Cuando el 15M llevó la huelga general a las calles de todos los barrios de Madrid en 2012

El mes de octubre ha finalizado y las llamadas a formar comités unitarios en los centros de trabajo y en los barrios para la próxima huelga por la vivienda, convocada el 11 de noviembre, empiezan a llenar grupos de chat y muros en las redes sociales. Ya se han llevado a cabo asambleas y quedadas para hacer pancartas en distintos barrios, como el Barrio del Pilar u Hortaleza, entre otros. Son muchas más las que vienen en camino.

Si la irrupción de la acampada por la vivienda de Sol llevó a todo el mundo a hacer símiles apresurados con el 15-M, las fechas siguientes se han ocupado en dejar claro que el parecido de ambos movimientos es más morfológico que político. Ahora media un objetivo claro –el mercado de la vivienda– y aparecen las siglas de distintas organizaciones sindicales y políticas, lo que haría brotar sarpullidos en los protagonistas de la acampada de hace quince años.

Sin embargo, el movimiento 15-M de casi un año después de las acampadas tuvo su propia experiencia con la huelga general y, como ahora, la organización en los barrios fue central para dinamizar una jornada que fue más visible en las calles gracias a su participación.

La huelga del 29-M , cuyo lema fue Quieren acabar con todo, con los derechos laborales y sociales, protestaba contra la reforma laboral aprobada por el ejecutivo de Mariano Rayoy. El Real Decreto-ley 3/2012 de medidas urgentes para la reforma del mercado laboral facilitaba abaratar y flexibilizar los despidos, facilitar los expedientes de regulación de empleo (ERE) e imponer la prioridad legal de los convenios de empresa sobre los sectoriales.

Si miramos con un poco de distancia, debemos situarla junto con la que los sindicatos le hicieron al gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero por su propia reforma del mercado de trabajo el 29 de septiembre de 2010. La siguiente se celebraría el 14 de noviembre de 2012 a nivel europeo. Todas hay que entenderlas dentro de las consecuencias de la crisis de 2008 y las medias de ajuste presupuestario –la famosa austeridad, que algunos llamaron austericidio– provenientes de la Toika.

La huelga del 29-M llegó en un momento álgido del ciclo de movilizaciones nacido con el 15-M, contó con el apoyo y la participación decidida de las asambleas de barrio, así como de las estructuras transversales del movimiento. Las asambleas del 15-M en Madrid organizaron piquetes informativos los días antes de la huelga y piquetes de huelga el propio día de la protesta, haciendo que el paro fuera más visible en los barrios de lo que había sido, por ejemplo, la huelga general de 2010.

La retórica del tomar las plazas se extendió al conflicto laboral –toma la huelga– y comenzó una alineación más cercana a los sindicatos combativos de clases (CGT, CNT, etc) frente a las centrales mayoritarias. El no nos representan quincemayista incluía, junto con los partidos políticos, a los grandes sindicatos, por lo que la participación en la huelga no estuvo exenta de fricciones, titubeos y la intención de desmarcarse de sus compañeros de viaje durante la jornada.

Sin embargo, la participación se llevó a cabo con determinación. “Cada asamblea de barrio, pueblo y de forma prioritaria cada asamblea de trabajadores, ha de formar su propio programa de lucha. Confluir o coordinarse entre todos los colectivos afines y mostrar su presencia en la calle desde el primer minuto”, se podía leer en el manifiesto elaborado por el Grupo de Trabajo para la huelga general, aprobado en asamblea en la Puerta del Sol.

Para organizar la huelga, se puieron en pie una plataforma estatal y otra de coordinación madrileña bajo el lema #Tomalahuelga. Esta red descentralizada operó como espacio de encuentro entre las asambleas populares de barrio del 15M, organizaciones estudiantiles como Juventud Sin Futuro y el sindicalismo alternativo y libertario (CGT, CNT, SO).

Otro de los vectores que hizo fortuna durante aquellos días fue la llamada a la huelga de consumo, proclamada junto a FACUA. La idea era paralizar el consumo, visibilizar el trabajo reproductivo no pagado e interrumpir la normalidad en los barrios. Es decir, llevar la lógica de la irrupción de la masa organizada que enhebraba el movimiento a todos los rincones del capitalismo financiero existente y su cotidianidad.

Las reuniones preparatorias se produjeron en espacios que habían surgido en el contexto del 15M. El 27 de marzo se organizó una reunión en Eko Carabanchel –espacio okupado por la asamblea del 15M en el distrito–. Una asamblea general de trabajadores y el 15M convocada desde la mesa unitaria formada por los grupos de trabajo de Economía,  Huelga General, Asamblea de Desempleadas, y Política a Largo Plazo de Acampada Sol por un lado. Más representantes de distintos movimientos sociales y los sindicatos CNT, Solidaridad Obrera y CGT. Días antes, la plataforma Toma la huelga se había reunido en el Patio Maravillas, centro social okupado de Malasaña muy implicado también con el movimiento.

