Madre Tierra

0

“3-en-uno, y todo vuelve a funcionar”. Así se anuncia el aceite mineral más conocido del mercado. Todo un clásico que lubrica mecanismos, elimina los chirridos, limpia el metal y protege contra el óxido y la corrosión. No estaría nada mal que el Día Internacional de la Madre Tierra, que hoy 22 de abril se celebra, dispusiera de un remedio equiparable. Algo capaz de lubricar nuestras decisiones, eliminar viejos hábitos y proteger el planeta que habitamos.

Esta jornada viene siendo promovida por la ONU desde 2009 con un objetivo claro: recordarnos que el bienestar humano depende de nuestra armonía con la Naturaleza. Calentamiento global, contaminación por tierra, mar y aire y pérdida generalizada de biodiversidad forman parte del mismo problema. Un auténtico y colosal “tres en uno” de los desafíos ambientales que exige soluciones integradas.

La ONU lo intenta de esta y otras maneras. Sin embargo, el esfuerzo global no avanza o lo hace con lentitud exasperante e indiferencia manifiesta. País a país seguimos generando desigualdades, déficits democráticos, problemas de redistribución de la riqueza, mermas de derechos humanos, conflictos armados, desequilibrios demográficos y desastres ambientales. Fenómenos distintos pero profundamente conectados, como lo está todo en la Madre Tierra. Desaciertos de tamaño abismal más fáciles de definir que de medir. En situaciones así conviene recordar una idea sencilla atribuida al físico británico Lord Kelvin: “Lo que no se define no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar”. Por eso, si queremos cuidar el planeta, primero necesitamos medir cómo lo estamos tratando.

Y para eso existe un indicador que a mí me gusta: la huella ecológica. Índice que utiliza para su cálculo la superficie de tierra y agua necesarias para generar los recursos que consume un individuo o una población (ciudad, región o país) y absorber los residuos que genera. Se expresa en hectárea globales y ofrece una radiografía bastante acertada de nuestra relación con el planeta. Y la imagen actual que proyecta no es tranquilizadora. Los humanos consumimos recursos como si dispusiéramos de 1,75 planetas Tierra. En otras palabras, estamos agotando el capital natural en lugar de vivir de los muchos intereses que genera.

Pero, como ya sabes, no todos en la Madre Tierra consumimos lo mismo ni de la misma manera. En los primeros puestos del ranking mundial del despilfarro planetario se encuentran Qatar, Luxemburgo, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Kuwait, Estados Unidos, Canadá, Australia, Dinamarca, Bélgica, Singapur o Corea del Sur. Si toda la humanidad derrochara como ellos, necesitaríamos entre cuatro y ocho madres Tierra adicionales. Su huella ecológica por persona es descomunal y gastan naturaleza como si fuera confeti. Alemania aparece también en la parte alta. Francia no se queda muy atrás. Italia y España ocupan posiciones intermedias.

Nuestra huella ronda las cuatro hectáreas globales por persona. Es menos que en el norte industrial. Pero consumimos muy por encima de lo sostenible. La Madre Tierra dispone de unas 1,6 hectáreas productivas por habitante. Todo lo que supera esta cifra está en déficit ecológico. En el mundo entramos en ese débito en los años 70, cuando nos dio por consumir masivamente todo tipo de productos de “usar y tirar”, se consolidó la “obsolescencia programada” de las máquinas y practicamos el turismo masivo hasta los lugares más recónditos.

Por el contrario, la mayoría de los países africanos y varios asiáticos se encuentran con la menor huella ecológica per cápita. La huella ecológica revela así una contradicción incómoda: el bienestar material suele venir acompañado de mayor presión sobre la biosfera. Sin embargo, también señala caminos para reducirla. Los países con mayor huella deben reducir consumo y emisiones. Los países con menor huella deben desarrollarse usando tecnologías sostenibles desde el inicio. Energías renovables, descarbonización, transferencia tecnológica limpia a países en desarrollo, economía circular, consumo responsable, restauración de ecosistemas, agricultura regenerativa, urbanismo eficiente, movilidad sostenible y educación ambiental forman parte de las soluciones y podrían aplicarse ya. El problema es la escala del desafío.

Ocho mil millones de personas aspiran a vivir mejor. Y con razón. La cuestión es cómo hacerlo sin necesitar tres o más planetas. La ciencia tiene algunas respuestas. La política (con permiso de los imperios tecnológicos y de inversión) decide si se aplican. El tiempo ecológico, mientras tanto, sigue corriendo. Y el planeta, de momento, no dispone de repuesto. La Madre Tierra ya no tiene un auténtico “tres en uno” capaz de arreglarnos tanto y tan continuado estropicio humano.