Solo, sin tilde
España ha aprobado la primera estrategia estatal para prevenir y combatir la soledad no deseada, “uno de los fenómenos sociales de mayor relevancia” ya que una de cada cinco personas se siente sola en España. En una época en que la comunicación masiva nos ofrece posibilidades de relacionarnos impensables hace tan solo unos años, la sensación de soledad ha crecido exponencialmente entre la ciudadanía. Casi la mitad de la población se ha sentido sola en algún momento y el 64 % de las personas mayores reconocen experimentar en alguna medida sentimientos de soledad no deseada. No se trata solo de que no tengamos tiempo para cuidar de nuestros mayores, sino de que no hacerlo evidencia nuestra incapacidad para cuidarnos porque vivimos con la autosuficiencia de quienes parecen creerse inmortales, una actitud de inconsciente soberbia de la que se nutren, precisamente, el olvido y la soledad.
Pero la soledad no es solo un asunto de personas mayores ya que el porcentaje de adolescentes que dicen sentirse solos y que reconocen que les cuesta relacionarse ha aumentado significativamente en la última década. La soledad tiene que ver también con no sentirse parte de un proyecto, de un mismo ser social y, en este sentido, existe una relación transitiva entre la crispación política, la soledad y la extrema derecha que manipula las emociones mediante el poder del miedo y de las soluciones simples. Sin olvidar la propia responsabilidad del ciudadano, muchas organizaciones usan el odio como lenitivo porque ese odio parece aliviar la soledad y da la sensación de cierta autoestima, como ya nos advirtió la filósofa Hannah Arendt.
Existe una industria del aislamiento social porque a los gastos causados por la soledad se les opone un negocio multimillonario. Como más de mil millones de personas en todo el mundo experimentan soledad las cifras están creciendo y se calcula que la soledad es un mercado enorme que podría superar los 500.000 millones de dólares en el año 2030. En ese mercado aparecen los robots sociales para personas mayores, las amistades generadas por Inteligencia Artifical, las aplicaciones de citas, las empresas que alquilan amigos las clínicas digitales de salud mental, o el negocio de los fármacos. La supuesta hiperconectividad nos desconecta y hace que la soledad aumente porque cada vez más personas afirman sentirse aisladas incluso estando rodeadas de otros.
Como parece que no podemos hacer nada con este capitalismo visceral, él hace lo que quiere con nosotros: transforma la vida y la muerte en un negocio como ha demostrado la reciente guerra de Irán. Aquello de que si algo es gratis es que el precio eres tú se hace más evidente ahora que los valores son los de la bolsa y la verdad tan solo un periódico de Murcia. Incluso la expresión soledad no deseada suaviza esa soledad que nos ha deseado por causas ajenas a nosotros: la enfermedad, el trabajo, las relaciones personales, en definitiva, las bofetadas de la vida que casualmente acostumbran a impactar con más fuerza en la cara de los más desfavorecidos.
Frente a los mercaderes de la salud mental, tenemos suficiente capacidad para pensar juntos sin pensar lo mismo, colaborar juntos sin hacer lo mismo y saber que no existe beneficio propio si no hay beneficio colectivo. El proyecto social común es el que sujeta nuestro desarrollo individual que se construye a base de elementos tan abundantes como las palabras y las caricias, la solidaridad y la empatía desde la innata capacidad que los seres humanos tenemos para conmovernos.
Al adverbio «solo» le hemos quitado hasta la tilde diacrítica porque ya no nos interesa el matiz crítico, quizás porque nos dedicamos a acentuar bagatelas que más que con la gramática tienen que ver con la “egoística”. Olvidamos poner el signo ortográfico en el ser humano que está al lado. Tan solo preocupados por nuestro atildado exhibicionismo huimos de las palabras que nos unen, prisioneros de las tildes que nos separan. Si la soledad es el lienzo en blanco del corazón, nos sobran pinceles y colores y nos falta poner el dibujo en la ternura. En el caso de la soledad, como en el amor, falta sobra y sobra falta. Solo eso. Sin tilde.