Entre las muchas acciones informativas articuladas por las asambleas de barrio durante los días previos a la huelga encontramos piquetes informativos en mercados municipales o en las plazas de los barrios donde se celebraban las asambleas, como la Plaza de Oporto (Carabanchel), la Plaza del Dos de Mayo (Malasaña) o la conocida como Plaza de las palomas (Tetuán), entre muchas otras.

Durante la madrugada del 29, los piquetes sindicales acudieron a parar los medios de transporte o a Mercamadrid. Los piquetes del 15M se volcaron en los barrios, visitando comercios y supermercados. Hubo piquetes en los mercados de abastos de Lucero, la Asamblea por la Huelga por la Huelga General de Vallekas organizó acciones en el bulevar o en las inmediaciones de la Asamblea de Madrid y, en definitiva, los piquetes de las asambleas fueron visibles en toda la ciudad.

Para hacerlo posible, se establecieron centros logísticos para los piquetes (por ejemplo, el EKO de Carabanchel) y se organizaron comidas populares en plazas, como la que tuvo lugar en la del Canal de Isabel II (de las Palomas), a orillas de Bravo Murillo.

La afición a la performance del movimiento, que tanto irritaba a otros sectores de la movilización social, también hizo acto de presencia con la convocatoria de una simbólica siesta colectiva en la Puerta del Sol a la cuatro de la tarde, que sirvió también para concentrar fuerzas y efectivos.

En la manifestación de la tarde, la participación diferenciada del 15-M en la huelga tomó la forma de bloque crítico, que sumaba a las reformas laborales la reclamación de impago pago de la deuda financiera privada y la protesta por los recortes en los servicios públicos esenciales, dos de los debates que –Grecia y las mareas mediante– estaban sobre el tapete de la movilización social del momento.

La manifestación alternativa, legalizada por los sindicatos libertarios, quedó en la Plaza de la Beata María Ana de Jesús mientras que la oficial salió de Neptuno. Terminó en la Puerta del Sol pero el movimiento 15-M, miembros de los sindicatos no mayoritarios y movimientos sociales permanecieron al final de la misma, convirtiendo el recorrido en una asamblea después del habitual mitin de CCOO y UGT.

Las manifestaciones pudieron acabar en la Puerta del Sol pese a las reticencias de la delegada del gobierno, Cristina Cifuentes, que intentó impedirlo por considerarlo peligroso. Tuvo que recular después de que se pronunciara al respecto el Tribunal Superior de Justicia de Madrid.

Más allá del baile de cifras entre partes y el habitual desequilibrio entre sectores industriales, hay consenso en que la del 29-M fue una huelga con un seguimiento importante. El consumo eléctrico experimentó una caída del 14,6% respecto a la demanda prevista, superando el 12,3% registrado en la anterior huelga general de septiembre de 2010 y alcanzando picos de más del 20%. La movilización en la calle fue muy notable también.

La huelga se saldó también con unos cuarenta detenidos en la Comunidad de Madrid, la necesaria asistencia de los abogados de la Comisión de Legal Sol a distintos detenidos en la Comisaría de Moratalaz y hasta con la mediática detención del actor Guillermo Toledo –cuya causa fue archivada posteriormente– por participar en un piquete de huelga en el barrio de Lavapiés.

Aquel día, el 15-M había sido un actor protagonista, sin dejar de enarbolar sus lemas, en uno de los ritos de paso de la clase trabajadora. No sería la última vez, el 11 de julio de 2012 se volcaría en la marcha nocturna para dar la bienvenida a los mineros llegados a Madrid al son del Santa Bárbara bendita y bajo la luz de las antorchas.

Lo aires de huelga general volvieron a la calle el 14-N, la primera de carácter ibérico y europeo convocada conjuntamente contra las políticas de austeridad y recortes de la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Aunque el éxito de coordinación fue un hito en la historia reciente del sindicalismo y las manifestaciones de apoyo fueron masivas, probablemente la huelga inició el descenso de un periodo de movilización social que, de todas formas, aún se prolongaría un par de años antes de entrar de lleno en un escenario político que se jugaba en las urnas y con las armas de la comunicación política.

En todo caso, aquel 29 de marzo, en que unos dicen que la huelga fue un éxito y otros que no tuvo ninguna incidencia, lo que es seguro es que en las calles más alejadas del centro y de las grandes industrias se vivió más de lo habitual gracias a la organización del movimiento en los barrios.