Las mantarrayas se enfrentan a un fenómeno extraño que los científicos todavía no consiguen explicar: las rémoras llegan a introducirse por la zona anal
Una ventosa pegada a la piel permitió a las rémoras recorrer océanos enteros junto a animales mucho mayores. Estos peces alargados pertenecen a la familia Echeneidae y pasan gran parte de su vida adheridos a tiburones, ballenas, delfines o rayas para desplazarse sin gastar tanta energía.
La estructura circular que llevan sobre la cabeza funciona como un disco de succión capaz de fijarse al cuerpo de otros animales marinos incluso mientras nadan a gran velocidad. Esa relación les facilita encontrar restos de comida y pequeños parásitos sobre la piel de sus anfitriones. También les ofrece protección frente a depredadores y acceso a rutas de alimentación difíciles de seguir por sí solas.
Un estudio cambió la visión sobre las mantarrayas
La presencia de las rémoras se interpretó durante años como una convivencia útil o neutra para el animal que las transporta. Un estudio publicado en la revista Ecology and Evolution cambió parte de esa visión tras documentar varios casos de rémoras entrando en aberturas internas de mantarrayas. El trabajo reunió grabaciones, fotografías y registros obtenidos entre 2010 y 2025 en Florida, Mozambique y Maldivas.
Según Live Science, los investigadores detectaron siete episodios de “inmersión cloacal” y otro caso en el que una rémora apareció alojada dentro de una abertura branquial. Las imágenes mostraban desde colas sobresaliendo parcialmente hasta peces ocultos casi por completo dentro del cuerpo de las rayas.
Los científicos creen que algunas rémoras podrían usar esas cavidades como refugio ante amenazas cercanas. Una de las grabaciones analizadas mostraba a un buceador aproximándose por detrás a una mantarraya adulta mientras una rémora nadaba cerca de la zona pélvica.
Emily Yeager, ecóloga marina de la Universidad de Miami, explicó a CBC que el pez “saltó directamente hacia la abertura cloacal de la mantarraya”. Después de ese movimiento, el animal “tembló con bastante violencia antes de seguir nadando”, añadió la investigadora. Los autores sospechan que el pez reaccionó al percibir peligro y buscó protección en el interior del cuerpo de la raya.
Los equipos reunieron miles de imágenes submarinas prolongadas
La investigación reunió miles de observaciones obtenidas por la Marine Megafauna Foundation y la organización Manta Trust durante programas prolongados de seguimiento. Los equipos utilizaron drones, inmersiones con escafandra, fotografía submarina y reconocimiento por patrones de manchas para identificar individuos concretos y revisar su estado físico.
Entre ese enorme archivo aparecieron varias imágenes extrañas que apenas dejaban ver la punta de la cola de las rémoras. Los casos detectados se repartían además entre las tres especies conocidas de mantarraya y afectaban tanto a ejemplares jóvenes como adultos.
Los investigadores consideran que el comportamiento podría ser más frecuente de lo que indican los registros. Muchas veces el pez queda oculto casi por completo y resulta difícil detectarlo durante una inmersión rápida. El estudio también señala que las mantarrayas y las rémoras son animales muy móviles, un detalle que complica observar interacciones prolongadas bajo el agua. Por lo tanto, podría haber muchas más ocultas en el cuerpo de estos animales temporalmente que nunca se verán.
Los autores escribieron que las observaciones aparecieron “en los océanos Atlántico e Índico y en las tres especies de mantarraya descritas actualmente”. Esa distribución tan amplia llamó la atención de los científicos porque sugiere una conducta extendida en distintos entornos marinos.
Los científicos creen que la conducta podría repetirse mucho
Hasta ahora, la relación entre estos peces y sus anfitriones se describía muchas veces como beneficiosa. Las rémoras consumen restos de alimento y pequeños organismos adheridos a la piel de animales enormes, algo que podía favorecer la limpieza del cuerpo. Sin embargo, varios trabajos recientes empezaron a señalar problemas derivados de esa convivencia.
Algunas investigaciones mostraron que una acumulación elevada de rémoras aumenta la resistencia al agua y obliga al animal anfitrión a gastar más energía durante el desplazamiento. Otras observaron que estos peces buscan zonas donde la corriente ofrece menor oposición para viajar con menos esfuerzo.
Las dudas crecieron todavía más al comprobar que ciertas rémoras podían introducirse en partes sensibles del cuerpo. La cloaca cumple funciones relacionadas con la reproducción, la expulsión de residuos y, en las hembras, el parto. Los autores del estudio advirtieron de que un pez alojado durante mucho tiempo en esa abertura “podría dificultar el apareamiento, el nacimiento de crías vivas o la defecación”.
El equipo también encontró una rémora incrustada en la estructura branquial de una mantarraya herida y observó marcas alrededor de las branquias en otros ejemplares. Brooke Flammang, bióloga del New Jersey Institute of Technology, declaró a CBC que una ventosa aplicada sobre una zona tan sensible “podría causar daños muy graves e influir en la reproducción y la expulsión de residuos con el paso del tiempo”.
David Shiffman, biólogo marino consultado por Live Science, resumió su reacción con una frase clara: “Me produjo una mezcla de asombro y horror”. Aun así, los investigadores insisten en que las rémoras no dañan siempre a los animales que las transportan. Muchos casos siguen encajando con una relación útil o neutra para las mantarrayas.
El estudio tampoco ha podido determinar con qué frecuencia ocurre esta conducta ni si deja lesiones permanentes. Esa incertidumbre mantiene abiertas varias preguntas sobre una convivencia marina que parecía mucho más simple de lo que indicaban las primeras observaciones científicas.
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