Donald Trump no engaña a nadie. De hecho, le votaron 77,3 millones de estadounidenses sabiendo a quién votaban. Y ganó a Kamala Harris en noviembre de 2024 con una agenda ultra que está cumpliendo a paso a paso. ¿Y qué guía al presidente de EEUU? “Mi propia moralidad, mi propia mente”, dijo en una reciente entrevista con The New York Times: “Es lo único que puede detenerme”.
Cuando el presidente de EEUU reconoce que lo único que puede detenerle es su “propia moralidad” o su “propia mente”, está dejando claro que todo lo demás, ya sea el derecho internacional, los poderes del Congreso o los contrapesos del Estado de Derecho son meros estorbos.
Y eso es en lo que se ha convertido este primer año de Donald Trump en su regreso a la Casa Blanca, el 20 de enero de 2025: caos global mientras se multiplica la represión interna.
Estados Unidos es un país en el que en enero de 2026 la Administración Trump llama “terrorista” a una mujer haciendo una maniobra en un coche a la que asesina un agente del ICE, mientras que en enero de 2025 se indultaba a 1.600 participantes en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021.
Estados Unidos se ha convertido en un país en el que la Casa Blanca cambia fiscales hasta encontrar a uno –o una– que se pliegue a las exigencias sobre a qué rival político perseguir judicialmente, ya sea un ex director del FBI, como James Comey, o el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, a quien lleva meses presionando para que baje los tipos de interés.
Pero, también, Estados Unidos se ha convertido en el país más disruptivo de la geopolítica mundial, haciendo saltar por los aires la alianza transatlántica reforzada tras la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, para recuperar ambiciones imperialistas en América Latina propias de la segunda parte del siglo XX al tiempo que exhibe mejor sintonía con Vladímir Putin y Xi Jinping que con cualquier líder europeo, salvo los más ultras, como el primer ministro húngaro, Viktor Orbán; la primera ministra italiana, Giorgia Meloni; o el presidente polaco, Karol Nawrocki. Un trío que se une al presidente argentino, Javier Milei, y al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, para formar el repóker de mejores aliados internacionales de Trump.
En realidad, Trump está muy solo en el mundo. Se evidenció en la última Asamblea General de Naciones Unidas, donde tan solo los más palmeros, Netanyahu y Milei, fueron los principales aliados de un presidente de EEUU que dedicó su discurso a hablar de sí mismo y a abroncar a los europeos.
Trump está solo porque los aliados históricos de EEUU, los países de la Europa occidental, se sienten abandonados ante la invasión rusa de Ucrania y profundamente atacados. Así, en el documento de 33 páginas sobre la estrategia de seguridad nacional, la Administración Trump celebra “con gran optimismo” la “creciente influencia de los partidos patrióticos europeos”. Es decir, el empuje de Giorgia Meloni, Viktor Orbán y los líderes ultras que están logrando buenos resultados en otros países del norte y centro de Europa como Suecia, Finlandia, Países Bajos y Alemania.
Según la Administración Trump, el “declive económico” de Europa “se ve eclipsado por la perspectiva real y más cruda de la desaparición de la civilización. Entre los problemas más graves a los que se enfrenta Europa se encuentran las actividades de la Unión Europea y otros organismos transnacionales que socavan la libertad política y la soberanía, las políticas migratorias que están transformando el continente y creando conflictos, la censura de la libertad de expresión y la represión de la oposición política, el descenso vertiginoso de la natalidad y la pérdida de la identidad nacional y la confianza en sí misma”.
“Si las tendencias actuales continúan”, afirma Trump, “el continente será irreconocible en 20 años o menos. Por lo tanto, no es nada obvio que algunos países europeos vayan a tener economías y ejércitos lo suficientemente fuertes como para seguir siendo aliados fiables. Muchas de estas naciones están redoblando actualmente sus esfuerzos en la senda actual. Queremos que Europa siga siendo europea, que recupere su confianza civilizatoria y que abandone su enfoque fallido de asfixia regulatoria”.
En definitiva, EEUU, con Trump, ha dejado de ser un aliado para convertirse en un rival... o un enemigo.
Y hasta tal punto es así, que la Casa Blanca está amenazando con tomar Groenlandia por la fuerza, un territorio dependiente de Dinamarca, un país miembro de la OTAN. En un año de Trump en la Casa Blanca, Europa está viviendo cómo EEUU ya es un país del que quizá tengan que defenderse militarmente; en un país que tome por la fuerza un territorio de la OTAN.
