España presume de potencia avícola pero sus gallinas autóctonas se apagan y una azul resiste en Extremadura
La selección de animales en granjas modernas favorece ejemplares que crecen rápido y ponen más huevos en menos tiempo. España es una potencia avícola porque produce enormes volúmenes de carne y huevos, apoyada en sistemas industriales que buscan rendimiento y uniformidad.
Ese modelo ha ido apartando a razas que no encajan en esa idea, aunque durante décadas formaron parte de la vida rural. La presión por producir más ha cambiado qué animales se crían y cuáles desaparecen, y ahí aparece una pregunta que exige mirar casos concretos.
La gallina extremeña azul sigue en una situación delicada
Esa forma de producir explica por qué una raza concreta como la gallina extremeña azul sigue en riesgo pese a los intentos por recuperarla. Esta estirpe apenas reúne unos 2.000 ejemplares y su situación no ha cambiado lo suficiente desde que en 1991 se localizaron los últimos núcleos en cinco pueblos.
El problema no se limita al número de aves, sino a su capacidad para mantenerse en un sistema que no está diseñado para ellas. Sin un uso económico estable, la recuperación se queda a medio camino.
La expansión de la avicultura industrial desde mediados del siglo XX desplazó a muchas razas locales. Las explotaciones pasaron a centrarse en híbridos seleccionados para producir carne o huevos de forma intensiva, lo que dejó fuera a animales con otros ritmos y características.
Ese cambio no fue puntual, sino continuo, y terminó por arrinconar a variedades que antes eran habituales en cortijos y pequeñas fincas. El sistema, por lo tanto, favorece la especialización y penaliza cualquier modelo que no se ajuste a esa idea productiva.
Los programas de conservación no aseguran el futuro
En ese contexto, la gallina extremeña azul, que no es que tenga ese color como tal sino que es más bien grisácea, se ha convertido en una excepción dentro del país. Su censo ronda unos pocos miles de ejemplares y se concentra casi por completo en Extremadura, sobre todo en Badajoz, con pequeños focos en Cáceres.
Tal y como recoge Xataka, la Asociación de Criadores de la Gallina Extremeña Azul agrupa 23 ganaderías, aunque muchas personas la crían solo para consumo propio o como afición. Esa presencia limitada explica por qué se la considera una de las gallinas más escasas de España.
El esfuerzo por recuperarla ha permitido mejorar la situación respecto a los años 90, pero no ha resuelto el problema de fondo. Existen programas de cría, registros genealógicos y apoyo institucional, pero la raza no ha conseguido dar el salto a una producción que permita vivir de ella.
Incluso con herramientas como bancos de germoplasma o el sello de raza autóctona, su presencia sigue siendo frágil. La mejora ha sido real, aunque insuficiente para garantizar su continuidad.
La pérdida de diversidad afecta a la mayoría de razas
El caso no es aislado dentro del país. En España hay 21 razas avícolas en peligro de extinción, lo que supone el 95,4% de las registradas. Si se amplía la mirada a todas las razas ganaderas autóctonas, el porcentaje en riesgo alcanza el 84%. Estos datos muestran un patrón claro en el que la diversidad genética retrocede mientras crecen los sistemas intensivos. El problema no está en la falta de producción, sino en el tipo de producción que domina.
La cuestión es qué modelo territorial se quiere para zonas rurales y qué valor se da al patrimonio genético acumulado durante generaciones. Mantener una raza implica integrarla en una actividad real, no solo conservarla en registros o proyectos puntuales. Sin una forma de vida ligada a ella, la gallina extremeña azul sigue dependiendo de esfuerzos dispersos que no aseguran su futuro a largo plazo.
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