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Lo que queda del empeño de la Segunda República por llevar casas de baños y piscinas a los barrios obreros de Madrid

Luis de la Cruz

Madrid —
26 de julio de 2026 23:01 h

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Bañarse para asearse y bañarse por ocio, dos historias entrelazadas que llegan hasta nuestros días. Distintos baños públicos y privados habían surgido en la ciudad de Madrid, sobre todo, desde el siglo XVIII. Estos baños, que tomaban el relevo de los que los madrileños habían tomado en el cauce del Manzanares, tenían una vocación terapéutica y evolucionaron en las primeras piscinas de la capital, como El Niágara, situada en la Cuesta de San Vicente. Pero una cosa era disfrutar de los beneficios relajantes de las aguas, y otra muy distinta lavarse.

Durante los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera y los primeros de la Segunda República, el Ayuntamiento de Madrid se tomó en serio la misión higienizadora de construir casas de baño en los barrios populares y obreros en crecimiento. Sin embargo, después del primer impulso, la misión quedó a medias, como veremos, e incluso algunas de las que se proyectaron, como la del barrio del Pacífico, no llegaron a ver la luz.

El 11 de abril de 1928 se abrió la nueva casa de baños de la glorieta de Embajadores, que la prensa saludaba –por boca del alcalde– como una casa de baños “para los humildes”. El emplazamiento, en el popular barrio de Lavapiés, no era casual

Las tarifas públicas eran las siguientes: baño con jabón líquido 0,50 pesetas (con toalla grande, 0,75). La ducha era un poco más económica y costaba la mitad (0,50 con la toalla). Alquilar la famosa toalla grande suelta suponía media peseta y si, en cambio, se optaba por la pequeña solamente 0,25. Lo detallaban en el diario La Libertad, donde admitían que los precios no eran excesivos, pero pedían un esfuerzo municipal para convertir el servicio en gratuito y llegar así a más gente.

“El Ayuntamiento debe desear que en cada familia se laven el cuerpo el mayor número de personas, y figúrese el señor Aristazábal que a un matrimonio con tres o cuatro hijos se le ocurre ser pulcro una vez a la semana; pues se le van en agua dos o tres duritos al mes”, decía la cabecera el 3 de abril de aquel año.

Los consistorios republicanos decidieron insistir en este tipo de política pública. En 1932 se decidió ampliar la casa de baños de Embajadores, añadiéndole un segundo piso y sumando 17 nuevos baños y siete duchas a los que ya tenía.

La casa de baños original de Embajadores fue demolida en 2002 y en su lugar se levantó la que actualmente funciona en el número 5 de la glorieta, a pesar de que en un primer momento se había hablado de rehabilitación.

Si la primera de las casas de baños se había proyectado en el área de expansión de los antiguos barrios bajos de la ciudad, en el Portillo de Embajadores, para la segunda ubicación se eligió el barrio de los Cuatro Caminos, uno de los más populosos del nuevo extrarradio obrero. La casa de baños estaría en el solar que había a la altura del número 115 de la calle de Bravo Murillo, la arteria principal de la barriada, y tendría una sola planta.

El edificio es obra del arquitecto municipal Gabriel Pradal, de militancia socialista, que dejó mucha huella en la barriada, como los hotelitos de la Colonia Ciudad Jardín Norte, impulsada por los afiliados al Círculo Socialista de Cuatro Caminos en la calle de Goiri.

La inauguración de la casa de baños de la calle Bravo Murillo se anunció para el aniversario de la Primera República (el 11 de febrero) y, como no llegaron a tiempo, se trasladó la fecha al 14 de abril, pero tampoco se pudo cumplir ese plazo pese a estar las obras terminadas. “¿Quiere el Ayuntamiento de Madrid cumplir con el vecindario o quiere que este año, como el pasado, tengamos que ir hasta el Manzanares para bañarnos teniendo un edificio terminado?”, se preguntaba Adolfo Alonso en el periódico La Libertad del 4 de junio de 1933. La casa de baños seguía sin inaugurarse en 1934, lo que motivó nuevas quejas en la misma cabecera, como la que se podía leer el 5 de junio de ese año, que terminaba diciendo:

“Menos mal que la casa de baños de la calle de Bravo Murillo, que se terminó hace dos años, no es completamente inútil. Hasta ahora sirve para que los muchachos del barrio utilicen la fachada para sus desahogos políticos y de los otros”.

