La clase

17 de mayo de 2026 11:10 h

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En los años dorados de la posguerra mundial, un contable de Detroit, un profesor de Lyon y un pequeño comerciante de Stuttgart compartían algo más que un coche en el garaje y unas vacaciones anuales. Creían formar parte de un mismo bloque social ascendente, el corazón estable de las democracias occidentales: la clase media. Hoy, ese contable teme la externalización de su puesto, el profesor francés ha marchado —o marchaba— con los chalecos amarillos contra la pérdida de poder adquisitivo, y el comerciante alemán observa cómo los grandes marketplaces digitales estrangulan su negocio. La promesa se ha resquebrajado, y al hacerlo, ha dejado al descubierto una pregunta incómoda: ¿fue la clase media una realidad sociológica o un relato político magistral? Para responder, hay que separar los números de los relatos.

Las cifras no mienten, pero pueden contar historias distintas. Según el World Inequality Report 2026 —el informe de referencia elaborado por más de doscientos investigadores del World Inequality Lab—, el 10 por ciento más rico de la población mundial captura el 53 por ciento de la renta global, mientras que la mitad más pobre se queda con solo el 8 por ciento. En la OCDE, el ingreso disponible del 10 por ciento más rico es 9,6 veces superior al del 10 por ciento más pobre —la mayor brecha registrada en treinta años—, una distancia que se ha ensanchado sin pausa desde los años ochenta. Estos datos no hablan de una sola línea que divida a capitalistas y trabajadores, sino de una pendiente empinada donde la posición define el acceso a la salud, la educación, la vivienda y la esperanza de vida. La clase, como estructura de desigualdad material, no solo existe, sino que se ha hecho más compleja y, en muchos aspectos, más profunda.

Sin embargo, el lenguaje público para describir esta realidad se ha vuelto borroso. El sociólogo estadounidense C. Wright Mills ya advertía en 1951, en White Collar, sobre la nueva columna vertebral del capitalismo: una masa de empleados administrativos, vendedores y gerentes que no se identificaban ni con los capitalistas ni con el proletariado industrial. ¿Existe, por cierto, un proletariado digital? Su identidad se construyó alrededor del consumo, la educación y el estatus, no de la relación con los medios de producción. Aquí surge un dilema estratégico persistente: ¿cómo combatir un relato poderoso, el del ascenso individual y la clase media, sin caer en la mera nostalgia de un lenguaje crítico que ya no conmueve, ni en la adopción acrítica de las mismas herramientas de marketing que fabricaron el mito? 

Hace treinta años este debate ya estaba abierto; hoy es más urgente. Adoptar el lenguaje del coaching o la marca personal para denunciar la precariedad puede significar, sin una crítica férrea al marco individualista, reforzar la misma lógica que se pretende desmontar. Este fue el caldo de cultivo perfecto para que el término clase media trascendiera lo descriptivo para volverse un proyecto ideológico. Durante la Guerra Fría, en Occidente se promovió activamente la narrativa de la sociedad de clases medias como antídoto frente al discurso de lucha de clases del bloque soviético. Ser de clase media equivalía a ser moderno, democrático y apolítico en el sentido conflictivo.

El éxito de este relato fue tal que reconfiguró el campo político. Los partidos tradicionales de izquierda obrera, como la socialdemocracia europea, viraron gradualmente su discurso para representar a las amplias clases medias. El conflicto abierto entre capital y trabajo fue sustituido por el pacto del Estado del bienestar: a cambio de paz social, se garantizaban derechos sociales y un ascenso material continuado. Pero este pacto tenía una cláusula oculta: para mantenerlo, el crecimiento económico debía ser perpetuo y sus frutos, repartidos. Cuando esa premisa falló —con las crisis del petróleo de los 70, la financiarización y la globalización desregulada—, la base material de esa clase media comenzó a erosionarse.

Lo que siguió no fue un regreso a la conciencia de clase, sino una gran confusión. El trabajador industrial precarizado, el becario sobrecualificado y el autónomo al borde de la quiebra seguían llamándose a sí mismos clase media, aunque su realidad se asemejara más a la de sus abuelos proletarios. Como señala el filósofo Emmanuel Todd, esta inconsciencia de clase es un rasgo definitorio de nuestro tiempo. La identidad se aferra a un estatus simbólico —el de no ser pobre— incluso cuando las condiciones materiales se degradan. 

Esto genera un llamativo efecto Rashomon: la misma realidad social se describe de forma radicalmente distinta dependiendo de quién —y desde qué posición— la narre. En España, el 55,5 por ciento se autopercibe como clase media en alguna de sus variantes —alta, media o baja— (CIS Barómetro, septiembre de 2025), pero según el criterio objetivo de la OCDE —renta entre el 75 por ciento y el 200 por ciento de la media nacional—, el 61,5 por ciento de los hogares lo es técnicamente (CaixaBank Research, basado en la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, 2023). La paradoja opera en sentido inverso al esperado: más gente es clase media según los ingresos de la que se siente clase media. Lo que el dato estadístico no captura es la experiencia de esa inconsciencia de clase: aferrarse al estatus simbólico de no ser pobre aunque, como ya hemos dicho, la realidad material se degrade.

