Ucrania lucha por recuperar el sur ocupado del país en semanas clave para su futuro

Luke Harding

Mykolaiv (Ucrania) —

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En una oficina destrozada dentro de un edificio gubernamental de Mykolaiv, en el sur de Ucrania, Dmytro Pletenchuk muestra su colección de armas rusas. Contra la pared hay misiles y bombas de racimo usados. “Estoy pensando en abrir un bar para veteranos cuando la guerra termine”, explica. “Un amigo mío que ha perdido la vida en Járkov tenía uno. Podríamos usar todas estas armas como decoración”.

El giro de Dmitri Medvédev: de reformista moderado a halcón que amenaza con la guerra nuclear

Saber más

El edificio, donde antes de la guerra trabajaban funcionarios como Pletenchuk, está ahora en un estado completamente ruinoso. En marzo, un misil ruso destruyó la sede del gobierno regional. El ataque ruso provocó un gigantesco agujero en el edificio, mató a 37 personas y muchas más resultaron heridas. Los guardias de seguridad de la recepción sobrevivieron milagrosamente. En cambio, los trabajadores que desayunaban en la cafetería tuvieron menos suerte. Todavía hay manchas de sangre en las escaleras y en un pasillo de arriba.

“Luchamos contra idiotas. Para nosotros eso es una buena noticia, pero lamentablemente son idiotas con armas nucleares”, dice Pletenchuk. El hombre nos muestra su oficina en el noveno piso, que tiene una vista panorámica sobre el río y el puerto de la ciudad. “Rusia es como un mono con una granada de mano”, afirma. “Representa un problema para toda la humanidad. No sabemos si va a volar el mundo entero”.

Cuando el presidente ruso, Vladímir Putin, ordenó la invasión de Ucrania en febrero, el Ejército ruso estuvo a punto de tomar Mykolaiv, conocida en la época soviética por su enorme astillero. Desde Crimea, las tropas rusas han ocupado la ciudad de Jersón, capital del oblast (región) homónimo, y gran parte del sur de Ucrania. En septiembre, el Kremlin planea convocar “referéndums” en las provincias de Jersón y Zaporiyia, que casi con toda seguridad acabarán anexionándose a Rusia.

Ucrania está decidida a impedirlo y el presidente Volodímir Zelenski ha ordenado una contraofensiva. El objetivo es liberar Jersón y los asentamientos circundantes ocupados por Rusia en la orilla derecha del río Dniéper, seguidos de otros territorios en el sur y el este, y finalmente Crimea, que fue tomada en 2014 por agentes rusos encubiertos.

Ahora que se cumplen seis meses desde la invasión rusa, la guerra entra en una fase decisiva. Las próximas semanas pueden determinar las fronteras de facto de Ucrania para los próximos años. En el este del Donbás, las tropas rusas siguen avanzando, presionando sobre las ciudades de Bajmut y Sloviansk, controladas por Ucrania. En cambio, Ucrania tiene un control mucho menos sólido en el sur.

La línea del frente se extiende entre Mykolaiv y Jersón, a través de un paisaje estepario de campos y pueblos destruidos.

Avances en Crimea

Desde junio, Ucrania ha desplegado sistemas de lanzamisiles múltiples Himars, suministrados por Estados Unidos, con resultados notables. Ha derribado cuatro puntos de cruce sobre el Dniéper, incluido el puente Antonivsky que conecta Jersón con la ciudad de Oleshky, en la orilla izquierda. Las defensas aéreas rusas S-300 y S-400 no parecen ser suficientes para detener esta ofensiva. El fin de semana no lograron detener el último ataque impulsado por el sistema lanzamisiles. El vídeo muestra explosiones de color naranja y nubes de humo negro sobre el puente.

