¿Quién está 'robando' el agua de Bali? Cómo el turismo seca los acuíferos que riegan los arrozales
Agachado al borde de un bancal de arroz, I Putu Partayasa hunde sus dedos en la tierra, de donde salen secos. Sus cultivos tienen agua. Los de su vecino, no. “En la estación seca tenemos un problema grande”, dice. “Hace quince años, teníamos agua todos los días, pero ahora hay cada vez menos”.
Conocido como Parta, I Putu Partayasa (52) tiene suerte de que su parcela esté a suficiente altura como para seguir recibiendo su parte del sistema de riego. Parta cree saber adónde va a parar el resto del agua. “Las empresas nos quitan el agua y la llevan a las zonas turísticas”, dice señalando las terrazas de más abajo, un mosaico verde y marrón que antes era todo verde. “El bosque se está empequeñeciendo y los manantiales se están secando”, añade.
“Antes bebíamos del río, ahora compramos botellas de plástico”, dice Parta, que gana en torno a 1,5 millones de rupias indonesias al mes [unos 72,5 euros] y lleva toda la vida cultivando esta tierra. Él pertenece a un subak, como se llaman en Bali a las cooperativas de reparto de agua que rigen el riego desde el siglo IX. Un poco asamblea de templo, un poco gremio agrícola, y un poco filosofía de vida, los subak organizan las reuniones de sus miembros en el patio del templo, donde se decide cuándo fluirá el agua, quién la recibirá y en qué orden.
Haciendo ofrendas a Dewi Danu, la diosa del agua, los miembros del subak no consideran el agua como un recurso, sino como un regalo que debe ser compartido. Un sistema que en 2012 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por La Unesco y que lleva más de 1.000 años vinculando los manantiales a los campos y a las familias.
Pero esa cadena se está rompiendo. Según la agencia nacional de tierras de Bali, en los últimos cinco años la isla ha perdido más de 6.500 hectáreas de arrozales, lo que implica un descenso superior al 9%. En 2018, el Transnational Institute estimó que Bali había perdido en los veinticinco años anteriores casi una cuarta parte de sus tierras agrícolas, mientras el turismo crecía en un 330%.
El bosque se está empequeñeciendo y los manantiales se están secando
Además de fuente de ingresos, los arrozales funcionan como infraestructuras hídricas frenando escorrentías, almacenando aguas y recargando los acuíferos subyacentes. Una función que se pierde para siempre cuando los sellan con hormigón. Muchos de los vecinos de Parta ya han vendido sus tierras, y sus hijos no tienen ningún interés en dedicarse a la agricultura.
“¿Habrá agua hoy?”
Treinta kilómetros al sur, la historia se repite a un ritmo todavía más acelerado. El atajo de Canggu es un camino abierto entre arrozales con la anchura justa para un coche. Colapsado por cientos de motos en los dos sentidos, por él transitan los trabajadores del sector turístico balinés, los nómadas digitales con sus portátiles, los influencers con sus pantalones de yoga, y los entusiastas del fitness en busca de gimnasios con pádel, piscinas infinitas y baños de hielo. Los arrozales que predominaban en la zona hasta hace poco se han transformado en hormigón, restaurantes, espacios de coworking y salones de tatuajes.
En 2024 pasaron por Bali más de 16 millones de turistas, cuatro veces su población permanente. Aunque el turismo represente una parte importante de la economía insular, los visitantes no solo han cambiado el paisaje urbano. También han afectado a la relación de la isla con el agua: más del 65% del agua dulce de Bali se destina al turismo.
Según una investigación que la Fundación IDEP desarrolló junto a hidrólogos de Bali, la extracción de aguas subterráneas ha dejado los acuíferos de la isla en niveles insostenibles para muchas zonas del sur, donde se concentran la mayor parte de los desarrollos inmobiliarios.
Los pozos costeros se vuelven salobres a medida que el agua de mar ocupa el vacío dejado por el agua dulce en los acuíferos sobreexplotados. La Fundación IDEP, que trabaja en Bali por el bienestar de las comunidades y el desarrollo sostenible, denunció la crisis hídrica desde el año 2018. Desde entonces, han detectado agua de mar en al menos seis de los nueve distritos de la isla.
Kadek Siska (35) y su madre comienzan muchas mañanas con la misma pregunta: ¿habrá agua hoy? “Antes, la gente de aquí ofrecía tierras gratis a otros balineses y estos no las aceptaban, porque todo el mundo sabía que no había agua”, explica Kadek.
Madre e hija residen en el fotografiado acantilado de Uluwatu, una de las zonas inmobiliarias más caras de Bali. Su casa está conectada a la red pública de agua, la PDAM. En un buen día, el Gobierno les da una hora de agua. “Mi madre deja los grifos abiertos para que podamos oírla caer, nos quedamos aquí y llenamos todos los envases que tenemos”, explica Kadek.
