En el lado correcto de la vida
Hay momentos en los que la política deja de ser una discusión más o menos áspera entre partidos para convertirse en algo mucho más serio y en los que sientes que lo que está en juego no es solamente quién ocupa el poder durante unos años, sino algo tan básico y sagrado como la vida de miles de personas y la estabilidad de un mundo que ya de por sí parece caminar siempre al borde del sobresalto.
El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán abre una etapa inquietante, una de esas que pueden desencadenar consecuencias que, sin necesidad de ser un experto en geopolítica, nadie es capaz de prever del todo. Basta con tener memoria y una mínima conciencia de lo que significa una guerra en una región ya castigada por décadas de conflictos para justificar una profunda preocupación ante un futuro más que incierto.
La memoria se reactiva porque, lamentablemente, ya tuvimos ocasión de vivir una situación similar hace poco más de veinte años, cuando se construyó todo un relato para convencernos de que invadir Irak era poco menos que una obligación moral. Entonces escuchamos discursos solemnes, informes alarmantes y grandes amenazas que pretendían justificar un ataque ilegal que luego el tiempo terminó desenmascarando.
Todos recordamos cómo terminó aquello. La invasión de Irak no trajo la estabilidad que prometían quienes la defendieron. No eliminó las amenazas que decían combatir. No hizo del mundo un lugar más seguro. Más bien ocurrió lo contrario, se abrió una herida profunda en toda la región, se desató un ciclo de violencia que todavía hoy sigue supurando y el terrorismo yihadista encontró un terreno fértil para extenderse por medio planeta.
En España, además, aquello tuvo un eco especialmente doloroso. El entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, se encastilló en la mentira y decidió apoyar aquella guerra a pesar de que millones de españoles salimos a la calle para decir algo tan sencillo como que aquello no tenía sentido. Que no había pruebas. Que no había legitimidad internacional. Que no se podía construir la paz sobre mentiras. Recuerdo perfectamente aquellas pancartas, aquel clamor colectivo, aquella sensación de que la ciudadanía estaba pidiendo algo elemental: verdad, dignidad y respeto al derecho internacional. Y, sin embargo, la decisión se tomó igualmente.
Poco después, nuestro país sufriría el mayor atentado terrorista de su historia. Nadie puede trazar una línea directa entre una decisión política y una barbaridad terrorista. Sería demasiado simple. Pero lo que sí sabemos es que aquel conflicto contribuyó a incendiar aún más un mundo que ya era inestable. Y las consecuencias de aquel incendio todavía las estamos pagando.
Hoy las mentiras y las justificaciones que está utilizando la extrema derecha internacional para atacar Irán son todavía más burdas. Trump y Netanyahu ni se molestan en disimular. Por eso, la verdad, escuchar ahora a los dirigentes del Partido Popular, con Alberto Núñez Feijóo al frente y al neofascista Santiago Abascal respaldar de nuevo -con una ligereza que da vértigo- los argumentos que se utilizan para justificar otra escalada militar me produce una sensación muy incómoda. Una mezcla de inquietud y déjà vu. Porque el guion suena demasiado familiar. Más aún cuando esos argumentos han sido fabricados y son divulgados por dirigentes como Benjamin Netanyahu, un político perseguido por la justicia internacional -precisamente por sus crímenes de guerra-, y jaleados con entusiasmo por un mentiroso compulsivo como Donald Trump, siempre dispuesto a convertir cualquier conflicto en combustible para alimentar su propia narrativa de poder y engordar su personal cuenta corriente.
Todo eso, sinceramente, vuelve a ponerme los pelos de punta.
Por eso en medio de todo ese ruido, cuando escuchaba la firme declaración del presidente Pedro Sánchez, me preguntaba qué significa realmente el patriotismo.
Yo me considero profundamente patriota. Quiero a mi país. Estoy muy orgulloso de ser riojano y amo profundamente a mi tierra. Y precisamente por eso quiero lo mejor para España. Me importa el lugar que ocupa en el mundo. Me importa la imagen que proyecta. Me importa que cuando nuestro país habla lo haga desde la sensatez, desde la dignidad y desde el respeto a los valores que dicen sostener nuestra democracia.
Por eso, cuando escuché al presidente del Gobierno hablar con serenidad, con claridad y con una defensa firme de la paz y del derecho internacional, sentí algo que hacía tiempo que no sentía con tanta intensidad: la sensación de que España estaba exactamente donde debía estar.
Por eso mismo, pocas veces como en estos momentos me he sentido tan orgulloso del país al que representa mi Gobierno. La intervención del presidente Sánchez no fue un discurso grandilocuente. No hacía falta. Fue, simplemente, la voz de un país que sabe lo que significa el sufrimiento de la violencia y que, precisamente por eso, se resiste a aceptar con ligereza las decisiones que pueden empujar al mundo hacia nuevos conflictos.
Además -y esto me parece importante-, estoy convencido de que esas palabras no representan solo a un Gobierno. Representan el pensamiento mayoritario de una sociedad que ha aprendido, a base de historia y de experiencia, que la guerra casi nunca resuelve lo que promete resolver.
España se mostró ante el mundo como lo que realmente es: un país civilizado, comprometido con los valores democráticos, con la dignidad humana y con el respeto al derecho internacional.
Y debo reconocer que sentí aún más orgullo cuando, con el paso de las horas, otros países empezaron a compartir ese mismo planteamiento. Cuando comprobé que la posición defendida por nuestro presidente no era una extravagancia aislada, sino el inicio de una corriente de sensatez que otros terminaron acompañando.
Porque liderar no siempre significa tener más tanques, más misiles o más poder económico. A veces liderar consiste, sencillamente, en decir lo que es correcto cuando otros prefieren mirar hacia otro lado.
Mientras algunos se envuelven ostentosamente en la bandera de España para alimentar su estrategia política interna, otros defienden los valores que realmente dan dignidad a un país. Y es que el patriotismo, al final, no consiste en gritar más fuerte ni en apropiarse de los símbolos de todos. El patriotismo consiste en actuar con responsabilidad cuando el mundo atraviesa momentos difíciles. Consiste en defender la paz, la estabilidad y la dignidad de tu país incluso cuando eso significa no seguir el ruido de quienes parecen disfrutar con la confrontación permanente.
Por eso, cuando escucho a quienes presumen de patriotismo alinearse dócilmente con decisiones que pueden volver a incendiar el mundo, no siento orgullo. Siento vergüenza.
Y por eso, al escuchar al presidente de mi país defender con firmeza la paz, la vida y el respeto al derecho internacional, he sentido exactamente lo contrario. No creo simplemente que mi Gobierno esté en el lado correcto de la historia, sé que está en el lado correcto de la vida.
Y eso me llena de orgullo.