Los misiles guiados también alcanzaron la central hidroeléctrica de Kakhovka, inutilizando su puente para los vehículos pesados. Consiguieron destruir los depósitos de municiones y los puestos de mando. La semana pasada, Kiev destruyó el aeródromo de Saky, en la costa occidental de Crimea, en una misteriosa operación detrás de las líneas enemigas. Ocho aviones de guerra fueron destruidos. Presos del pánico, los turistas huyeron del lugar, con atascos en el puente de Crimea hacia Rusia. Esta semana, el Ejército ucraniano atacó un depósito de municiones rusas en Crimea.

Sin embargo, los militares ucranianos reconocen que aún queda bastante para para una gran ofensiva en Jersón. “Tenemos más armas, pero no las suficientes para hacer una ofensiva y vencer al enemigo. Es suficiente para defender nuestro territorio”, subraya Roman Kostenko, un diputado ucraniano europeísta que dirige el comité parlamentario de defensa y seguridad. Oficial de las fuerzas especiales, Kostenko dirigió en marzo la operación de defensa de Mykolaiv, donde él y su equipo militar tienen su base.

Las modernas armas occidentales han permitido a Ucrania erosionar la superioridad militar de Moscú de forma lenta, pero segura. “Han marcado la diferencia. Antes nos disparaban 100 proyectiles, ahora nos disparan 20. Pronto estaremos en igualdad de condiciones”, señala Kostenko. “Para liberar Jersón no necesitamos atacar Jersón. Si controlamos el puente, no tienen logística. Si hacen un puente de pontones, se puede destruir fácilmente”.

Los rusos parecen haber llegado a la misma conclusión. Algunos expertos de inteligencia occidentales creen que es cuestión de tiempo que abandonen Jersón y se retiren al otro lado del río. Según la información disponible, sus altos mandos militares ya huyeron la semana pasada a la orilla izquierda, más segura. Los regimientos rusos motorizados y aerotransportados han estado reforzando las posiciones defensivas con soldados adicionales , así como equipos de Crimea.

Lanzamisiles Himars

El sistema de lanzamisiles múltiple Himars tiene un alcance de unos 80 kilómetros. A finales de julio, un misil guiado hizo explotar un tren de carga militar en la ciudad de Brilivka, en el oblast de Jersón. Kostenko explica que Rusia ha reubicado algunos de sus centros de mando y control, que han retrocedido hasta el pueblo de Myrne. Los soldados están cavando trincheras y se están instalando en casas de civiles.

Hasta ahora, Estados Unidos se ha negado a suministrar a Kiev cohetes del Sistema de Misiles Tácticos del Ejército estadounidense, que son complementarios a los sistemas Himars y tienen un alcance de 300 kilómetros. El argumento para no hacerlo es que Ucrania podría utilizarlos para atacar a Rusia, un acto que Estados Unidos teme que pueda desencadenar una tercera guerra mundial. Zelenski descarta este escenario y se ha comprometido a no atacar territorio ruso. Las negociaciones entre Estados Unidos y Ucrania en torno al suministro continúan y el Pentágono evalúa la situación.

Sin embargo, la Crimea ocupada no es Rusia. Según Washington y sus aliados, la península, fuertemente militarizada por Moscú, es un objetivo ucraniano legítimo. “Si tuviéramos el Sistema de Misiles Tácticos del Ejército de Estados Unidos, podríamos atacar el puente que une Crimea con el territorio continental ruso. Eso cambiaría radicalmente nuestra posición en el sur”, dice Kostenko: “Entendemos los temores de Estados Unidos, pero nos permitiría erosionar la logística de Rusia”.

El compañero de Kostenko en el partido Golos, Roman Lozynskyi, señala que la llegada del sistema Himars ha supuesto un “punto de inflexión” en el campo de batalla. Muestra a The Guardian un vídeo de 60 segundos que filmó el mes pasado en algún lugar de la región de Mykolaiv. Un misil atraviesa atraviesa un oscuro bosque. El ruido es estremecedor. Más de una decena de misiles guiados rugen hacia el cielo, en rápida sucesión. Hay humo y una luz blanca brillante.