Debió inaugurarse en los siguientes meses, aunque su funcionamiento no tardó en verse interrumpido por obras, pues en una nota del 7 de diciembre de 1935 el periódico advertía de que un cartel de suspensión del servicio llevaba demasiado tiempo colgado de su puerta.

Aunque las inauguraciones previstas no habían llegado a tiempo, el hecho de haberlas fijado en efemérides señaladas de la República demuestra que, igual que sucedía con los centros escolares, las autoridades consideraban las infraestructuras sociales como parte orgánica del espíritu del régimen.

La casa de baños de la calle de Bravo Murillo sigue en pie y funcionando integrada en un nuevo edificio con el que comparte otros servicios municipales. A mediados de los años ochenta el servicio vivió una larga temporada de paralización y a punto estuvo de cerrarse el grifo definitivamente, a pesar de que en aquel momento aún existían edificios en la barriada con baños compartidos. La lucha de la Asociación Vecinal Cuatro Caminos-Tetuán lo impidió. Entre los años 2010 y 2011 se integró la antigua fachada en un edificio nuevo que dedica la planta baja a los baños.

Aunque la instalación de casas de baños municipales obedecía a razones mucho menos ligadas al ocio, la construcción de estas coincidió con la extensión de los bañadores en las riveras del Manzanares o el Jarama y con la inauguración de piscinas, como mencionábamos al principio.

En este sentido, el proyecto de la casa de baños del barrio de La Guindalera en la Avenida de los Toreros (entonces Julián Marín) supuso un intento de mezclar las necesidades higiénicas y de ocio. Se proyectó con dos piscinas, una para hombres y otra para mujeres, que costaban aproximadamente la mitad que las piscinas privadas que empezaban a proliferar en Madrid.

El autor de esta casa de baños fue José de Lorite, arquitecto municipal desde 1919 y hombre central en el Plan General de 1931. Uno de los sellos de calidad que imprimió al diseño fue la piscina, iluminada por un lucernario de baldosas de cristal con hormigón armado y vidrieras artísticas, que desaparecieron durante las reformas que se llevaron a cabo en la posguerra.

La casa de baños, que contaba con 16 bañeras, 10 duchas y 22 lavabos, estaba terminada en diciembre de 1932, pero diversos avatares retrasaron su apertura, como había sucedido con la de Cuatro Caminos. Las obras no se atuvieron a las condiciones de los pliegos, el contratista utilizó materiales de mala calidad e incurrió en un exceso de gastos en su construcción, según denunciaba la prensa de diferente signo político en distintos momentos de los años 1933 y 1934. A comienzos de 1935 se decidió liquidar las obras con el contratista y abrió al público el mes de julio.

A pesar de todo, el diario conservador El Debate denunciaba el 11 de septiembre de 1935 que las piscinas permanecieron vacías todo el verano “por la razón inverosímil de no haber un vigilante o bañero que sepa nadar”.

La casa de baños dejó de funcionar en 1977 y el edificio estuvo al borde de la demolición, pero se salvó gracias a su reconversión en centro cultural. Fue reformado por el arquitecto municipal Salvador Pérez Arroyo en 1982 y convertido en el Centro Cultural de Buenavista, que tiene en su interior una biblioteca municipal que desde 2020 se llama David Gistau en honor al periodista. La biblioteca y el salón de actos se sitúan en las antiguas piscinas.

Aquellas casas de baños, de las que aún quedan dos abiertas, tuvieron un papel importante hasta bien entrada la democracia y aún hoy son utilizadas por muchas personas sin hogar. Los edificios que se conservan también quedan como ejemplos de infraestructuras con el poder de intervenir decisivamente en la calidad de vida de los vecinos que fueron llevados a cabo por arquitectos municipales.