La portada de mañana
Acceder
El calor dispara las muertes en España a cifras sin precedentes
El incendio mortal de Almería sorprende a la Junta con retenes “incompletos”
Opinión - Ese tono de curita cruel, por Antonio Maestre

Se escuchó fuera del campo

Sin españoles

Luís Pardo

11 de julio de 2026 21:52 h

0

“Francia ha sido dos veces campeona del mundo y finalista en la última edición. Ha ganado todos los partidos en los que participó en este Mundial y ocupa la primera posición del ranking FIFA. Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”. Esta vez, la frase no la ha dicho tu cuñado el que vota a Vox, ni ese compañero de curro que repite palabra por palabra los sermones mañaneros de Federico —puede ser un tópico, pero estos ejemplos nunca me salen con mujeres—. No: esto no ha sido fruto de un calentón. Lo ha escrito —o, al menos, lo ha firmado— un expresidente de España: Mariano Rajoy.

Para la historia, Rajoy ha quedado como un tipo bastante más moderado que José María Aznar. Sus lapsus, su forma de hablar, su tono campechano han ayudado a crear una imagen que oculta el hondo calado retrógrado de las políticas que impulsó desde Moncloa. Lo hizo siempre a su manera. Por ejemplo, no derogó la Ley de Memoria Histórica, pero se aseguró de que, durante su mandato, el presupuesto destinado a ella fuese de cero euros “de media”, como explicaba, fiel a sí mismo. “Y tampoco ha generado una gran polémica”, añadía.

Protegido por esa coraza, Rajoy, el del alcalde y los vecinos, el de la cerámica de Talavera, el del “cuanto peor, mejor para todos” sigue siendo un referente para su partido y se puede permitir sumarse al carro de que Zapatero sea el primer expresidente imputado después de haber liderado un partido condenado en firme por corrupción y de que hayamos conocido que, al investigador principal de la Kitchen le ordenaban borrar su nombre de los informes. Como sintentiza habitualmente en X Jorge Dioni, “Si tienes a los jueces y a la poli, no hace falta ser Maquiavelo”. Me gusta pensar en esta frase mientras veo cómo el expresidente se pelea —y pierde— con el tapón de la botella de agua. Pero, entonces, recuerdo que el PP votó a favor de la directiva europea sobre plásticos y me doy de cuenta de que yo también estoy cayendo en la trampa...

Hace dos años, en la Eurocopa, España y Francia ya cruzaron sus caminos. Entonces ganó La Roja —color que tampoco le gusta a Mariano— y Vito Quiles, todavía estrella emergente del fascismo, tuiteó una foto de Lamine y Nico, preguntándose: “¿Pero qué selección española es esta? Parece una broma de mal gusto”. El agitador, hijo de italiano, la borraba poco después, pero las capturas todavía hoy siguen moviéndose por la red. Ese racismo no impidió que el PP lo contratase años después para cerrar campañas. El mismo PP que abraza abiertamente postulados como la prioridad nacional. El PP que aún presume de Mariano Rajoy. A lo mejor, nos están dando una pista de cómo interpretar sus bandazos con la ley de nietos.

Rajoy siempre consideró su ideología —la dominante, la retrógrada— como “sentido común”. Fue ese sentido común el que los llevó a recurrir al Constitucional un matrimonio homosexual que, ahora, parecen haber inventado. Por eso, uno tiende a ver con escepticismo los logros de la selección. También parece sentido común poner pantallas en todas partes para que el pueblo pueda disfrutar en comunidad de los éxitos de su equipo. Sin embargo, uno, que ya tiene una edad, recuerda la cruzada de Albert Rivera e Inés Arrimadas —¿alguien más sabe de quién hablo?— para politizar su instalación como si fuesen Tellado con el incendio de Almería.

Lo mismo sucede con las rojigualdas que cuelgan de balcones y terrazas y que, durante un mes, simulan ser más transversales y menos sospechosas que las que lucen las muñecas de nostálgicos y constitucionalistas de extremo centro. Un amigo siempre recuerda que el gol de Iniesta, además de provocar un baby boom, también abrió la puerta a Ciudadanos —ver párrafo anterior—, el fascismo cuqui que necesitábamos para, subiendo poco a poco la temperatura del agua, ir llegando hasta Vox. Y Alvise.

Ese escepticismo, en esta ocasión, estaba rebajado por la alineación de una Roja capaz de indignar a Quiles. Aunque no estamos libres de que Rodri vuelva a entonar un “Gibraltar, español”, de momento Carvajal sigue cuadrándose cuando suena el himno... pero ante la tele. La imagen de esta selección siguen siendo un catalán hijo de guineana y marroquí; un navarro cuyo hermano juega con Ghana; vascos, catalanes o un andaluz al que le ponen subtítulos. Y, fuera del campo, los focos son para un gallego woke que celebra victorias con Pe y Bardem, los anticristos de la caverna. Si esa selección acabase ganando el Mundial, alguien podría escribir: “Tienen una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin españoles”. Y no lo firmaría Marine Le Pen, sino Mariano Rajoy.