Cuando no hay agua en los depósitos, llaman al número de teléfono escrito en la parte trasera de los cientos de camiones cisterna que todos los días pasan por Uluwatu. Un suministro de 5.000 litros cuesta unas 350.000 rupias indonesias [en torno a 17 euros]. El agua potable hay que comprarla por separado, en jarras, haciendo que el gasto total en agua represente hasta el 10% de los ingresos familiares.
Según los cálculos de la Fundación IDEP, el consumo promedio de agua por turista y día oscila entre 2.000 y 4.000 litros. Ahí se incluye lo que requiere mantener las piscinas, los jardines, la lavandería y el funcionamiento normal del hotel. Para el balinés promedio, el cálculo es de entre 30 y 50 litros por día.
Un negocio con el agua
A pocos minutos en coche de la casa de Kadek Siska hay un complejo turístico de lujo cuyo primer suministro de agua llega antes de que la mayoría de los huéspedes se despierten. Los camiones no dejan de llegar a lo largo del día. Según un guardia de seguridad que pidió no publicar su nombre, el número de camiones varía entre ocho y diez por día, transportando cada uno en torno a 5.000 litros de agua. Eso significa que una sola propiedad puede recibir hasta 50.000 litros en un día, el mismo volumen que haría falta para abastecer el hogar de las Siska durante casi un año. “Por supuesto que hay envidia, ¿pero qué más se puede hacer?”, dice Kadek.
¿De dónde viene toda esa agua? Siguiendo el rastro de los camiones se llega al barrio de Jimbaran. En el patio trasero de una finca familiar, detrás de una verja, hay un pozo excavado a mucha profundidad. De él sale una tubería que permite a una bomba extraer el agua para enviarla a docenas de camiones cisterna que esperan en la estrecha callejuela con el motor en marcha.
El propietario de la finca tiene permiso del gobierno en Yakarta y un operador le compra el agua al por mayor para revenderla por camiones a hoteles y villas. Los hoteles de lujo llaman por la mañana para confirmar su pedido. Según el distribuidor que supervisa las entregas, se da prioridad a los que pagan más. El negocio lleva 15 años funcionando y nadie se hace responsable de lo que ocurre con el acuífero subterráneo.
Mi madre deja los grifos abiertos para que podamos oírla caer, nos quedamos aquí y llenamos todo los envases que tenemos
Según las investigaciones de la Fundación IDEP, en Bali hay unas 10.000 empresas de agua y la mitad opera de forma ilegal, o sin el permiso correspondiente. Perforar un pozo para uso personal está permitido, pero lo que no está claro es cuántas explotaciones usan esa licencia también para vender el agua.
La extracción de aguas subterráneas con un fin comercial requiere un permiso específico, dijo el gobierno provincial de Bali, y el agua obtenida en pozos de uso doméstico o personal “no puede comercializarse ni reutilizarse en el sector comercial o industrial”.
El Gobierno de la provincia no detalló el número de empresas de Bali con permiso para operar en el sector de las aguas subterráneas o del agua en cisterna. Sí especificaron que durante los últimos cinco años el Gobierno central había sido el responsable de aplicar la normativa y ordenar las inspecciones.
La senadora por Bali en el Consejo Representativo Regional de Indonesia Niluh Djelantik pide una moratoria en la construcción de nuevos hoteles y el cumplimiento de las normas de extracción de aguas subterráneas. “La construcción de un hotel requiere abastecer de agua a miles de personas”, dijo Djelantik, que también diseña calzado y trabaja como influencer en redes sociales. “Los ingresos del turismo en Bali provienen del sudor de la gente, no necesitan otra fuente de preocupaciones”.
“¿Dónde están los arrozales?”
En Canggu, la superficie destinada a tierras de cultivo se ha reducido en un 60% mientras la urbanizada aumentaba en un 69%. “¿Dónde están los arrozales?”, se pregunta Djelantik. En su opinión, lo que dejó desprotegida a Bali fue reemplazar la consulta a las comunidades por un sistema nacional de permisos que se conceden por Internet y permite a los inversores presentar sus solicitudes a distancia. “En el pasado, antes de empezar había que preguntar a los vecinos; ahora los promotores pueden construir justo al lado de tu casa sin preguntar”, dice.
Al norte de Canggu, en las colinas que dominan Munduk, Rudi Pak (49) se levanta antes de que salga el sol para el rito de las ofrendas: flores, arroz y una pequeña taza de café para Dios. Rudi es uno de los sacerdotes del agua, responsable de una cascada y guardián de Tri Hita Karana, la filosofía hindú que en Bali une a los seres humanos con Dios y la naturaleza.
Los promotores inmobiliarios han ofrecido a Pak 1.000 millones de rupias [unos 48.420 euros] por cada 100 metros cuadrados de su propiedad, desde la cascada hasta la empinada colina donde se asienta el hogar de la familia. El terreno se considera especialmente valioso por sus vistas sin obstáculos. Tarisa, su hija, traduce para Rudi: “No la vendemos porque queremos conservarla para la próxima generación; ya somos la cuarta generación que vive aquí y la conservaremos para la siguiente”. Rudi contempla las colinas. “Porque esta es mi tierra”, dice. “Esto sigue siendo verde”.