”, dice Mark Riisik, director adjunto del departamento de planificación política del Ministerio de Defensa de Estonia. “Básicamente, un tercio de su presupuesto nacional se destina a la producción militar y a la guerra en Ucrania... Pero no sabemos cuándo eso tendrá una verdadera repercusión en la sociedad. Así que resulta un poco difícil decir cuándo parará”.

Un indicador clave en la guerra de artillería ha sido la fabricación nacional de proyectiles, que los expertos cifran en entre 2,5 y 5 millones de unidades al año. Riisik califica la tendencia como preocupante y señala que la producción anual podría superar los 4 millones de unidades en uno o dos años. La importación de más de un millón de proyectiles procedentes de Corea del Norte y las reservas estratégicas de millones de proyectiles proporcionan a Rusia un colchón adicional.

Si bien es posible que ese número no proporcione a Rusia la capacidad necesaria para lograr avances sobre el terreno significativos en 2024 o 2025, esto pone a Ucrania en una situación de clara desventaja en el frente, donde Rusia tiene una superioridad de al menos tres a uno en su artillería de fuego y, a menudo, incluso más. “Es mucho mayor de lo que esperábamos”, dice Riisik sobre las cifras de producción rusa.

Gran parte de esta producción fue integrada al complejo militar-industrial ruso, un colosal entramado integrado por casi 6.000 empresas, muchas de las cuales rara vez obtenían ganancias antes de esta guerra. Pero lo que le faltaba en eficiencia, ese complejo lo compensó en capacidad y flexibilidad cuando el Gobierno ruso aumentó repentinamente la producción de defensa en 2022.

“Economía kalásnikov”

Richard Connolly, experto en el Ejército y la economía de Rusia del instituto británico Royal United Services (RUSI, por sus siglas en inglés) la denominó “economía kalásnikov”. La describe como “muy poco sofisticada, pero duradera, construida para un uso a gran escala y para los conflictos”. “Los rusos llevan años pagando por esto. Han estado subvencionando la industria de defensa –y muchos habrían dicho que malgastando su dinero–, en el caso de que algún día necesitaran poder ampliarlo. Así que era económicamente ineficiente hasta 2022 y, de repente, parece una planificación muy astuta”, explica.

Esto difiere significativamente de los fabricantes de armas occidentales, especialmente los europeos, que generalmente dirigen operaciones ágiles que funcionan a través de las fronteras y están diseñadas para maximizar los beneficios para los accionistas.

Es habitual que Rusia maneje el sector militar a su antojo, reasignando personal, aumentando los presupuestos y presentando grandes pedidos ad hoc. Rusia tendrá dificultades para abastecerse de componentes para armas más complejas, como los misiles, sobre todo si las sanciones se aplican de forma más estricta. Pero por ahora ha conseguido seguir suministrando misiles balísticos Iskander y también misiles de crucero Kh-101.

A principios de 2023, el Gobierno ruso transfirió más de una docena de plantas, incluidas varias fábricas de pólvora, al conglomerado estatal Rostec con el fin de modernizar y racionalizar la producción de proyectiles de artillería y de otros elementos clave en el esfuerzo bélico, como los vehículos militares.

La fábrica de pólvora de Kazán, una de las mayores del país, contrató en diciembre a más de 500 trabajadores y triplicó el salario medio mensual en la planta, de 25.000 rublos (252 euros) a 90.000 rublos (907 euros), según Alexander Livshits, director de la planta. Los anuncios de empleo ofrecen turnos nocturnos que van de 00:00 horas a las 08:00 de la mañana y protección frente al servicio militar para quienes buscan evitar ir al frente.

Muchos de los contratados tuvieron que ser reclutados en regiones vecinas, prueba de la grave escasez de mano de obra cualificada en toda Rusia. Paradójicamente, puede que la principal competencia para las fábricas venga del Ejército, que ofrece un salario de más de 200.000 rublos (2.017 euros) mensuales para quienes se alisten para ir a la guerra. En muchas regiones de Rusia, esa cantidad de dinero puede ser transformadora.