“Los soldados ucranianos ven que disponemos de nuevos lanzacohetes y se sienten orgullosos de nuestra capacidad de respuesta”, dice Lozynskiy. “Es importante para nuestro estado de ánimo. Podemos utilizarlo para destruir decenas de campamentos militares rusos”. Junto con Kostenko, Lozynskyi es uno de los pocos legisladores de la Verkhovna Rada, el Parlamento ucraniano, que se han unido al ejército. Desde febrero lucha en el frente sur. En el pasillo de su base hay armas ligeras antitanque de última generación y misiles Stinger.

Bombardeos rusos diarios

Hasta que Ucrania ataque, Rusia puede bombardear Mykolaiv a diario. La ciudad de 240.000 habitantes (antes de la invasión tenía medio millón) ha sufrido graves daños. El sábado, tres misiles Uragan atacaron el puerto. Los misiles han destrozado escuelas, la universidad nacional, varios hoteles y el restaurante Faisán Dorado. Al menos 121 personas murieron en el ataque ruso y 534 resultaron heridas, entre ellas seis niños.

Los bombardeos han destruido el principal conducto de agua que abastece a la ciudad. El Ayuntamiento ha instalado surtidores públicos. Los residentes pasan parte del día haciendo cola para obtener agua potable y se les puede ver por las calles cargando botellas de cinco litros. “Ignoro las explosiones. Si me quedo en la cama también me puede alcanzar un misil”, indica Valentina Bevz, de 72 años, mientras espera su turno en una fuente pública. “Tenemos un dicho: 'no puedes escapar de tu destino'”.

Bevz cuenta que su hermana había llamado el día de la invasión de Crimea, preguntando con lágrimas en los ojos: “¿Vas a dejar de hablarme?”. La mujer afirma que su hermana “entiende lo que está pasando y sus amigos son gente decente. La mayoría de los rusos, sin embargo, son zombis y chovinistas. Creen que Rusia siempre tiene razón”. Irina Moroz, de 79 años, describe al presidente de Rusia como “Putler”. “El nombre es un cruce entre Putin y Hitler”, dice animada.

El gobernador de la región de Mykolaiv, Vitaliy Kim, no ha querido pronunciarse sobre cuándo exactamente Ucrania podría pasar a la ofensiva. “Es una cuestión de tiempo. Espero que ocurra lo antes posible. Tenemos la orden de recuperar nuestros territorios y a nuestra población”. En su opinión, Occidente podría acelerar la reconquista de Jersón dando a Ucrania más armas pesadas y no sucumbiendo a la fatiga de la guerra.

Kim describe las tácticas del Kremlin como “terrorismo”. Según explica, los soldados rusos bombardean a los civiles para “quebrar” su “voluntad”. “No está funcionando. Solo provocan la muerte de civiles”, dice. Cuando se le pregunta si el anunciado contraataque es un farol, el gobernador señala los avances de las fuerzas armadas ucranianas. Afirma que los rusos se han visto obligados a retroceder y el ejército ucraniano ha conseguido liberar una serie de pueblos al este de Mykolaiv, alrededor del río Inhul.

De vuelta al destrozado edificio gubernamental, Pletenchuk, capitán de la marina y oficial de asuntos públicos, dice que está convencido de que Ucrania saldrá victoriosa, y que los ucranianos siempre han resistido al imperialismo ruso. Entre ellos estaba su abuelo, al que Stalin envió a Siberia. “Estamos motivados. Los rusos no quieren morir en este país. Nosotros defendemos nuestra patria y ellos luchan por una lavadora”, dice.

Traducción de Emma Reverter.

En una oficina destrozada dentro de un edificio gubernamental de Mykolaiv, en el sur de Ucrania, Dmytro Pletenchuk muestra su colección de armas rusas. Contra la pared hay misiles y bombas de racimo usados. “Estoy pensando en abrir un bar para veteranos cuando la guerra termine”, explica. “Un amigo mío que ha perdido la vida en Járkov tenía uno. Podríamos usar todas estas armas como decoración”.