¿Quién podría imaginarse hace un año que los aliados europeos de la OTAN tendrían que defenderse de las ambiciones imperialistas de Trump? Pues en eso están ahora mismo las capitales europeas.
Este viernes, el presidente de EEUU ha lanzado una nueva amenaza: “Puede que imponga un arancel a los países que no acepten lo de Groenlandia, porque necesitamos Groenlandia para la seguridad nacional. Así que puede que lo haga”. Y no ha descartado atacar militarmente a un aliado de la OTAN.
Francia, Alemania, Reino Unido, Suecia, Noruega, Finlandia, Países Bajos se están movilizando y han enviado o anunciado que enviarán tropas a Groenlandia.
La amenaza del presidente de EEUU llegaba 24 horas después de la reunión en la Casa Blanca entre su vicepresidente, JD Vance, y su secretario de Estado, Marco Rubio, con los responsables de Exteriores de Dinamarca y Groenlandia, Lars Loekke Rasmussen y Vivian Motzfeldt, respectivamente. Tanto Rasmussen como Motzfeldt rechazaron las ambiciones imperialistas de Trump, quien ha dicho que se quedará con Groenlandia “por las buenas o por las malas”.
El primer paso de la vía dura para Trump vuelven a ser los aranceles, esa herramienta negociadora arbitraria cuyo futuro pende del veredicto del Tribunal Supremo. En efecto, los jueces tienen que decidir si el atajo usado por Trump para poner y quitar aranceles según le convenga –los sube a Canadá por un anuncio con la voz en off de Ronald Reagan y para Brasil por el juicio a Bolsonaro; pero los rebaja para China porque cede Tiktok y se abre a volver a comprar soja estadounidense–.
Según Trump, los aranceles son un elemento fundamental para la seguridad nacional, pero está por ver que el Supremo considere legítimo usar una legislación de emergencia nacional para la política comercial estadounidense, que es lo que hizo el presidente de EEUU para aplicar aranceles generalizados a todo el mundo a partir del llamado Día de la Liberación, el 3 de abril de 2025, si bien no se llegaron a aprobar hasta el pasado verano.
El fallo del Supremo se esperaba para antes de fin de año, y la vista apuntaba a que los jueces no terminaban de estar convencidos de los argumentos del presidente, que no deja de presionar permanentemente sobre ello.
Fruto de esos aranceles, los estadounidenses han estado sufriendo una inflación lejos del 2% marcado como objetivo por la Fed –está en el 2,7%– y una debilidad del mercado laboral –4,4% de paro– que no se corresponde con el boom que está viviendo la bolsa estadounidense con las empresas de Inteligencia Artificial y los centros de datos.
Esos factores, la debilidad del mercado laboral y las dificultades para llegar a fin de mes y entrar en el mercado de la vivienda fueron la mecha que ayudó a Trump a llegar a la Casa Blanca, y están siendo la mecha que está animando a los demócratas, hasta el punto de que un socialista haya ganado la alcaldía en Nueva York y en Seattle, y los demócratas hayan ganado a los republicanos en Virginia, Nueva Jersey y Miami durante las últimas convocatorias electorales.
Trump lo sabe, e intenta culpar de la crisis de la affordability –crisis de precios– a los demócratas, pero él lleva un año de la Casa Blanca y ganó con la promesa de hacer grande EEUU y de mejorar la vida de los estadounidenses de a pie, cosa que no está pasando. Y por eso ha prometido que llegará en 2026 lo que anunció que llegaría en 2025.
Y eso está por ver, sobre todo después del cierre de la Administración más largo de la historia –43 días– en el que no tuvo reparos en dejar sin fondos el programa de alimentos SNAP para 42 millones de personas mientras montaba una fiesta de Halloween a lo Gran Gatsby. Del mismo modo que ahora otros 24 millones están sin ayudas para las primas de los seguros médicos por no renovar el Obamacare –Affordable Care Act–.
Venezuela, Israel, Gaza, Irán
Trump pone el secuestro de Nicolás Maduro como ejemplo en las últimas semanas del poderío de EEUU. Del mismo modo que también pone el bombardeo sobre las instalaciones nucleares iraníes. Por el camino, se lleva el escepticismo de sus bases MAGA, que no terminan de ver claro que sea compatible el America First con el cambio del Gobierno en Venezuela, el secuestro de Nicolás Maduro y el asesinato extrajudicial de un centenar de personas en el Caribe y el Pacífico Oriental; los bombardeos en Irán o el plan de Gaza.
