La vida en Afganistán un año después de la vuelta de los talibanes: “Golpean a las niñas solo por sonreír”

Emma Graham-Harrison

Kabul (Afganistán) —

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Maryam* es la primera de su clase. Estudia sexto en una escuela de la capital, Kabul. Según los criterios del régimen talibán que controla el país desde hace un año, su educación debería terminar dentro de unos meses.

Al Zawahiri, un médico de pocas palabras convertido en el terrorista más buscado

Saber más

Sin embargo, esta niña de 10 años, cuyo nombre se ha cambiado en este reportaje para protegerla, ha ideado una estrategia para seguir en la escuela un año más, y sus ojos brillan de alegría cuando explica su plan: “Voy a asegurarme de fallar muchas preguntas. Me he propuesto suspender para poder repetir sexto”.

Así es Afganistán casi un año después de que los talibanes se hicieran con el control del país en un veloz despliegue. De hecho, fueron tan rápidos en la toma de Kabul que sorprendieron incluso a sus líderes.

Los jóvenes más brillantes del país utilizan su inteligencia para autosabotearse, porque en el retorcido sistema que el Gobierno talibán ha creado, eso les brinda más posibilidades que el éxito.

En su campaña por Afganistán, y en las conversaciones diplomáticas con Estados Unidos, los talibanes ofrecieron una promesa implícita. Indicaron que a cambio de una versión ligeramente adaptada a su extremismo puritano, traerían la paz y la estabilidad a un país asolado por décadas de guerra.

En encuentros internacionales, los representantes del régimen afirmaron que las mujeres tenían el derecho islámico a la educación y al trabajo, y que, en un contexto de calma exento de enfrentamientos constantes, la economía afgana tendría más espacio para crecer. Aunque cientos de miles de afganos huyeron, muchos otros vieron con esperanza el fin de los enfrentamientos. Casi un año después, esa percepción inicial se ha ido diluyendo. Al hablar del cambio sísmico del pasado agosto, los talibanes se refieren al antes y al después de “la victoria”. Los afganos de habla persa de la capital hablan de la vida antes y después de “la caída”, o “el colapso”, “suqut” en el dialecto dari de Afganistán. 

Fuera del foco internacional

Los talibanes son un Estado paria aislado, no reconocido por ningún país, ni siquiera por sus aliados. Su apoyo a grupos violentos quedó dramáticamente expuesto la semana pasada, cuando Estados Unidos mató al líder de Al Qaeda en el corazón de Sherpur, un barrio de élite en Kabul. 

Sin embargo, durante meses los talibanes han estado fuera del foco de la atención de la comunidad internacional. La invasión de Ucrania por parte de Rusia ha sido un regalo para los talibanes, ya que ha desviado la atención del mundo y el régimen ha podido intensificar sus políticas extremistas en Afganistán sin recibir críticas. 

En Afganistán, las mujeres tienen menos libertades que en cualquier otra parte del mundo, ya que se les priva de educación secundaria y no tienen acceso a ningún otro trabajo que no sea en los sectores de la sanidad o la educación. Están obligadas a ir acompañadas de un tutor masculino en todos los desplazamientos, excepto en los cortos, y a cubrirse la cara en público. Las restricciones se aplican de forma intermitente. Para las mujeres más pobres y vulnerables, incluidas las que carecen de tutor, el miedo a estos castigos arbitrarios puede ser abrumador.

“Ya he visto tres veces cómo los talibanes golpeaban a mujeres en el mercado. Algunas llevaban pantalones que según los talibanes eran demasiado ajustados, deberías haber visto lo rotas que estaban después de la paliza”, explica Farkhunda*, de 16 años, que tuvo que dejar la escuela en septiembre y libra una batalla contra la depresión.

“En otra ocasión, unas chicas recibieron una paliza solo por sonreír y hablar demasiado alto. Es algo natural charlar sobre los vestidos que te vas a comprar y otras cosas”, lamenta. No lleva la abaya negra (burka afgano) y larga reglamentada por los talibanes y su familia no puede permitirse comprar una. “Desde entonces incluso he dejado de ir a la madraza [escuela religiosa], es mejor estar en casa que toparse con estos animales”, dice.