El giro de Dmitri Medvédev: de reformista moderado a halcón que amenaza con la guerra nuclear

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El edificio, donde antes de la guerra trabajaban funcionarios como Pletenchuk, está ahora en un estado completamente ruinoso. En marzo, un misil ruso destruyó la sede del gobierno regional. El ataque ruso provocó un gigantesco agujero en el edificio, mató a 37 personas y muchas más resultaron heridas. Los guardias de seguridad de la recepción sobrevivieron milagrosamente. En cambio, los trabajadores que desayunaban en la cafetería tuvieron menos suerte. Todavía hay manchas de sangre en las escaleras y en un pasillo de arriba.

“Luchamos contra idiotas. Para nosotros eso es una buena noticia, pero lamentablemente son idiotas con armas nucleares”, dice Pletenchuk. El hombre nos muestra su oficina en el noveno piso, que tiene una vista panorámica sobre el río y el puerto de la ciudad. “Rusia es como un mono con una granada de mano”, afirma. “Representa un problema para toda la humanidad. No sabemos si va a volar el mundo entero”.

Cuando el presidente ruso, Vladímir Putin, ordenó la invasión de Ucrania en febrero, el Ejército ruso estuvo a punto de tomar Mykolaiv, conocida en la época soviética por su enorme astillero. Desde Crimea, las tropas rusas han ocupado la ciudad de Jersón, capital del oblast (región) homónimo, y gran parte del sur de Ucrania. En septiembre, el Kremlin planea convocar “referéndums” en las provincias de Jersón y Zaporiyia, que casi con toda seguridad acabarán anexionándose a Rusia.

Ucrania está decidida a impedirlo y el presidente Volodímir Zelenski ha ordenado una contraofensiva. El objetivo es liberar Jersón y los asentamientos circundantes ocupados por Rusia en la orilla derecha del río Dniéper, seguidos de otros territorios en el sur y el este, y finalmente Crimea, que fue tomada en 2014 por agentes rusos encubiertos.

Ahora que se cumplen seis meses desde la invasión rusa, la guerra entra en una fase decisiva. Las próximas semanas pueden determinar las fronteras de facto de Ucrania para los próximos años. En el este del Donbás, las tropas rusas siguen avanzando, presionando sobre las ciudades de Bajmut y Sloviansk, controladas por Ucrania. En cambio, Ucrania tiene un control mucho menos sólido en el sur.

La línea del frente se extiende entre Mykolaiv y Jersón, a través de un paisaje estepario de campos y pueblos destruidos.

Avances en Crimea

Desde junio, Ucrania ha desplegado sistemas de lanzamisiles múltiples Himars, suministrados por Estados Unidos, con resultados notables. Ha derribado cuatro puntos de cruce sobre el Dniéper, incluido el puente Antonivsky que conecta Jersón con la ciudad de Oleshky, en la orilla izquierda. Las defensas aéreas rusas S-300 y S-400 no parecen ser suficientes para detener esta ofensiva. El fin de semana no lograron detener el último ataque impulsado por el sistema lanzamisiles. El vídeo muestra explosiones de color naranja y nubes de humo negro sobre el puente.

Los misiles guiados también alcanzaron la central hidroeléctrica de Kakhovka, inutilizando su puente para los vehículos pesados. Consiguieron destruir los depósitos de municiones y los puestos de mando. La semana pasada, Kiev destruyó el aeródromo de Saky, en la costa occidental de Crimea, en una misteriosa operación detrás de las líneas enemigas. Ocho aviones de guerra fueron destruidos. Presos del pánico, los turistas huyeron del lugar, con atascos en el puente de Crimea hacia Rusia. Esta semana, el Ejército ucraniano atacó un depósito de municiones rusas en Crimea.

Sin embargo, los militares ucranianos reconocen que aún queda bastante para para una gran ofensiva en Jersón. “Tenemos más armas, pero no las suficientes para hacer una ofensiva y vencer al enemigo. Es suficiente para defender nuestro territorio”, subraya Roman Kostenko, un diputado ucraniano europeísta que dirige el comité parlamentario de defensa y seguridad. Oficial de las fuerzas especiales, Kostenko dirigió en marzo la operación de defensa de Mykolaiv, donde él y su equipo militar tienen su base.