Mientras tanto, deja colgada a María Corina Machado para respaldar a Delcy Rodríguez, ex número dos de Nicolás Maduro, al tiempo que amaga con atacar de nuevo Irán por la represión de las manifestaciones y anuncia el arranque de la segunda fase de su plan para Gaza cuando Israel sigue matando palestinos todos los días.
Trump presume de haber sellado el fin de ocho guerras, aunque algunas ni lo lleguen a ser –como la de Irán e Israel– y otras no estén cerradas –como el genocidio israelí en Gaza–. Pero para él es suficiente como para creerse merecedor del premio Nobel de la Paz. De ahí que la líder de la oposición venezolana le haya entregado este jueves la medalla del Nobel, si bien el instituto sueco ya ha aclarado que el premio no es transferible.
Represión y ataques a la prensa
Como una insurrección. Así es como quiere abordar el presidente de EEUU las protestas que se están produciendo en Minnesota estos días contra los agentes contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), recrudecidas tras el asesinato de Renée Nicole Good, el pasado 7 de enero, después de recibir tres disparos de bala por parte de un agente. La ley contra las insurrecciones le permitiría a Trump desplegar tropas mientras continúan las protestas contra ICE en Minneapolis.
Trump ha hecho esta amenaza después de que un agente federal disparara a un hombre en la pierna en Minneápolis el miércoles tras ser atacado con una pala y el mango de una escoba. El incidente aumentó aún más la sensación de miedo y enfado que se extiende por toda la ciudad una semana después del asesinato de Good.
Trump ha amenazado en repetidas ocasiones con invocar la ley federal, que rara vez se utiliza, para desplegar al ejército estadounidense o federalizar la Guardia Nacional para hacer cumplir la ley nacional, a pesar de las objeciones de los gobernadores estatales, como es el caso de Tim Walz en Minnesota.
Estúpida. Así respondía Donald Trump a una periodista, Nancy Cordes, que cuestionaba al presidente de EEUU acerca de su interpretación del tiroteo de Washington DC, cerca de la Casa Blanca, contra dos soldados de la Guardia Nacional que, de momento, se ha cobrado una muerte.
Trump suele insultar tanto a periodistas hombres como mujeres, o a estrellas de televisión masculinas. Pero el insulto que le lanzó a Catherine Lucey, de Bloomberg, hace unas semanas en el Air Force One fue algo que no ocurriría con un hombre. “Quiet, quiet, piggy [cállate, cerdita]!”, le dijo a Lucey cuando preguntaba en el avión que llevaba a Trump el viernes por la tarde a jugar al golf a Florida.
Acababa de empezar el canutazo en el avión presidencial y Lucey se dispuso a preguntar por las repercusiones de las últimas revelaciones de los correos electrónicos del depredador sexual Jeffrey Epstein que acababan de ser publicados por un comité de la Cámara de Representantes.
Días después, atacó a la corresponsal de la televisión ABC en la Casa Blanca, Mary Bruce, tras una pregunta considerada “vergonzosa” por Trump que tenía que ver con el asesinato del periodista Jamal Khashoggi. Y el invitado avergonzado era el príncipe saudí Mohammed bin Salman, sobre quien pesa la acusación internacional de haber estado detrás de la muerte de Khashoggi en el consulado saudí de Estambul en 2018.
“Hablas de alguien que fue muy polémico”, justificó Trump: “A mucha gente no le gustaba ese señor del que hablas; te cayera bien o mal, son cosas que pasan, pero él no sabía nada al respecto. Y podemos dejarlo así. No tienes por qué avergonzar a nuestro invitado con esa pregunta”.
La corresponsal de ABC también preguntó por el papel de Arabia Saudí en los atentados del 11 de septiembre, algo acreditado en las investigaciones, así como por los papeles de Epstein: “No es la pregunta lo que me molesta, sino tu actitud. Creo que eres una pésima periodista. Es la forma en que haces las preguntas. Empiezas con un hombre muy respetado y le haces una pregunta horrible, simplemente terrible. Y podrías haberle hecho la misma pregunta con amabilidad”.
Lo siguiente ha sido ya en forma de amenaza total: “Creo que deberían revocarle la licencia a ABC, porque sus noticias son falsas y erróneas”, ha amenazado el presidente de EEUU.