Colapso económico

La economía se ha desplomado al menos un 30%, después de que las sanciones internacionales impuestas a los talibanes cortaran el comercio y la ayuda internacional que había sostenido al último régimen se agotara. El grupo de militantes carecía de preparación para pasar de la lucha a gobernar.

“No teníamos un vínculo político con el último gobierno, pero los talibanes se están vengando de que estemos aquí haciendo negocios”, explica un importante empresario que ha despedido a casi 500 empleados después de que el régimen talibán le confiscara material y suspendiera licencias para operar en varios sectores. Está frustrado, pero también desconcertado por el enfoque a corto plazo de las autoridades. Ha tenido que parar su actividad, aunque el nuevo régimen sabe por experiencia lo lucrativos que pueden ser sus negocios. “Les había pagado más de tres millones de dólares en concepto de 'impuestos' forzados, antes de que tomaran el control”, explica. “Ya se han hundido muchos negocios, y si las cosas siguen así, la situación irá a más”, relata. 

Para los que antes eran ricos, el colapso económico ha supuesto el fin de los lujos. La clase media de antaño, sin embargo, se ha visto sumida prácticamente de la noche a la mañana en la pobreza y el hambre. Al menos la mitad de la población depende ahora de la ayuda alimentaria, si es que puede conseguirla.

Sardar* y su esposa tenían puestos de trabajo en las fuerzas de seguridad, y ganaron lo suficiente para comprar un terreno y construir una casa. Ambos fueron despedidos cuando los talibanes llegaron al poder. Hoy en día, ella permanece sentada en casa mientras él se dedica a hacer trabajos manuales al borde de la carretera y tiene suerte de conseguir un día de trabajo en una semana, por 200 afganis (unos dos euros). “Nunca he hecho un trabajo así en mi vida y es duro para mí porque no estoy acostumbrado, pero tengo una familia que mantener”, dice mientras sus cuatro hijos juegan a su lado. “Juro que no tengo ni 1.000 afganis en casa, mi madre tiene diabetes y carecemos de dinero para comprar la medicación que necesita”, asegura.

Pérdida de apoyo

En ocasiones, los nuevos dirigentes del país se han mostrado asombrosamente insensibles ante este sufrimiento, y dicen a los afganos que deben confiar en Dios para alimentarse, no en su gobierno. Pero también son conscientes de que la crisis está erosionando la confianza que pudieran tener. “Están perdiendo el apoyo interno y son muy conscientes de ello”, indica un analista afgano con conexiones con talibanes que ocupan puestos de responsabilidad en el Gobierno y que pide no ser identificado para hablar de asuntos internos.

La transición de la insurgencia rural descentralizada a la administración de Kabul iba a ser siempre difícil para los talibanes. “Gobernar tiene que ser la peor de las pesadillas para ellos. Se sorprendieron con el giro de los acontecimientos”, dice una fuente afgana con estrechos vínculos con los talibanes y que afirma que los líderes no estaban preparados para hacer frente a los desafíos de una capital que se había transformado desde su salida en 2001.

“Son fuerzas rurales tradicionales, han llegado a las ciudades, pero en lugar de integrarse, quieren que sean las ciudades las que se integren a su mentalidad, quieren que nos parezcamos a ellos, que tengamos sus creencias y aficiones”, cuenta.

Buscar una salida

Una generación entera de afganos educados ha huido o está buscando una salida. No es de extrañar la desesperación por marcharse, dado que los talibanes llevan años persiguiendo a los profesionales de los medios de comunicación, la sociedad civil y el gobierno para asesinarlos. Aunque las matanzas que algunos temían que los talibanes llevaran a cabo en Kabul no llegaron a producirse, decenas de personas han sido asesinadas por sus vínculos con el anterior gobierno y con las anteriores fuerzas del orden.

Un antiguo miembro del servicio de inteligencia cuenta a The Observer que se rindió el día en que los talibanes llegaron a su ciudad, pero que a pesar de ello desde entonces ha sido detenido tres veces cuando ha intentado trabajar. Ahora apenas sale de su casa.

Según explica un directivo de un banco que durante meses ha participado en conversaciones sobre la crisis que vive Afganistán a The Observer, la fuga de cerebros ha dificultado aún más la gestión del país. El banco central, que lucha contra la congelación de las reservas y las sanciones, solo ha mantenido al personal de nivel medio y bajo. 