Las modernas armas occidentales han permitido a Ucrania erosionar la superioridad militar de Moscú de forma lenta, pero segura. “Han marcado la diferencia. Antes nos disparaban 100 proyectiles, ahora nos disparan 20. Pronto estaremos en igualdad de condiciones”, señala Kostenko. “Para liberar Jersón no necesitamos atacar Jersón. Si controlamos el puente, no tienen logística. Si hacen un puente de pontones, se puede destruir fácilmente”.

Los rusos parecen haber llegado a la misma conclusión. Algunos expertos de inteligencia occidentales creen que es cuestión de tiempo que abandonen Jersón y se retiren al otro lado del río. Según la información disponible, sus altos mandos militares ya huyeron la semana pasada a la orilla izquierda, más segura. Los regimientos rusos motorizados y aerotransportados han estado reforzando las posiciones defensivas con soldados adicionales , así como equipos de Crimea.

Lanzamisiles Himars

El sistema de lanzamisiles múltiple Himars tiene un alcance de unos 80 kilómetros. A finales de julio, un misil guiado hizo explotar un tren de carga militar en la ciudad de Brilivka, en el oblast de Jersón. Kostenko explica que Rusia ha reubicado algunos de sus centros de mando y control, que han retrocedido hasta el pueblo de Myrne. Los soldados están cavando trincheras y se están instalando en casas de civiles.

Hasta ahora, Estados Unidos se ha negado a suministrar a Kiev cohetes del Sistema de Misiles Tácticos del Ejército estadounidense, que son complementarios a los sistemas Himars y tienen un alcance de 300 kilómetros. El argumento para no hacerlo es que Ucrania podría utilizarlos para atacar a Rusia, un acto que Estados Unidos teme que pueda desencadenar una tercera guerra mundial. Zelenski descarta este escenario y se ha comprometido a no atacar territorio ruso. Las negociaciones entre Estados Unidos y Ucrania en torno al suministro continúan y el Pentágono evalúa la situación.

Sin embargo, la Crimea ocupada no es Rusia. Según Washington y sus aliados, la península, fuertemente militarizada por Moscú, es un objetivo ucraniano legítimo. “Si tuviéramos el Sistema de Misiles Tácticos del Ejército de Estados Unidos, podríamos atacar el puente que une Crimea con el territorio continental ruso. Eso cambiaría radicalmente nuestra posición en el sur”, dice Kostenko: “Entendemos los temores de Estados Unidos, pero nos permitiría erosionar la logística de Rusia”.

El compañero de Kostenko en el partido Golos, Roman Lozynskyi, señala que la llegada del sistema Himars ha supuesto un “punto de inflexión” en el campo de batalla. Muestra a The Guardian un vídeo de 60 segundos que filmó el mes pasado en algún lugar de la región de Mykolaiv. Un misil atraviesa atraviesa un oscuro bosque. El ruido es estremecedor. Más de una decena de misiles guiados rugen hacia el cielo, en rápida sucesión. Hay humo y una luz blanca brillante.

“Los soldados ucranianos ven que disponemos de nuevos lanzacohetes y se sienten orgullosos de nuestra capacidad de respuesta”, dice Lozynskiy. “Es importante para nuestro estado de ánimo. Podemos utilizarlo para destruir decenas de campamentos militares rusos”. Junto con Kostenko, Lozynskyi es uno de los pocos legisladores de la Verkhovna Rada, el Parlamento ucraniano, que se han unido al ejército. Desde febrero lucha en el frente sur. En el pasillo de su base hay armas ligeras antitanque de última generación y misiles Stinger.