La amenaza con revocar licencias no es la primera vez que sale de Trump. También lo dijo varias veces en septiembre, después de presionar a la CBS para no renovar a Stephen Colbert y a la ABC con Jimmy Kimmel.
Guerra civil MAGA
Hay una quiebra irresoluble en el mundo MAGA entre islamófobos y antiisraelíes. La entrevista de Tucker Carlson con el supremacista Nick Fuentes desató unas hostilidades que no dejan de crecer y han entrado ya en el terreno de los golpes bajos y los insultos personales.
Ese cisma se presenció también en la primera rueda de prensa sin periodistas, sino con comentaristas ultras, en el Pentágono después de entrar en vigor las normas censoras del Departamento de Guerra, con preguntas sobre cuándo se romperían relaciones con el mundo islámico y con Israel, en función de qué fracción ultra preguntara.
En el bando anti-Israel se encuentran Fuentes, Carlson, Candace Owens y Marjorie Taylor Greene, que apura los últimos días en la Cámara de Representantes. Y, del lado incondicional de Israel, se encuentra el senador por Texas Ted Cruz y la comentarista ultra Laura Loomer.
Y ese fin de semana, mientras se desarrollaba el Foro de Doha, con gran representación de la Administración Trump –incluido su hijo Donald Júnior–, el ex presentador de la Fox tuvo una participación en la que alabó el país hasta el punto de afirmar que quería comprarse una casa allí. A raíz de eso, el senador Cruz le dijo: “¿No están prohibidas las felaciones en ese país?”.
Al mismo tiempo, alguien respondía a Cruz si acaso era él quien hacía felaciones a Israel.
Loomer también ha insistido en que el Partido Republicano tiene “un problema con el nazismo”, por personajes antiisraelíes como Carlson o Candace Owens que ven la mano de Israel por todas partes en la Administración Trump, incluso consideran que el depredador sexual Jeffrey Epstein trabajaba para el Mossad.
La sombra de Epstein
Es un fantasma que nunca se aleja. Es como una sombra que persigue a Donald Trump allá donde vaya. No puede huir de ella, por mucho que corra, está pegada a él. Es lo que le ocurre al presidente de EEUU con Jeffrey Epstein, el depredador sexual que se quitó la vida en una celda en agosto de 2019, y con el que intimó el presidente hasta principios de los años 2000, según su versión oficial, cuando lo echó de su vida, teóricamente por una disputa inmobiliaria.
Sin embargo, los mensajes revelados por el Comité de la Cámara de Representantes, ponen en cuestión su versión sobre su distanciamiento, pero también sobre el supuesto desconocimiento de las actividades delictivas del depredador sexual.
El Departamento de Justicia no ha cumplido plenamente con el plazo del 19 de diciembre establecido por la Ley de Transparencia de los Archivos de Epstein, aunque ese día publicó una serie de documentos. Recientemente, el Departamento de Justicia afirmó que tiene en su poder más de un millón de documentos relacionados con Epstein y que podría tardar “unas semanas más” en procesar esos archivos para su publicación.
Autoritarismo competitivo
Hace unos meses, Steven Levitsky, Lucan Way y Daniel Ziblatt, politólogos que estudian cómo se deterioran las democracias y que hace tiempo acuñaron el concepto "autoritarismo competitivo" para sistemas políticos surgidos tras la Guerra Fría en países del Centro y el Este de Europa, publicaban un artículo en The New York Times en el que reflexionaban sobre hasta qué punto EEUU estaba derivando en un sistema más parecido a un autoritarismo competitivo que a una democracia.
En su texto, explican que “la ofensiva autoritaria del gobierno ha tenido un impacto evidente. Ha transformado el comportamiento de los estadounidenses, obligándolos a pensárselo dos veces antes de participar en lo que debería ser una oposición protegida constitucionalmente. En consecuencia, muchos políticos y organizaciones sociales que deberían supervisar y controlar al ejecutivo se están silenciando o relegando a un segundo plano”.
“Los estadounidenses viven bajo un nuevo régimen”, zanjan, “la pregunta ahora es si permitiremos que se consolide. Hasta el momento, la respuesta de la sociedad estadounidense a esta ofensiva autoritaria ha sido decepcionante, incluso alarmante. Una gran mayoría de políticos, directores ejecutivos, socios de bufetes de abogados, editores de periódicos y rectores universitarios estadounidenses prefieren vivir en una democracia y desean poner fin a este abuso. Sin embargo, como individuos que se enfrentan a amenazas gubernamentales, tienen incentivos para congraciarse con la administración Trump en lugar de oponerse a ella”.