Uno de los logros de los talibanes ha sido la lucha contra los elevados niveles de corrupción de los distintos gobiernos de los últimos 20 años. Sin embargo, incluso su lucha contra la corrupción se está estancando.

“La corrupción no es tan grave como bajo [el ex presidente Ashraf] Ghani, cuando entrabas en una oficina para hacer una gestión y todos, de la A a la Z, te pedían algo. Ahora solo hay un par de personas concretas, pero ha vuelto a florecer”, dice el empresario. 

Regreso de la violencia

Entre los manzanos de la aldea de Ismail Khel, a una hora en coche al suroeste de Kabul, una bandera pintada con una rosa, un tulipán y un dron lanzando bombas ondea sobre un pequeño grupo de tumbas. A la derecha, están las ruinas abandonadas de una casa, donde hace 14 años, al menos ocho mujeres y niños murieron en un ataque aéreo. Fueron enterrados junto a su hogar. A la izquierda, Haji Yahyah, de 66 años, sigue viviendo con su mujer y una sobrina en lo que queda de su hogar, que fue alcanzado por un segundo misil que mató a su nuera y a su sobrino. Nunca recibieron una indemnización de Estados Unidos con la que volver a construir su casa, y se quedaron porque no tenían otro sitio al que ir.

Los aldeanos explican que esos fueron los únicos ataques aéreos contra esta comunidad agrícola, pero durante más de una década la zona ha estado asolada por la muerte y la violencia, ya que las tropas extranjeras y gubernamentales aterrizaban en helicópteros e irrumpían en las casas.

“El pueblo tiene cuatro cementerios. Hace veinte años solo tenía uno”, explica Ainullah, de 53 años. “Hace poco vino al pueblo una organización benéfica en busca de niños que habían perdido a su padre o a su madre, para ofrecerles alimentos. Apenas pudieron encontrar una casa en el pueblo sin al menos uno”, cuenta.

Aprovecharse del dolor

Todos los hombres que se paran a hablar con periodistas (las mujeres rara vez hablan con extraños en una zona rural conservadora) tienen una historia desgarradora de pérdida de hermanos, primos, tíos, u otras personas civiles asesinadas durante estos ataques, a veces delante de sus hijos, siempre al alcance de sus oídos.

Estas incursiones nocturnas y las muertes de civiles sirvieron como potentes armas de reclutamiento, y fueron una de las razones por las que Occidente y sus aliados perdieron la guerra. 

“Mucha, mucha gente se unió a los talibanes por el dolor que les causaron estas acciones. Si matan a tu padre o a tu hijo delante de ti, ¿no querrías vengarte? Y la manera de hacerlo era unirse a los talibanes”, explica Mohammad Habib, de 26 años.

“Cuando por la noche los vecinos oían que se acercaban los helicópteros hacía sus abluciones, para al menos morir limpios, se vestían para que sus cadáveres estuvieran decentes”, dice.

En partes del país como ésta, donde el ruido de las armas ha cesado por fin después de una década, o incluso dos, las aldeas están volviendo a la vida. Se están abriendo escuelas en algunos distritos del sur de Helmand y Kandahar donde la inseguridad -incluidas las amenazas de los talibanes- hacía imposible la educación.

Pero también hay lugares que han estado tranquilos durante las dos últimas décadas y que ahora están asolados por la violencia y los ataques, como la matanza de civiles, las incursiones nocturnas, los saqueos y la confiscación de infraestructuras civiles como clínicas y escuelas.

Desde la provincia de Panjshir, en el norte, en el distrito de Baghlan y en Balkhab, en el centro de Sar-e Pol, se están difundiendo vídeos e informes de atrocidades como las que en su día alimentaron las simpatías hacia los talibanes. Ahora son ellos los que han asesinado a civiles, han tomado escuelas para convertirlas en bases militares, han profanado mezquitas y han asaltado hogares.

De momento, nada hace pensar que la violencia se extienda por todo el país o vuelva a estallar una guerra civil como la que comenzó con la invasión soviética en 1979. Sin embargo, muchos pensaron lo mismo hace 21 años. 