Este divorcio entre símbolo y sustento se materializa en el urbanismo de la desigualdad. Tomemos un barrio cualquiera, uno como en el que yo vivo, crecido al albur de la burbuja inmobiliaria, donde el alquiler se sitúa hoy entre los más altos de la ciudad. Carece de centro de salud público y de colegio, pero cuenta con un centro comercial. Sus habitantes, con dificultad, se considerarían clase trabajadora; el código postal, el escaparate de la tienda y la fachada les susurran otra historia. Sin embargo, la ecuación es puramente proletaria: se necesitan dos sueldos, a menudo precarios, bajo ese mismo techo para llegar a fin de mes. El estatus es un decorado que ocupa el lugar de los servicios públicos, y la hipoteca o el alquiler estrangulador cumplen la función disciplinaria que antaño tenía la fábrica. Este fenómeno subyace a paradojas políticas clave: por qué sectores vulnerables votan a menudo contra sus intereses económicos inmediatos, privilegiando agendas identitarias o nacionalistas. 

En ese vacío de lenguaje de clase se cuela la segunda operación: el desgaste deliberado del eje izquierda-derecha. Declarar esta división obsoleta ha sido un caballo de Troya de primer orden. Cuando un think tank neoliberal o un político de nuevo cuño proclama que las soluciones no son de izquierda o derecha, sino sensatas o insensatas, o aquello de solo veo personas, está realizando un acto de enorme violencia simbólica. Declara que la distribución de la riqueza, el peso de los impuestos, la fuerza de los sindicatos o el alcance de lo público no son decisiones políticas con visiones opuestas del mundo, sino meras cuestiones técnicas de eficiencia.

Este discurso beneficia abiertamente al poder financiero y a las élites concentradas. Si el debate público se desplaza desde ¿quién paga? hacia ¿cómo hacemos esto más eficiente?, el resultado predecible es que la carga recaiga sobre los eslabones más débiles. La austeridad poscrisis de 2008 no se vendió como una opción ideológica de derechas, sino como una necesidad técnica. Las reformas laborales se presentan no como un trasvase de poder del trabajo al capital, sino como modernización para la competitividad. Al evaporarse el lenguaje de la lucha de clases, se disuelve también el marco para oponer resistencia coherente.

No es casualidad que, paralelamente, hayan surgido con fuerza nuevos ejes de división, a menudo más viscerales: globalistas vs. patriotas, metropolitanos vs. periféricos, woke vs. tradicionalistas. Estos nuevos frentes, amplificados por algoritmos y redes sociales, son funcionales al statu quo económico porque desvían la atención del conflicto material. Mientras se debate acaloradamente sobre cultura, símbolos e identidad, se aprueban en silencio presupuestos regresivos o tratados comerciales que benefician a unos pocos.

Pero la realidad, tozuda, acaba imponiéndose. La pandemia de COVID-19 fue un revelador social masivo. Puso en primer plano quiénes eran los trabajadores esenciales: repartidores, cajeras, enfermeras, personal de limpieza. En ellos se encarna la paradoja del proletariado digital, la farsa laboral del siglo XXI. Es la materialización de lo que el antropólogo David Graeber llamó trabajos de mierda: empleos que hasta quienes los desempeñan perciben como carentes de sentido, pero que perpetúan un sistema de vigilancia y explotación disfrazado de oportunidad. Mientras las plataformas promueven la narrativa del socio o el creador de contenido, la realidad es la de un trabajador hipervigilado y desposeído. En España, la Ley Rider (2021) desmontó la ficción del falso autónomo estableciendo la presunción de laboralidad. Más de dos años después, los propios repartidores calculan que deben trabajar unas diez horas diarias para aproximarse al Salario Mínimo Interprofesional, asumiendo de su bolsillo las cotizaciones a la Seguridad Social, el IVA y el mantenimiento del vehículo: la app es de la empresa; los costes son suyos. Este es el núcleo de la nueva condición obrera: no poseer los medios de producción (la app es de la empresa), su trabajo enajenado por un algoritmo y su estatus de permanente inseguridad, a menudo enmascarado bajo las autodenominaciones de CEO, CIO, CTO, CDO, CMO... —o cualquier otro, por supuesto, en inglés— en un perfil de LinkedIn. 

Es la internalización patológica de la precariedad como un proyecto heroico de autoexplotación. Esta es la esencia del nuevo proletariado: gente sin grandes patrimonios, cuya subsistencia depende enteramente de un salario incierto y cuya exposición al riesgo es máxima. No eran clase media en el sentido idílico del término; eran la clase trabajadora del siglo XXI, diversa, precaria en muchos casos y absolutamente fundamental. Ese contable de Detroit, ese profesor de Lyon y ese comerciante de Stuttgart nunca dejaron de ser trabajadores. Hoy lo son el rider vigilado por el algoritmo, la cajera del súper, la enfermera de planta. El desafío no es negar la complejidad moderna ni resucitar dogmatismos del XIX. Es reencontrar un lenguaje honesto que nombre la nueva explotación digital, la concentración obscena de riqueza en fondos y tecnológicas, la vulnerabilidad común de quienes viven del salario. La clase media como mito disolvente tuvo su día. El futuro pertenece a quien describa el mundo no como sueño de ascenso individual, sino como lo que realmente es: una lucha cotidiana por quién se lleva el fruto del esfuerzo colectivo.