Bombardeos rusos diarios

Hasta que Ucrania ataque, Rusia puede bombardear Mykolaiv a diario. La ciudad de 240.000 habitantes (antes de la invasión tenía medio millón) ha sufrido graves daños. El sábado, tres misiles Uragan atacaron el puerto. Los misiles han destrozado escuelas, la universidad nacional, varios hoteles y el restaurante Faisán Dorado. Al menos 121 personas murieron en el ataque ruso y 534 resultaron heridas, entre ellas seis niños.

Los bombardeos han destruido el principal conducto de agua que abastece a la ciudad. El Ayuntamiento ha instalado surtidores públicos. Los residentes pasan parte del día haciendo cola para obtener agua potable y se les puede ver por las calles cargando botellas de cinco litros. “Ignoro las explosiones. Si me quedo en la cama también me puede alcanzar un misil”, indica Valentina Bevz, de 72 años, mientras espera su turno en una fuente pública. “Tenemos un dicho: 'no puedes escapar de tu destino'”.

Bevz cuenta que su hermana había llamado el día de la invasión de Crimea, preguntando con lágrimas en los ojos: “¿Vas a dejar de hablarme?”. La mujer afirma que su hermana “entiende lo que está pasando y sus amigos son gente decente. La mayoría de los rusos, sin embargo, son zombis y chovinistas. Creen que Rusia siempre tiene razón”. Irina Moroz, de 79 años, describe al presidente de Rusia como “Putler”. “El nombre es un cruce entre Putin y Hitler”, dice animada.

El gobernador de la región de Mykolaiv, Vitaliy Kim, no ha querido pronunciarse sobre cuándo exactamente Ucrania podría pasar a la ofensiva. “Es una cuestión de tiempo. Espero que ocurra lo antes posible. Tenemos la orden de recuperar nuestros territorios y a nuestra población”. En su opinión, Occidente podría acelerar la reconquista de Jersón dando a Ucrania más armas pesadas y no sucumbiendo a la fatiga de la guerra.

Kim describe las tácticas del Kremlin como “terrorismo”. Según explica, los soldados rusos bombardean a los civiles para “quebrar” su “voluntad”. “No está funcionando. Solo provocan la muerte de civiles”, dice. Cuando se le pregunta si el anunciado contraataque es un farol, el gobernador señala los avances de las fuerzas armadas ucranianas. Afirma que los rusos se han visto obligados a retroceder y el ejército ucraniano ha conseguido liberar una serie de pueblos al este de Mykolaiv, alrededor del río Inhul.

De vuelta al destrozado edificio gubernamental, Pletenchuk, capitán de la marina y oficial de asuntos públicos, dice que está convencido de que Ucrania saldrá victoriosa, y que los ucranianos siempre han resistido al imperialismo ruso. Entre ellos estaba su abuelo, al que Stalin envió a Siberia. “Estamos motivados. Los rusos no quieren morir en este país. Nosotros defendemos nuestra patria y ellos luchan por una lavadora”, dice.

Traducción de Emma Reverter.

En una oficina destrozada dentro de un edificio gubernamental de Mykolaiv, en el sur de Ucrania, Dmytro Pletenchuk muestra su colección de armas rusas. Contra la pared hay misiles y bombas de racimo usados. “Estoy pensando en abrir un bar para veteranos cuando la guerra termine”, explica. “Un amigo mío que ha perdido la vida en Járkov tenía uno. Podríamos usar todas estas armas como decoración”.

El giro de Dmitri Medvédev: de reformista moderado a halcón que amenaza con la guerra nuclear

Saber más

El edificio, donde antes de la guerra trabajaban funcionarios como Pletenchuk, está ahora en un estado completamente ruinoso. En marzo, un misil ruso destruyó la sede del gobierno regional. El ataque ruso provocó un gigantesco agujero en el edificio, mató a 37 personas y muchas más resultaron heridas. Los guardias de seguridad de la recepción sobrevivieron milagrosamente. En cambio, los trabajadores que desayunaban en la cafetería tuvieron menos suerte. Todavía hay manchas de sangre en las escaleras y en un pasillo de arriba.