“Los talibanes representan a los talibanes”

Estados Unidos estaba convencido de que una aplastante victoria militar en 2001 permitía imponer su voluntad política en un país diverso, en el que los extremistas con pocos medios tenían un apoyo real.

“La noción de que el movimiento talibán podría ser barrido por el poderío militar estadounidense resultó ser un caso más de espejismo”, escribieron Jolyon Leslie y Chris Johnson en un libro publicado en 2004 sobre el polémico nuevo orden internacional, Afganistán: El espejismo de la paz. El ensayo, sorprendentemente premonitorio, fue tachado de sombrío y fuera de la realidad en el momento de su publicación. Ahora los talibanes pueden estar repitiendo el mismo error, confundiendo su propia victoria militar aplastante con un mandato político para controlar un país diverso.

“Los talibanes representan a los talibanes, no a Afganistán. La mitad de la población no ha estado representada en el gobierno en absoluto en los últimos nueve meses”, subraya el analista afgano. Al igual que en 2001, comunidades étnicas, religiosas y culturales enteras han sido excluidas de un gobierno dominado casi en su totalidad por los extremistas talibanes pastunes.

Estos grupos han librado muchas luchas a lo largo de los años y, si los talibanes no consiguen mitigar la crisis política y económica de Afganistán, pueden ser persuadidos con demasiada facilidad para volver a coger las armas.

“Solo el 2% de los afganos tiene más de 60 años, y el 45% tiene menos de 14”, explica un veterano de varias de las muchas guerras civiles de Afganistán. “Dale a un niño 100 dólares y un Kalashnikov y tendrás un luchador. Vivimos con bombas de relojería humanas. Han crecido con armas y no necesitan dos semanas de entrenamiento: una hora es suficiente”, cuenta.

* Los nombres han sido cambiados

Este artículo ha sido escrito con información adicional de Lutfullah Qasimyar.

Traducción de Emma Reverter

Maryam* es la primera de su clase. Estudia sexto en una escuela de la capital, Kabul. Según los criterios del régimen talibán que controla el país desde hace un año, su educación debería terminar dentro de unos meses.

Al Zawahiri, un médico de pocas palabras convertido en el terrorista más buscado

Saber más

Sin embargo, esta niña de 10 años, cuyo nombre se ha cambiado en este reportaje para protegerla, ha ideado una estrategia para seguir en la escuela un año más, y sus ojos brillan de alegría cuando explica su plan: “Voy a asegurarme de fallar muchas preguntas. Me he propuesto suspender para poder repetir sexto”.

Así es Afganistán casi un año después de que los talibanes se hicieran con el control del país en un veloz despliegue. De hecho, fueron tan rápidos en la toma de Kabul que sorprendieron incluso a sus líderes.

Los jóvenes más brillantes del país utilizan su inteligencia para autosabotearse, porque en el retorcido sistema que el Gobierno talibán ha creado, eso les brinda más posibilidades que el éxito.

En su campaña por Afganistán, y en las conversaciones diplomáticas con Estados Unidos, los talibanes ofrecieron una promesa implícita. Indicaron que a cambio de una versión ligeramente adaptada a su extremismo puritano, traerían la paz y la estabilidad a un país asolado por décadas de guerra.

En encuentros internacionales, los representantes del régimen afirmaron que las mujeres tenían el derecho islámico a la educación y al trabajo, y que, en un contexto de calma exento de enfrentamientos constantes, la economía afgana tendría más espacio para crecer. Aunque cientos de miles de afganos huyeron, muchos otros vieron con esperanza el fin de los enfrentamientos. Casi un año después, esa percepción inicial se ha ido diluyendo. Al hablar del cambio sísmico del pasado agosto, los talibanes se refieren al antes y al después de “la victoria”. Los afganos de habla persa de la capital hablan de la vida antes y después de “la caída”, o “el colapso”, “suqut” en el dialecto dari de Afganistán. 

Fuera del foco internacional

Los talibanes son un Estado paria aislado, no reconocido por ningún país, ni siquiera por sus aliados. Su apoyo a grupos violentos quedó dramáticamente expuesto la semana pasada, cuando Estados Unidos mató al líder de Al Qaeda en el corazón de Sherpur, un barrio de élite en Kabul. 

