Europa ante el espejo de Hungría
Durante años Hungría ha sido una advertencia incómoda y persistente que Europa parecía mirar siempre de reojo. Ahora, tras más de una década de deriva autoritaria en la que el espacio de libertad se fue estrechando bajo el liderazgo de Viktor Orbán, el resultado electoral ha alterado el tablero y puede empezar a ser también una oportunidad no solo para los húngaros, sino para toda Europa.
Aunque, no nos engañemos, Hungría no se ha despertado siendo un país progresista, ni su Parlamento refleja hoy una pluralidad ideológica amplia. La izquierda, de hecho, sigue sin tener espacio y presencia real. Pero algo se ha movido. La victoria de Péter Magyar no es una revolución, pero sí una grieta. Y a veces, la historia empieza precisamente así, con una grieta.
Cuando un gobierno decide convertir a una minoría en un problema, no solo cambia las normas. Esas normas cambian el aire. Hacen que lo cotidiano pese más. Que un gesto, una palabra, una mirada, se carguen de significado. Y eso no creo que desaparezca de un día para otro por un resultado electoral.
El ejemplo más evidente lo hemos podido ver en el colectivo LGTBIQ+ húngaro, que durante estos años, no solo ha visto recortados sus derechos en leyes concretas sino que, sobre todo, ha vivido algo mucho más difícil de medir, pero mucho más corrosivo: un ambiente, un clima hostil en el que mostrarse era exponerse. En el que callar era, muchas veces, la única forma de protegerse. En el que una ley no solo regulaba, sino que señalaba.
Por eso conviene no precipitarse con los diagnósticos optimistas. Porque lo que se abre ahora no es una etapa de victorias rápidas, sino algo más delicado como es la posibilidad de empezar a recomponer. Igual que cuando una casa ha estado años deteriorándose. Primero hay que asegurar la estructura, ventilar, dejar entrar la luz. Luego, ya vendrán las reformas.
Durante mucho tiempo, Europa ha tratado el caso húngaro como quien aparta una piedra del camino, con cierta incomodidad, pero sin detenerse demasiado. Se hablaba de “anomalía”, de “caso aislado” pero, si somos honestos, no lo era tanto. Porque lo que estaba ocurriendo en Hungría era, en realidad, la expresión más visible de una tensión que sigue atravesando a toda Europa y que nos obliga a preguntarnos hasta qué punto estamos dispuestos a defender de verdad nuestros propios valores. Y aquí, hay que decirlo sin rodeos, la Unión Europea ha fallado. Ha llegado tarde. Ha dudado demasiado. Y, sobre todo, se ha atado a sí misma las manos.
El sistema de unanimidad que en su momento tenía sentido, se ha convertido en una especie de candado. Un candado que permite que quien vulnera las reglas del juego pueda, además, bloquear cualquier respuesta como ha hecho Orbán en estos años. Una paradoja difícil de explicar… y aún más difícil de justificar por cuanto en medio de ese bloqueo institucional, hay personas concretas. Con nombres, con vidas, con miedos muy reales.
El resultado electoral en Hungría dibuja una ventana que, aunque no sea perfecta, abre en Europa, por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad de avanzar en dos terrenos que parecían completamente atascados.
Por un lado, el de repensar de verdad los mecanismos de decisión en la Unión Europea; porque si algo ha quedado claro es que no se puede defender el Estado de derecho con herramientas que lo hacen inviable.
Y por otro, y quizá más importante, dar un paso adelante en la consolidación real de los derechos fundamentales. Pero no con declaraciones bonitas. No escribiéndolos como principios que suenan bien en los tratados. Sino garantizando que sean efectivos, medibles y exigibles.
Podríamos pensar que con reducir la hostilidad es suficiente. Que con rebajar el tono, con dejar de señalar, con permitir un mínimo de convivencia, ya hemos avanzado bastante. Y sí, algo se avanza, pero no basta. Porque vivir sin ser atacado no es lo mismo que vivir con derechos. Porque tolerar no es lo mismo que reconocer y porque existir sin miedo no debería ser el techo, sino el punto de partida.
Europa tiene ahora la oportunidad y la responsabilidad de ir más allá de ese mínimo; de construir un marco en el que los derechos no dependan del gobierno de turno. En el que no haya que mirar cada elección con incertidumbre. En el que nadie tenga que preguntarse si mañana volverá a ser cuestionado.
A veces hablamos de Europa como si fuera solo un entramado de normas, de equilibrios, de despachos en Bruselas. Pero Europa, en el fondo, es otra cosa. Es la idea sencilla, casi elemental, de que nadie debería sentirse extranjero en su propia vida. De que la dignidad no se negocia. De que hay límites que la política no debería cruzar. Suena básico. Y, sin embargo, hemos visto lo fácil que es olvidarlo.
Hay motivos para mirar lo que ha pasado en Hungría con cierta esperanza. Sería injusto no reconocerlo. Para muchas personas, simplemente bajar la intensidad del conflicto, recuperar un poco de aire, ya es un alivio enorme. Pero, al mismo tiempo, conviene no perder de vista que nada de esto está garantizado.
Hemos visto claramente que los derechos no son irreversibles y que, cuando retroceden, lo hacen deprisa. Por eso, más allá de celebrar el momento, lo que toca ahora es decidir qué hacemos con él.
Si Europa vuelve a conformarse, si vuelve a gestionar en lugar de transformar, si vuelve a posponer las decisiones difíciles, esta oportunidad se cerrará. Y, probablemente, volveremos a encontrarnos en el mismo punto dentro de unos años, en Hungría o en cualquier otro país.
Hungría nos ha puesto frente a un espejo. No solo para ver lo que ha pasado allí, sino para preguntarnos qué tipo de Europa queremos ser. Una que reacciona tarde y a medias.
O una que entiende, de una vez, que los derechos no son un accesorio del proyecto europeo, sino su razón de ser.