Trenes anulados, festivales cancelados y casas inhabitables: las olas de calor derriten a una Francia poco preparada
Trenes anulados o averiados en plena vía, centrales nucleares paradas, trabajadores agotados por falta de sueño, hospitales saturados, viviendas inhabitables, incendios forestales, aulas con calor sofocante, museos cerrados… Las olas de calor se suceden en este inicio de verano en Francia, dejando al descubierto los retrasos acumulados y la falta de preparación para hacer frente a las temperaturas extremas que impulsa la crisis climática.
A finales de mayo, el país sufrió un primer episodio de calor intenso y excepcionalmente precoz; en junio una ola de calor de una intensidad inaudita que batió récords de temperatura en todo el territorio, y esta semana, el país sale de un tercer episodio de calor en este principio de verano. Pero aunque las temperaturas ofrezcan un respiro, los expertos temen que las repercusiones sanitarias y medioambientales del calor no hayan hecho más que empezar.
La presión sobre el sistema hospitalario suele prolongarse varios días después de cada ola de calor, ya que los efectos de las altas temperaturas se acumulan en el organismo. Entre el 22 y el 28 de junio la agencia Santé publique France calculó de manera provisional 2.025 fallecimientos adicionales. Una cifra que las autoridades reconocen como preliminar, los especialistas prevén que las estimaciones definitivas sean más elevadas, especialmente a medida que avance el verano.
El recuerdo de la ola de 2003, que causó un exceso de la mortalidad de 15.000 fallecimientos y que provocó cambios profundos en el sistema de alertas sobre los fenómenos de calor, está en la mente de todos. Y París, que ya fue la ciudad más afectada por la mortalidad en 2003, es objeto de una atención especial.
La capital sufre de lleno los picos de calor. Los esfuerzos del Ayuntamiento en los últimos años no han bastado para adaptar la ciudad, donde el suelo mineral y los edificios mal aislados se convierten en hornos que sofocan a sus habitantes. Además, el transporte público de la región parisina cuenta con poco aire acondicionado, especialmente en los autobuses.
En otras ciudades de Francia, la entrada gratuita ha convertido diferentes espacios culturales en refugios contra el calor, pero, en París, algunos de sus principales monumentos tienen que cerrar o adaptar horarios debido a las altas temperaturas. En varios periodos de alerta roja por calor, la Torre Eiffel y el Louvre han tenido que anticipar el cierre.
Eventos deportivos, fiestas, festivales y conciertos tuvieron que suspenderse en junio. Y, esta semana, la compañía nacional de teatro, la Comédie Française, que había buscado sedes alternativas para sus representaciones, tuvo que anular varios espectáculos. Al contrario, otros recintos, como la sede Richelieu de la Biblioteca Nacional de Francia (BNF), refrigerada por una red de frío que utiliza agua del Sena, registraron afluencias récord y tuvieron que habilitar nuevas salas para acoger visitantes.
El nuevo alcalde, Emmanuel Grégoire, ha intentado adaptarse, abriendo en mayo —antes de lo previsto— la temporada de baño en el canal de Saint-Martin o dejando abiertos los parques toda la noche para luchar contra el calor nocturno cuando las temperaturas mínimas son elevadas. Sin embargo, la falta de espacios con aire acondicionado en una gran ciudad se ha convertido en un problema grave. Varios ayuntamientos de distrito tuvieron que negociar con hoteles y establecimientos comerciales la apertura de salas con climatización para la población vulnerable.
Problemas en el sistema educativo
La gran ola de calor de finales de junio tuvo un gran impacto en el sistema educativo francés, convirtiéndose en símbolo de la falta de preparación ante el calentamiento global. Horarios modificados, centros cerrados, familias invitadas a no dejar a sus hijos en casa, exámenes aplazados y multiplicación de los gabinetes de crisis en ayuntamientos y las prefecturas. En las últimas semanas del curso, el calor excepcional de finales de junio provocó un enorme sentimiento de improvisación, sin ninguna medida decretada a nivel nacional.
En París, las ventanas de la mayoría de las escuelas (como las de muchos otros edificios) se taparon con papel de plata o mantas térmicas de supervivencia para bloquear el calor exterior. Ante la situación de emergencia, el Ayuntamiento de París anunció en junio que había encargado “unas 1.200 unidades de aire acondicionado”.
En Francia, con cada nueva ola de calor, aumenta la sensación de que el país no está preparado. Máxime cuando otros Estados de su entorno ya han abordado los efectos de los fenómenos climáticos extremos: Países Bajos por las inundaciones, y España y Grecia por las altas temperaturas.