Más dinero y más horas de trabajo

“La guerra ha provocado una redistribución de la riqueza sin precedentes: las clases más pobres se benefician de la inversión pública en el complejo militar-industrial”, dice Denis Volkov, director del Centro Levada, una empresa de sondeos e investigación sociológica con sede en Moscú. “Los trabajadores de las fábricas militares y las familias de los soldados que luchan en Ucrania de repente tienen mucho más dinero para gastar. Sus ingresos han aumentado drásticamente”.

Los sondeos de Levada muestran que entre el 5% y el 6% de quienes “antes no tenían dinero suficiente para comprar bienes de consumo como un frigorífico ahora han ascendido a la clase media”. Rusia pagará por ello aumentando el gasto en defensa hasta casi 11.000 millones de rublos (112 mil millones de euros) el año próximo, un incremento del 70%, que –por primera vez desde la caída de la Unión Soviética– será mayor que el gasto social.

Putin está intentando financiar la guerra, mantener el gasto social y evitar una inflación galopante, todo a la vez, en lo que Alexandra Prokopenko, académica de la Fundación Carnegie, llama un “trilema imposible”. Por ahora, los altos precios del petróleo ayudan a amortiguar el golpe. Pero la guerra está a punto de transformar la economía rusa desde dentro.

Connolly afirma que “durante todo el periodo postsoviético, habría dicho que el petróleo era el principal sector de la economía rusa”. “Ahora digo que es la defensa y el petróleo el que la pagará. Y eso supone un problema a largo plazo”.

Un nuevo análisis del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, por sus siglas en inglés) calcula que Rusia ha perdido 3.000 vehículos blindados de combate en el último año y cerca de 8.800 desde que comenzó la guerra. Sin poder producir esa cantidad de vehículos, Rusia se ha dedicado principalmente a renovar material obsoleto que, según Connolly, muchos otros Estados habrían desechado hace tiempo.

De acuerdo con el IISS, las fábricas rusas afirman haber manufacturado 1.500 tanques principales este año, de los cuales entre 1.180 y 1.280 fueron recuperados de los depósitos de almacenamiento. Junto con los vehículos blindados de transporte de tropas y los vehículos de combate de infantería reactivados, Rusia “podría mantener su asalto a Ucrania al ritmo actual de desgaste durante otros dos o tres años, y tal vez incluso más”, afirma ese centro de estudios.

Las fábricas rusas han construido nuevas líneas de producción y se han lanzado a la contratación, recurriendo a veces al trabajo forzoso para incrementar la producción. Kurganmashzavod, que produce los vehículos de combate de infantería BMP-2 y BMP-3, ha incorporado a estudiantes y presidiarios para que ayuden a cumplir con los plazos de fabricación. Dmitri Medvédev, expresidente de Rusia y actual vicepresidente del Consejo de Seguridad, visitó la fábrica en 2022 y ya había advertido en otra fábrica de tanques sobre la posibilidad de cargos penales por el incumplimiento de contratos estatales.

Los trabajadores dijeron a los medios de comunicación locales que la semana laboral había pasado a ser de seis días y los turnos, de 12 horas, debido a la llamada “operación especial” de Rusia en Ucrania. Un líder sindical dijo que los nuevos turnos se estaban aplicando en virtud de una orden especial emitida por Putin el pasado mes de agosto, que permite obligar a los trabajadores a trabajar más tiempo “sin su consentimiento”, siempre y cuando no superen las cuatro horas extra al día.

“Hoy en día, prácticamente todas las empresas militares-industriales con órdenes adicionales del Estado están trabajando bajo ese régimen”, ha declarado Andréi Chekmenyov, jefe de la Unión Rusa de Trabajadores Industriales al periódico Novye Izvestia. “En realidad, está prohibido rechazar turnos adicionales. O aceptas [o] te despiden, no hay una tercera opción”.

Texto escrito con la colaboración de Pjotr Sauer, traducido por Julián Cnochaert