Sin embargo, durante meses los talibanes han estado fuera del foco de la atención de la comunidad internacional. La invasión de Ucrania por parte de Rusia ha sido un regalo para los talibanes, ya que ha desviado la atención del mundo y el régimen ha podido intensificar sus políticas extremistas en Afganistán sin recibir críticas. 

En Afganistán, las mujeres tienen menos libertades que en cualquier otra parte del mundo, ya que se les priva de educación secundaria y no tienen acceso a ningún otro trabajo que no sea en los sectores de la sanidad o la educación. Están obligadas a ir acompañadas de un tutor masculino en todos los desplazamientos, excepto en los cortos, y a cubrirse la cara en público. Las restricciones se aplican de forma intermitente. Para las mujeres más pobres y vulnerables, incluidas las que carecen de tutor, el miedo a estos castigos arbitrarios puede ser abrumador.

“Ya he visto tres veces cómo los talibanes golpeaban a mujeres en el mercado. Algunas llevaban pantalones que según los talibanes eran demasiado ajustados, deberías haber visto lo rotas que estaban después de la paliza”, explica Farkhunda*, de 16 años, que tuvo que dejar la escuela en septiembre y libra una batalla contra la depresión.

“En otra ocasión, unas chicas recibieron una paliza solo por sonreír y hablar demasiado alto. Es algo natural charlar sobre los vestidos que te vas a comprar y otras cosas”, lamenta. No lleva la abaya negra (burka afgano) y larga reglamentada por los talibanes y su familia no puede permitirse comprar una. “Desde entonces incluso he dejado de ir a la madraza [escuela religiosa], es mejor estar en casa que toparse con estos animales”, dice.

Colapso económico

La economía se ha desplomado al menos un 30%, después de que las sanciones internacionales impuestas a los talibanes cortaran el comercio y la ayuda internacional que había sostenido al último régimen se agotara. El grupo de militantes carecía de preparación para pasar de la lucha a gobernar.

“No teníamos un vínculo político con el último gobierno, pero los talibanes se están vengando de que estemos aquí haciendo negocios”, explica un importante empresario que ha despedido a casi 500 empleados después de que el régimen talibán le confiscara material y suspendiera licencias para operar en varios sectores. Está frustrado, pero también desconcertado por el enfoque a corto plazo de las autoridades. Ha tenido que parar su actividad, aunque el nuevo régimen sabe por experiencia lo lucrativos que pueden ser sus negocios. “Les había pagado más de tres millones de dólares en concepto de 'impuestos' forzados, antes de que tomaran el control”, explica. “Ya se han hundido muchos negocios, y si las cosas siguen así, la situación irá a más”, relata. 

Para los que antes eran ricos, el colapso económico ha supuesto el fin de los lujos. La clase media de antaño, sin embargo, se ha visto sumida prácticamente de la noche a la mañana en la pobreza y el hambre. Al menos la mitad de la población depende ahora de la ayuda alimentaria, si es que puede conseguirla.

Sardar* y su esposa tenían puestos de trabajo en las fuerzas de seguridad, y ganaron lo suficiente para comprar un terreno y construir una casa. Ambos fueron despedidos cuando los talibanes llegaron al poder. Hoy en día, ella permanece sentada en casa mientras él se dedica a hacer trabajos manuales al borde de la carretera y tiene suerte de conseguir un día de trabajo en una semana, por 200 afganis (unos dos euros). “Nunca he hecho un trabajo así en mi vida y es duro para mí porque no estoy acostumbrado, pero tengo una familia que mantener”, dice mientras sus cuatro hijos juegan a su lado. “Juro que no tengo ni 1.000 afganis en casa, mi madre tiene diabetes y carecemos de dinero para comprar la medicación que necesita”, asegura.

Pérdida de apoyo

En ocasiones, los nuevos dirigentes del país se han mostrado asombrosamente insensibles ante este sufrimiento, y dicen a los afganos que deben confiar en Dios para alimentarse, no en su gobierno. Pero también son conscientes de que la crisis está erosionando la confianza que pudieran tener. “Están perdiendo el apoyo interno y son muy conscientes de ello”, indica un analista afgano con conexiones con talibanes que ocupan puestos de responsabilidad en el Gobierno y que pide no ser identificado para hablar de asuntos internos.