Emmanuel Macron prometió situar la ecología en el centro de las prioridades de su segundo mandato. “La política que llevaré a cabo en los próximos cinco años será, por tanto, ecológica o no será”, dijo unos días antes de su duelo con Marine Le Pen en las presidenciales de 2022, al tiempo que multiplicaba las promesas ambiciosas en materia de vegetalización, renovación de establecimientos escolares o parques eólicos.
Pero la disolución de la Asamblea Nacional, sumada al aumento vertiginoso del déficit público y a las crisis de los agricultores han provocado una reacción en contra del clima, impulsada en gran medida por la derecha (durante mucho tiempo socios de Gobierno de los macronistas) y por la extrema derecha. El desarrollo de las energías renovables, la lucha contra los edificios con malas prestaciones energéticas o la creación de zonas de bajas emisiones han sido señaladas repetidamente —también por algunos diputados macronistas— como ejemplo de “ecología punitiva”.
En este contexto, la falta de inversiones, el bloqueo parlamentario y la sucesión de ministros de Medio Ambiente a un ritmo vertiginoso han hecho imposible la puesta en marcha de las políticas públicas a largo plazo que se habían prometido.
Edificios mal aislados
Las olas de calor subrayan sobre todo la falta de adaptación de gran parte del parque inmobiliario francés, construido en gran medida pensando en luchar contra el frío y no contra temperaturas caniculares. Y, sin embargo, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático y las agencias francesas llevan tiempo alertando al respecto, afirmando que los períodos de 35 °C o más van a aumentar notablemente en los próximos años.
Temperaturas a las que, salvo algunos departamentos del sur, el país no está acostumbrado y que harán que edificios enteros dejen de ser habitables, que cierren las escuelas durante parte del curso y que, en ciertos periodos del año, ya no sea posible el trabajo en el exterior.
En 2023, el Gobierno anunció el 'Plan de Adaptación para una Francia con un aumento de +4 °C para 2100', que apuntaba a una revisión global para preparar el país a temperaturas elevadas. Pero este no ha venido acompañado con ninguna medida obligatoria ni ha contado con recursos financieros.
Ese mismo año se creó un Fondo Verde, destinado a apoyar a los agentes locales en los proyectos de transformación ecológica del territorio, pero su dotación no ha dejado de reducirse, pasando de 2.400 millones de euros en 2024 a 837 millones en 2026. De hecho, el Gobierno congeló cerca del 20% de los créditos concedidos para esta partida poco después de acabar la ola de calor de finales de mayo.
Gobierno bajo presión
Acusado por el resto de fuerzas políticas de falta de preparación, el Ejecutivo se encuentra además en una situación económica difícil, ya que su minoría parlamentaria complica la aprobación de los presupuestos en otoño. El jefe de Gobierno, Sébastien Lecornu, confirmó hace unas semanas que se duplicará la dotación destinada a la renovación energética de los hospitales entre 2026 y 2035, pasando de 300 millones a 600 millones de euros.
Pero en lo que respecta a la ecología, todo apunta a que los presupuestos de 2027 se centrarán en la búsqueda de ahorro, y que la derecha tradicional de Los Republicanos tratará de presionar para seguir recortando cualquier partida relacionada con el medio ambiente.
Los daños causados por el cambio climático costarán mucho más en el futuro que una inversión que se realice hoy para evitarlos
Dentro del propio partido macronista, la ex primera ministra Elisabeth Borne (2022-2024) lamentó en una reciente entrevista la escasa implicación de sus tres sucesores: “Tras mi salida de Matignon, no estoy segura de que la planificación ecológica y energética se haya llevado a cabo con la misma energía”.
Los expertos señalan que las obras que hay que llevar a cabo son enormes —renovación de viviendas, centros sanitarios, residencias de ancianos y colegios— y que solo podrán lograrse con una inversión mantenida a lo largo de varios años. Según un informe de 2025 sobre esta cuestión elaborado por el Instituto Económico para el Clima (en inglés, Institute for Climate Economics o I4CE), las cantidades mínimas de inversión necesarias en distintos sectores en Francia son colosales: para renovar las viviendas, se necesitan entre 4.000 y 5.000 millones de euros adicionales al año; para el transporte, 3.000 millones de euros.
“Los daños causados por el cambio climático costarán mucho más en el futuro que una inversión que se realice hoy para evitarlos”, dice Fanny Henriet, directora de investigación del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia (CRNS) en la Escuela de Economía de Aix-Marsella y autora de ¿Puede la economía salvar el clima?, en una reciente entrevista con el diario La Croix. Una realidad de la que ya son conscientes los actores económicos. “A medio plazo, los episodios de calor van a tener un efecto negativo sobre el crecimiento”, advirtió el gobernador del Banco de Francia, Emmanuel Moulin, hace unas semanas en los micrófonos de France Inter.