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España se encuentra a sí misma frente a Austria y espera a Portugal o Croacia

2 de julio de 2026 23:42 h

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En el último minuto del partido que trajo a Austria hasta aquí se vivió una anomalía en el estadio: las dos aficiones celebraron un gol a la vez. Los austriacos, porque con él lograban la clasificación para la siguiente ronda (de la que estaban apeados matemáticamente unos segundos antes). Los argelinos, dado que iban a pasar igual, festejaban evitar a España y medirse a Suiza en la siguiente eliminatoria a costa de caer un peldaño en la clasificación. Pese a la rareza de la alegría compartida en las dos gradas no caben sospechas de pasteleo. Si ambas selecciones hubieran acordado un empate, Argelia no habría marcado en el minuto 92 ni celebrado la victoria antes de tiempo. No había posibilidad de amaño porque ambas selecciones mantenían cuentas pendientes desde hace más de 40 años.

Sucedió en el Mundial de España 82, en el Molinón, el estadio del Sporting de Gijón. Argelia y Austria se estaban disputando una plaza en la siguiente ronda y los austriacos todavía tenían que jugar contra Alemania Federal. Si ganaba Alemania por uno o dos goles de diferencia, pasaban los dos equipos. Sucedió lo previsible: Alemania se adelantó en el marcador y a partir de ahí no hubo más partido. Un pacto de no agresión entre ambas selecciones que algunos aficionados asturianos protestaron agitando billetes al aire para denunciar que el partido estaba comprado. Así que no, el empate de Argelia y Austria no fue un “biscotto” sino fruto del juego y del azar de los mundiales. Y eso es compatible con que ambas aficiones acabaran satisfechas, o al menos aliviadas, el pasado domingo en Kansas City, Austria por pasar, in extremis; Argelia por librarse de España en los cruces.

A pesar del accidente contra Cabo Verde en el partido inaugural, del juego irregular en los tres primeros partidos y de un cierto pinchazo de la euforia del entorno con la que llegó a Estados Unidos, España es la vigente campeona de Europa, y en el continente (y fuera de él) son mayoría los equipos que prefieren no cruzarse en su camino. Pero sobre todo porque tiene a Lamine Yamal, un chaval de 18 años convertido ya en estrella planetaria y que no conoce el miedo. “Mi madre me tuvo con 16 años y mi padre recogía cosas en la calle, eso sí es presión”, había dicho en su ronda por las radios cuando le preguntaban si le pesaba tanta responsabilidad. A este mundial Lamine llegó magullado, tras dos meses de lesión, y fue entrando poco a poco: en el debut de la selección disputó unos minutos cuando se mascaba la catástrofe frente a Cabo Verde. En el segundo contra Arabia Saudí, solo medio tiempo: lo que necesitó para marcar el primer gol y desarmar a la defensa rival desde la banda derecha. En el triunfo contra Uruguay, el más áspero de los partidos, también se fue al vestuario antes de tiempo. La sensación es que el cuerpo técnico lo estaba dosificando. A él y Oyarzabal, el máximo goleador del equipo en la era De la Fuente.

Ambos fueron otra vez protagonistas en el primer partido a todo o nada, el que decide si juegas otra vez a los cuatro días o abres un debate nacional y esperas cuatro años hasta la próxima Copa del Mundo, que organizará España, junto a Portugal y Marruecos.

El extremo del Barça en el minuto 1 ya había robado una pelota y probado al portero. Anuncio de lo que vendría. Omnipresente incluso cuando no tiene el balón –ya es costumbre que cada vez que recibe la pelota en la banda derecha lo marquen dos rivales y eso genere superioridad para su equipo en otras zonas del campo– Lamine lo intentó todo durante las primeras jugadas: tiró caños, hizo regates, se fue por banda, por línea de fondo y también por el centro. Y eso que esta vez tenía que lidiar con un especialista, Laimer, lateral del Bayern Munich, entre los mejores de Europa.

La mayor parte del peligro llegaba por su banda, incluso el gol anulado a Cucurella tras una serie de filigranas del extremo que acabaron en un córner que él mismo sacó. El rechace del portero lo remató el nuevo fichaje del Madrid, pero el árbitro anuló el gol por una supuesta falta previa al portero.

El gol de verdad se fraguó por la izquierda: tras un corte en defensa de Cubarsí, otro líder que no llega a la veintena, el balón llegó a Pedri que abrió a Baena, destacadísimo en este mundial. Su centro lo remató el de siempre. Oyarzabal, delantero de la Real Sociedad, la estrella discreta: 28 goles (en ese momento) con la selección.

España dominó la primera parte al ritmo que fijaban Pedri, Rodri y Olmo. Sacó córners, fabricó ocasiones y antes del descanso estuvo a punto de marcar dos veces en una misma jugada. Primero con la falta que Baena lanzó al larguero. El remate posterior de Lamine lo sacó el portero austriaco.

En la segunda parte, Austria hizo cambios ofensivos y decidió presionar más arriba. Ahí emergió la mejor versión del equipo español y el juego de toque que caracteriza a la selección desde que decidió dejar atrás aquellos infructuosos años de la furia española. No solo propició más oportunidades de ataque, también evitó que Austria generase peligro: solo tres centros laterales en todo el partido que sus delanteros remataron de cabeza sin inmutar a Unai Simón.

Todo lo contrario a lo que sucedía en el área del otro lado, donde Olmo, Lamine, Oyarzabal y Baena seguían sacudiendo el árbol. Ellos son los que lucen y salen en más repeticiones. Lo que no se ve tanto es la defensa solidaria de un equipo que presiona sin descanso y no escatima ayudas ni esfuerzos. La razón última por la que una selección con fama de ofensiva y 'jogo bonito' no lleva ningún gol en contra en cuatro partidos. Tras el empate de Cabo Verde, y las victorias alimenticias frente Arabia Saudí y Uruguay, el equipo empezó a encontrarse a sí mismo contra Austria. Con Rodri y Pedri comandando el juego, las virguerías de Lamine (algunas gratuitas) se repetían por la derecha, pero de nuevo el gol llegó por el otro costado. Baena recibió un balón de Cucurella, dudó un segundo y acabó sirviendo en bandeja a Pedro Porro, el lateral de la otra banda, lo que las crónicas deportivas llama “gol de la tranquilidad”.

A partir de ahí, el equipo español inició un larguísimo rondo, por momentos escandaloso, y el entrenador austriaco reaccionó metiendo al campo a dos torres de más de 1,90 por si sonaba la flauta en algún centro lateral. No sucedió y una sucesión eterna de pases cortos y rápidos de España por todo el campo derivó en un remate de Lamine que salvó un defensa bajo el larguero. De ahí se fue al banquillo.

Pero en el campo quedaba su escudero Oyarzabal. Con la selección austriaca fundida de tanto perseguir el balón, Cucurella volvió a centrar desde la izquierda. Gol número 29 para el delantero de la Real, el cuarto en este campeonato. Y fiesta total de la selección española a la espera de conocer, en unas horas, si el rival en octavos de final será Croacia o Portugal. Modric o Ronaldo según resumen las portadas. También de madrugada se dirimirá si la alegría de la afición argelina por evitar a España y medirse a Suiza estaba justificada. O si celebró un gol de Austria, su histórica enemiga durante cuatro décadas, en vano.