Y concluyen: “La deriva autoritaria de Estados Unidos es reversible. Pero nadie ha derrotado jamás a la autocracia desde la barrera”.
Una de las cosas habituales es la capacidad para insultar de forma tan cotidiana al rival y deshumanizarlo. El mecanismo es semejante al de tener la Guardia Nacional en las calles de las ciudades demócratas: acostumbrar a la ciudadanía a convivir con militares. En este caso, se trata de hacer cotidiano el desprecio por el otro, quebrando todas las reglas de la educación y convivencia. Y cada día decide que sus rivales son “lunáticos”, “locos”, “de bajo cociente intelectual”, “malas personas” que quieren “destruir el país”... Y pide que los detengan y procesen, incluidos los expresidentes Barack Obama y Joe Biden, cuyo retrato en el muro de la fama de la Casa Blanca ha sido sustituido por el de un boli automático.
Nuevas reglas electorales
Las elecciones legislativas de noviembre son cruciales para la agenda de Trump. Y también para la posibilidad de que los demócratas puedan disponer de elementos para frenarla o derrotarla. Y lo saben tanto demócratas como republicanos, pero los republicanos son los que ahora tienen el Ejecutivo, el Legislativo y el Supremo.
Así, el presidente de EEUU ha dado la orden de redibujar el mapa de las circunscripciones de varios estados con el objetivo de arrebatar escaños de la Cámara de Representantes a los demócratas. Y no les está yendo tan mal: los republicanos han pintado nueve nuevos distritos favorables en Texas, Misuri, Carolina del Norte y Ohio, hasta el momento.
Los demócratas, por su parte, han respondido con cinco distritos favorables más en California la semana pasada, más uno en Utah ganado en los tribunales, lo que deja el pulso hasta el momento en 9-6 a favor del Partido Republicano a 11 meses y medio de las elecciones.
En EEUU, esta práctica se conoce comúnmente como gerrymandering. El término fue acuñado después de una revisión de los límites de los distritos electorales de Massachusetts en 1812, llevada a cabo por el gobernador Elbridge Gerry, tras la cual uno de los distritos tenía forma de salamandra (gerrymandering: Gerry, por el apellido, y mandering, por 'salamander').
A día de hoy se está viendo cómo se retrocede en avances conseguidos y cómo otros están en el alambre de un Tribunal Supremo con supermayoría conservadora. Por ejemplo: la Voting Rights Act –Ley de Derecho al Voto–. Fue una norma que acababa con el autoritarismo político de los estados del sur de EEUU, aprobada hace apenas 60 años, en 1965.
Desde entonces, Estados Unidos no ha cambiado su Constitución, por lo que “el sistema legal que permitió, durante más de ochenta años, un brutal régimen racista y dictatorial en gran parte del país sigue en vigor sin cambios. Las leyes de derechos civiles son eso, leyes, no enmiendas constitucionales. Una mayoría indignada en el Congreso o una sentencia judicial cínica y torticera del Tribunal Supremo pueden desmantelar todas las protecciones contra el autoritarismo aprobadas entonces”, afirma el politólogo residente en Connecticut Roger Senserrich.
Por el camino, Trump quiere imponer más restricciones al voto, como limitar el voto por correo, acabar con la posibilidad del voto anticipado que facilita el sufragio en tanto que las jornadas electorales son en martes, y exigir mayores requisitos para ejercer el voto en la urna.
Desde 2020, Trump y sus aliados han intentado sembrar dudas sobre el voto por correo, a pesar de su popularidad entre los votantes de ambos partidos. En Georgia, Texas, Florida y otros estados republicanos se han aprobado leyes que endurecen los plazos para la recepción de votos por correo, limitan los buzones de entrega e imponen nuevos requisitos de identificación o firma.
Nada más regresar al cargo, Trump firmó una orden ejecutiva que instruía a los estados a rechazar las papeletas enviadas por correo recibidas después del día de las elecciones, incluso si el matasellos era anterior a la fecha límite, bajo amenaza de ver revocada la financiación federal para las elecciones. La orden, cuya mayor parte ha sido bloqueada por los tribunales, también pretendía imponer el requisito de presentar un documento que acreditara la ciudadanía estadounidense para poder registrarse para votar.
¿Cómo acabarán siendo las elecciones de 2026 y 2028 en un país que avanza de forma acelerada hacia el autoritarismo competitivo?