Utopía 39. Amén

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Ya se habrán dado cuenta que uno de los negocios que más se abren en Logroño últimamente es el de los salones de manicura y pedicura. También habrán advertido que los carteles anunciadores de esos establecimientos destacan por sus colores vivos: rosa fucsia, principalmente. No tengo nada en contra de quienes inician un negocio en Logroño. Si me dan a elegir, me quedo con los salones de manicura y pedicura de los chinos, antes que los locales de juego que también tenemos en un buen número y que cuando mantienen abierta la puerta de la calle, muestran un local oscuro, una barra para el consumo de los clientes, supongo que en su mayoría de bebidas alcohólicas y unas luces de neón que inducen a la precaución, a la inseguridad, al no saber que puede haber al otro lado de “la boca del lobo”.

Esos establecimientos de juego son de la misma cadena, lo que quiere decir que alguna empresa se está forrando, a costa de la ludopatía de quienes están enganchados a esa droga dañina que acaba con el bienestar económico y emocional de individuos y de familias enteras, incluyendo los niños que puedan pertenecer a las mismas y que ven y oyen como el juego destroza a sus padres. 

Ahora, ya me he acostumbrado a ver los carteles de esos establecimientos en calles tan céntricas como la Gran Vía, Portales, Pérez Galdós… El local en que se han instalado fue, en otro tiempo, un comercio de aquel Logroño que presumía de buenas y bonitas tiendas.

En estos tiempos de turbulencias me llama la atención ese fucsia que rechina en la calle Muro de Cervantes, enfrente de nuestro más preciado instituto de Secundaria y Bachillerato. El día que pasé por allí y lo vi pensé: ¿Por qué el ayuntamiento permite este tipo de cartelería en una calle cuyos edificios, todavía conservan el sabor de la historia de la ciudad? La misma pregunta me hice pocos días después cuando en la calle Daniel Trevijano comprobé que había otro cartel igual, anunciando el mismo tipo de negocio. Seguro que hay más en otras calles , y por supuesto que hay más establecimientos cuyos escaparates y cartelería en general espantan a un importante número de logroñeses.

Ya que me he enredado con este asunto del Logroño hortera, tengo que citar también ese espacio que han abierto recientemente en la Calle Siervas de Jesús y que desde al anochecer exhibe sus espantosas luces amarillas. Se llama Gula, la gente hace fila para entrar y comprar comida, ese tipo de “comida basura” que contribuye a incrementar el número de diabéticos y a que los comensales, muchos niños y jóvenes, entre ellos, aumenten los índices de colesterol desde tan temprana edad. 

En otras ciudades, hay normativas municipales conservadoras, en el sentido de procurar para que las calles mantengan su esencia. En la mía, en Logroño, apunto estuve de gritar cuando el pasado día 21, mientras esperaba para cruzar la Gran Vía desde los soportales y hacia la calle Chile, me deslumbró otro amarillo hortera de una tienda de “chuches”: “El Rincón” , otra cadena comercial que en su momento destrozó la esquina de Vara de Rey, con Calvo Sotelo, en pleno Espolón, y por lo visto está dispuesta a extender el mal gusto a otros puntos de este Logroño deprimente. Cómo es lógico, me acostumbraré y ni siquiera me acordaré del Ayuntamiento. No merece la pena.

Ya lo dijo el profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Pablo Simón, cuando ese mismo sábado 21 de marzo, en una extraordinaria conferencia sobre “La filosofía de la política en democracia” dijo: “Nos creemos que, con votar cada cuatro años, ya hemos cumplido y no es así. La democracia es participación. Participación continua en asociaciones, sindicatos, partidos políticos, colegios profesionales, clubes deportivos...”

Nos hemos acostumbrado a no participar y es tan grande nuestra desilusión y desapego que ni siquiera nos vamos a poner el cinturón de seguridad en esta época de turbulencias geopolíticas. Menos mal que el dios de Donald Trump y el yhavé de Netanyahu nos librarán de sus misiles, porque Logroño es tan pequeño que no se ve en sus mapas. Amén.