La transición de la insurgencia rural descentralizada a la administración de Kabul iba a ser siempre difícil para los talibanes. “Gobernar tiene que ser la peor de las pesadillas para ellos. Se sorprendieron con el giro de los acontecimientos”, dice una fuente afgana con estrechos vínculos con los talibanes y que afirma que los líderes no estaban preparados para hacer frente a los desafíos de una capital que se había transformado desde su salida en 2001.

“Son fuerzas rurales tradicionales, han llegado a las ciudades, pero en lugar de integrarse, quieren que sean las ciudades las que se integren a su mentalidad, quieren que nos parezcamos a ellos, que tengamos sus creencias y aficiones”, cuenta.

Buscar una salida

Una generación entera de afganos educados ha huido o está buscando una salida. No es de extrañar la desesperación por marcharse, dado que los talibanes llevan años persiguiendo a los profesionales de los medios de comunicación, la sociedad civil y el gobierno para asesinarlos. Aunque las matanzas que algunos temían que los talibanes llevaran a cabo en Kabul no llegaron a producirse, decenas de personas han sido asesinadas por sus vínculos con el anterior gobierno y con las anteriores fuerzas del orden.

Un antiguo miembro del servicio de inteligencia cuenta a The Observer que se rindió el día en que los talibanes llegaron a su ciudad, pero que a pesar de ello desde entonces ha sido detenido tres veces cuando ha intentado trabajar. Ahora apenas sale de su casa.

Según explica un directivo de un banco que durante meses ha participado en conversaciones sobre la crisis que vive Afganistán a The Observer, la fuga de cerebros ha dificultado aún más la gestión del país. El banco central, que lucha contra la congelación de las reservas y las sanciones, solo ha mantenido al personal de nivel medio y bajo. 

Uno de los logros de los talibanes ha sido la lucha contra los elevados niveles de corrupción de los distintos gobiernos de los últimos 20 años. Sin embargo, incluso su lucha contra la corrupción se está estancando.

“La corrupción no es tan grave como bajo [el ex presidente Ashraf] Ghani, cuando entrabas en una oficina para hacer una gestión y todos, de la A a la Z, te pedían algo. Ahora solo hay un par de personas concretas, pero ha vuelto a florecer”, dice el empresario. 

Regreso de la violencia

Entre los manzanos de la aldea de Ismail Khel, a una hora en coche al suroeste de Kabul, una bandera pintada con una rosa, un tulipán y un dron lanzando bombas ondea sobre un pequeño grupo de tumbas. A la derecha, están las ruinas abandonadas de una casa, donde hace 14 años, al menos ocho mujeres y niños murieron en un ataque aéreo. Fueron enterrados junto a su hogar. A la izquierda, Haji Yahyah, de 66 años, sigue viviendo con su mujer y una sobrina en lo que queda de su hogar, que fue alcanzado por un segundo misil que mató a su nuera y a su sobrino. Nunca recibieron una indemnización de Estados Unidos con la que volver a construir su casa, y se quedaron porque no tenían otro sitio al que ir.

Los aldeanos explican que esos fueron los únicos ataques aéreos contra esta comunidad agrícola, pero durante más de una década la zona ha estado asolada por la muerte y la violencia, ya que las tropas extranjeras y gubernamentales aterrizaban en helicópteros e irrumpían en las casas.

“El pueblo tiene cuatro cementerios. Hace veinte años solo tenía uno”, explica Ainullah, de 53 años. “Hace poco vino al pueblo una organización benéfica en busca de niños que habían perdido a su padre o a su madre, para ofrecerles alimentos. Apenas pudieron encontrar una casa en el pueblo sin al menos uno”, cuenta.

Aprovecharse del dolor

Todos los hombres que se paran a hablar con periodistas (las mujeres rara vez hablan con extraños en una zona rural conservadora) tienen una historia desgarradora de pérdida de hermanos, primos, tíos, u otras personas civiles asesinadas durante estos ataques, a veces delante de sus hijos, siempre al alcance de sus oídos.

Estas incursiones nocturnas y las muertes de civiles sirvieron como potentes armas de reclutamiento, y fueron una de las razones por las que Occidente y sus aliados perdieron la guerra. 

