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Prácticamente un inútil

Ver la fase de grupos lo más que pueda

12 de junio de 2026 21:23 h

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Empieza el Mundial y me pilla a merced de un meticuloso plan para desengancharme del teléfono, que seguido a rajatabla resulta imbatible. Pero hay que atenerse a él, claro, y no flaquear ni un segundo. De hecho, ya puede explotar el mundo que yo no me despego ni un paso del plan. ¿Y me está funcionando? Hombre, creo que es pronto para decirlo: acabo de implantarlo.

Por ahora, ha consistido en ir a comprar un despertador a Electrodomésticos Aragonés para ver el Corea-República Checa a las cuatro de madrugada, mi primer partido de la competición, toda vez que el México-Sudáfrica me sorprendió presentando un libro, en concreto uno que he presentado ya en dieciocho ocasiones.

Iba a pedirle al dependiente el mejor de la tienda, como si un despertador fuese un coche, pero me pareció que todos se parecían demasiado (las agujas, los doce números de toda la vida, etc.), así que al final reclamé el más barato. Con un poco de suerte quizás el más barato y el mejor fuesen el mismo. «Es para ver el Corea-República Checa, de entrada», precisé ante su mirada neutra, de periquito. En efecto, así iba a abandonar yo la adicción al teléfono, por la puerta grande: dejando de usarlo como despertador.

En mi familia, la llegada de un mundial ha corrido casi siempre paralela a una adquisición rutilante, como si la vida no se sostuviese en pie sin objetos: un nuevo televisor, una nueva antena, un reproductor de vhs, otro televisor, un control remoto universal, una cama articulada, un plasma, un ventilador, y este año, como digo, un despertador. El desfase horario constituye uno de los atractivos de los mundiales lejanos, capaces de imponerte un estilo de vida propio, acaso feroz, pero que, si lo asumes, se parece a gozar de una doble existencia: la de la península y la de donde sea, esta vez América del Norte.

Como cuando eres espía, tal y como reza en la placa de tu puerta, y en secreto te desempeñas como jardinero o asesor fiscal.

Que el primer partido en la madrugada peninsular fuese el Corea-República Checa le añadía más interés, casi picante, a la heroicidad de saltar de la cama con medio planeta roncando. Veintitantos años después muchos seguimos preguntándonos cómo los coreanos –en los que incluyo al árbitro más célebre del fútbol español, Gamal Mahmoud Ahmed Al-Ghandour– pudieron eliminar a

España en los cuartos de final del Mundial 2002. Te pones a pensar en ello racionalmente –no se puede, ya lo digo– y casi sientes el mismo coraje que Adriana en la cuarta temporada de Los Soprano cuando Christopher se sienta sobre su perrita sin darse cuenta, puesto de heroína, y la asfixia. Cómo, cómo, cómo. Ni idea.

Llegaron las horas previas al encuentro y de pronto se me presentó una de esas dudas llamadas de último minuto: ¿merecía la pena acostarse? Temazo. ¿No tenía más sentido seguir despierto un rato más, y tragarme la previa del partido, y acaso ponerme algunos videos de Youtube sobre las leyendas del fútbol coreano y el checo, para entrar en ambiente? Pero entonces, ¿para qué me había gastado diecinueve euros y pico en el despertador? ¿Es que ahora soy millonario? Me tomé mi medio cuarto de pastilla para dormir y me acosté.

Quería que sonase el despertador –programé el tono Sound of Silence de Simon and Garfunkel– y de nuevo experimentar esa electricidad absurda que se crea solo ante un partido de Corea, Jordania o Uzbekistán. Pasó, sin embargo, algo verdaderamente notable: sonó el despertador, le di un manotazo y seguí durmiendo. Me levanté casi a las nueve. Vi el resumen de la victoria de los coreanos y adopté mi segunda decisión de calado: dejar la trazadona para dormir.

Viví afligido y contrariado el resto de la mañana por el inesperado gesto de darme la vuelta en la cama y seguir durmiendo. Al comienzo de cada mundial me siento siempre como esa persona dispuesta a ver todos los partidos de la fase de grupos, alguien que tal vez solo sirva para eso, mientras que para lo todo demás –si hay algo más– es prácticamente un inútil. Me parece que mientras uno esté vivo debe ver esa parte del mundial lo más que pueda. Justo ahí reside la felicidad, no en las eliminatorias y sus partiditos a vida o muerte, donde es imposible no advertir que el evento está cada vez más cerca de acabar, y tener que conformarse con el Tour o el Mundial de Hípica, así que, sin más, me preparé mentalmente para levantarme a las tres de la madrugada y ver el Estados Unidos-Paraguay, no fuese a ser que el primero aprovechase para declarar otra guerra y perderme también ese hit.