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Las cigarreras de Logroño encienden los recuerdos de juventud, trabajo y lucha obrera con nombre de mujer

Sus manos repiten los gestos que hacían para desvenar las hojas de tabaco, para meterlas a las liadoras y para echar los cigarrillos a las carretillas como si no hubieran pasado 60 años, en el caso de las mayores, que dejaron la Tabacalera. Señalan la ventana en la que pasaban su jornada en lo que actualmente es la Biblioteca de La Rioja y comparten entre ellas las peculiaridades de cada sección. No cuesta darse cuenta de que aquel tiempo les marcó. “Fueron los mejores años, entrar en Tabacalera era un lujo”, asegura Estrella.

Son las cigarreras de la fábrica de Logroño, las trabajadoras de la empresa estatal que Sagasta trajo a la ciudad, que se mantuvo hasta el año 1980 en la calle Portales y se trasladó después al Sequero hasta su cierre en 2016. Entre sus muros, se han quedado las historias de las miles de trabajadoras, la mayoría de mujeres, que estuvieron allí hasta que este jueves 22 de mayo muchas de ellas han podido compartir experiencias en el encuentro Lazos de Humo.

“Nos parecía muy importante dar voz a mujeres que han trabajado en fábricas en las que la mayoría era mujeres mientras el trabajo industrial era masculinizado”, explica Elena Sáenz de Urturi, una de las impulsoras del proyecto. Han querido seguir la estela de San Sebastián, donde se reúnen desde 2016, para que el caso de La Rioja también tuviera voz. “Queremos construir la historia con sus propios testimonios, son un foco diferente a la historia global que ha trascendido”, apunta. “Y la riqueza de hacerlo con mujeres de diferentes épocas, además”.

Estrella, Dori y Selma son tres ejemplos. Cuando charlan entre ellas se puede ver la evolución de Tabacalera, de los derechos laborales y hasta de la propia historia cotidiana de cada época, pero a pesar de los diferentes años mantienen muchas cosas en común. Las tres entraron a trabajar con 18 años (la edad mínima para trabajar en Tabacalera) y para entonces todas ya habían trabajado en otras fábricas. Las tres cuentan que el sobre con el salario era para la familia y se entregaba a los padres nada más recibirlo. “Yo cobraba más que mi padre”, apunta Estrella para dar cuenta de la buena remuneración de la fábrica. “Todo era muy riguroso”. Y luego estaba “la tira”, una prima que recibían por puntualidad o por beneficios, “y esa te la quedabas”, dice Dori entre risas inocentes.

Tabacalera era de las fábricas con más derechos laborales. Trabajaban ocho horas en turnos de 6 a 14 horas o de 14 a 22. Además de “la tira”, la empresa también les ofrecía una dote cuando llevabas varios años trabajados y decidías irte y había incluso una paga especial por haber tenido gemelos, como la que recibió Estrella cuando dejó la industria en el 63. Estas tres cigarreras recogieron el testigo de las anteriores, que habían sido verdaderas referentes del movimiento obrero y la lucha sindical, llegando a estar un mes de huelga en 1920. Algunas de ellas seguían cuando Estrella empezó a trabajar en 1957, en la primera tanda que entraron nuevas después de muchos años. “Ninguna contaba nada, ni nos decían que protestáramos ni contaban cómo había sido su vida. Nadie hablaba, solo protestaban cuando las jóvenes abríamos las ventanas y nosotras decíamos que nos tenían envidia”, cuenta con nostalgia esta cigarrera.

Después, con la dictadura, se acabó el sindicalismo y Estrella y Dori no vivieron protestas en la fábrica durante los cinco años que estuvieron. Selma, que empezó a trabajar en la Tabacalera de San Sebastián antes de llegar a Logroño en el 81, ya a la fábrica de El Sequero, sí recuerda algo más de allí. “Siempre veíamos a los hombres en la salida con un cigarro en la boca y otro en la oreja, fumaran o no, mientras que a nosotras no nos daban. Así que un día acordamos hacer lo mismo todas, hasta que lo conseguimos”. “Pues en Logroño no nos daban”, le responden sus compañeras mayores, que recuerdan como se escondían en el baño para fumar y para hacerse fotos, que tampoco se podía. Años más tarde, explica Selma, tenían algunos cartones por mes que tenían que declarar a Hacienda y les registraban a la salida para que no se llevaran ninguno más. En San Sebastián consiguieron también una guardería siguiendo la estela de las compañeras de Sevilla y estuvieron meses devolviendo la prima de productividad porque estaban en contra de ella.

Al llegar a Logroño, Selma trabajó en la Tabacalera de El Sequero hasta su jubilación en 2012, pero ya “no era lo mismo”. “Había muchísimo ruido, más vibración y el suelo de hormigón cansaba más que la madera de las fábricas antiguas”. Con la salida fuera de la ciudad y la ampliación de la fábrica ya no era el mismo ambiente de trabajo, cuenta las que pasaron de una a otra.

Da la sensación que Estrella, Dori y Selma podrían estar horas compartiendo sus vivencias entre caliqueños, farias, y caldo de gallina, el tabaco más fino, que era para liar y venía en los paquetes que parecía a los de caldo. Recuerdan las amistades de la fábrica, como los novios les esperaban a la salida y como veían por las ventanas pasar a los soldados hacia el cuartel de General Urrutia. Las cigarreras de Logroño fueron pioneras en la lucha obrera y pusieron nombre de mujer al trabajo industrial y a la reivindicación de derechos. Sus testimonios no han sido escuchados y ahora alzan la voz y piden un reconocimiento. Al salir del Café Ninette, se topan de frente con la Biblioteca de La Rioja, con su Tabacalera, y Selma, aunque no trabajo ahí, dice con rotundidad: “Me gustaría que pongan en la fábrica un recuerdo, que se tenga consciencia de que esto fue un centro de trabajo de mujeres”.