“Mucha, mucha gente se unió a los talibanes por el dolor que les causaron estas acciones. Si matan a tu padre o a tu hijo delante de ti, ¿no querrías vengarte? Y la manera de hacerlo era unirse a los talibanes”, explica Mohammad Habib, de 26 años.

“Cuando por la noche los vecinos oían que se acercaban los helicópteros hacía sus abluciones, para al menos morir limpios, se vestían para que sus cadáveres estuvieran decentes”, dice.

En partes del país como ésta, donde el ruido de las armas ha cesado por fin después de una década, o incluso dos, las aldeas están volviendo a la vida. Se están abriendo escuelas en algunos distritos del sur de Helmand y Kandahar donde la inseguridad -incluidas las amenazas de los talibanes- hacía imposible la educación.

Pero también hay lugares que han estado tranquilos durante las dos últimas décadas y que ahora están asolados por la violencia y los ataques, como la matanza de civiles, las incursiones nocturnas, los saqueos y la confiscación de infraestructuras civiles como clínicas y escuelas.

Desde la provincia de Panjshir, en el norte, en el distrito de Baghlan y en Balkhab, en el centro de Sar-e Pol, se están difundiendo vídeos e informes de atrocidades como las que en su día alimentaron las simpatías hacia los talibanes. Ahora son ellos los que han asesinado a civiles, han tomado escuelas para convertirlas en bases militares, han profanado mezquitas y han asaltado hogares.

De momento, nada hace pensar que la violencia se extienda por todo el país o vuelva a estallar una guerra civil como la que comenzó con la invasión soviética en 1979. Sin embargo, muchos pensaron lo mismo hace 21 años. 

“Los talibanes representan a los talibanes”

Estados Unidos estaba convencido de que una aplastante victoria militar en 2001 permitía imponer su voluntad política en un país diverso, en el que los extremistas con pocos medios tenían un apoyo real.

“La noción de que el movimiento talibán podría ser barrido por el poderío militar estadounidense resultó ser un caso más de espejismo”, escribieron Jolyon Leslie y Chris Johnson en un libro publicado en 2004 sobre el polémico nuevo orden internacional, Afganistán: El espejismo de la paz. El ensayo, sorprendentemente premonitorio, fue tachado de sombrío y fuera de la realidad en el momento de su publicación. Ahora los talibanes pueden estar repitiendo el mismo error, confundiendo su propia victoria militar aplastante con un mandato político para controlar un país diverso.

“Los talibanes representan a los talibanes, no a Afganistán. La mitad de la población no ha estado representada en el gobierno en absoluto en los últimos nueve meses”, subraya el analista afgano. Al igual que en 2001, comunidades étnicas, religiosas y culturales enteras han sido excluidas de un gobierno dominado casi en su totalidad por los extremistas talibanes pastunes.

Estos grupos han librado muchas luchas a lo largo de los años y, si los talibanes no consiguen mitigar la crisis política y económica de Afganistán, pueden ser persuadidos con demasiada facilidad para volver a coger las armas.

“Solo el 2% de los afganos tiene más de 60 años, y el 45% tiene menos de 14”, explica un veterano de varias de las muchas guerras civiles de Afganistán. “Dale a un niño 100 dólares y un Kalashnikov y tendrás un luchador. Vivimos con bombas de relojería humanas. Han crecido con armas y no necesitan dos semanas de entrenamiento: una hora es suficiente”, cuenta.

* Los nombres han sido cambiados

Este artículo ha sido escrito con información adicional de Lutfullah Qasimyar.

Traducción de Emma Reverter

Maryam* es la primera de su clase. Estudia sexto en una escuela de la capital, Kabul. Según los criterios del régimen talibán que controla el país desde hace un año, su educación debería terminar dentro de unos meses.

Al Zawahiri, un médico de pocas palabras convertido en el terrorista más buscado

Saber más

Sin embargo, esta niña de 10 años, cuyo nombre se ha cambiado en este reportaje para protegerla, ha ideado una estrategia para seguir en la escuela un año más, y sus ojos brillan de alegría cuando explica su plan: “Voy a asegurarme de fallar muchas preguntas. Me he propuesto suspender para poder repetir sexto”.