Entrevista

Borja Valdor, director del Jardín Secreto: “El problema no es que los festivales sean negocio, es cuando el negocio se come a la cultura”

Elisa Serrano

28 de marzo de 2026 10:35 h

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El Jardín Secreto regresa este sábado y domingo al parque de Fofó, en Murcia, para celebrar su quinta edición. Este festival multidisciplinar reunirá a lo largo de toda la jornada —con apertura de puertas a las 11:00 y el cierre a las 20:00 horas— una amplia variedad de propuestas: instalaciones artísticas, mercados de artesanía local, moda sostenible, música y sesiones de DJ en directo, danzas urbanas, eco-talleres y actividades familiares, artes escénicas y una zona gastronómica con food trucks.

En esta ocasión, el evento apuesta con fuerza por su programación musical, tal y como señala Borja Valdor (Murcia, 1980), director del festival, organizado por Suricata Entertainment y el Ayuntamiento de Murcia, con el impulso del Instituto de las Industrias Culturales y las Artes de la Región de Murcia (ICA).

Dice que la cultura puede transformar ciudades, ¿qué está cambiando ya el Jardín Secreto en Murcia?

La cultura no solo se consume, se vive y transforma cómo una ciudad se relaciona con su entorno. Cada vez más ciudades, igual que Murcia, están apostando por modelos culturales más conscientes. No se trata solo de ofrecer entretenimiento, sino de generar un impacto positivo en la sociedad. En ese sentido, creemos que El Jardín Secreto está contribuyendo a ese cambio. No solo por el público que viene, sino por todo lo que se activa alrededor: instituciones, artistas, colectivos…

Estamos viendo cómo otros proyectos empiezan a moverse en esa dirección. Menos centrados en vender un producto y más en generar experiencias. Entendemos que tenemos una responsabilidad en ese proceso.

¿Es posible hacer un festival exitoso sin renunciar a la sostenibilidad real?

La sostenibilidad no es una etiqueta, es una suma de decisiones incómodas. Es posible, pero es más difícil. Hay ejemplos como Fanfutura que lo demuestran, pero muchas veces se utiliza como marketing. La diferencia está en si forma parte de cómo trabajas o solo de cómo te comunicas.

En nuestro caso, estamos en proceso, pero con una dirección clara. Eliminación de plásticos de un solo uso, menaje compostable, envases retornables… Pero también hay una parte social y de divulgación: invitar a colectivos, generar conciencia, hacer pensar sobre consumo. Lo difícil no es saber lo que hay que hacer, es asumir el coste de hacerlo.

¿En un panorama dominado por macrofestivales, el Jardín Secreto es resistencia o tendencia?

El problema no es que los festivales sean negocio, es cuando el negocio se come a la cultura. Es un poco las dos cosas. Es resistencia porque defendemos otra forma de hacer las cosas, más humana, más coherente. Pero también es tendencia, porque cada vez más gente busca ese tipo de experiencias.

Estamos en un momento muy polarizado: igual que en la alimentación, conviven modelos muy industriales con otros más conscientes. En los festivales está pasando lo mismo.

¿Qué significa cultura consciente?

No es que el público no quiera cultura, es que muchas veces no se le ofrece. Para nosotros significa que no vienes solo a consumir, vienes a vivir una experiencia con intención. Los contenidos no están pensados únicamente para vender entradas, sino para aportar algo: creatividad, reflexión, aprendizaje.

Es un espacio donde puedes disfrutar, pero también cuestionarte cosas o descubrir otras formas de cultura. Y eso cambia la relación del público con el evento.

¿Qué hace diferente al Jardín Secreto?

No es un festival, es un ecosistema cultural. No estamos centrados en un solo estilo ni en un solo formato. Hay una mezcla amplia de música —reggae, dub, hip hop, electrónica, rock— junto con talleres, danza, arte urbano y propuestas familiares. Cada persona vive un festival distinto dentro del mismo espacio. Y damos mucho peso al DJ como figura cultural, como alguien que construye comunidad y descubre música.

¿Por qué mezclar formatos?

El valor está en la mezcla, no en la repetición. Un formato único se vuelve lineal. Cuando mezclas experiencias generas sorpresa: puedes estar en un concierto, luego en un taller, luego en otro tipo de contenido. Eso genera un impacto más profundo y una experiencia más completa.

¿El público viene por la música o por la experiencia?

Muchos vienen por la música, pero vuelven por la experiencia. Hay perfiles distintos. Hay gente que viene directamente al auditorio, pero también hay mucha gente que vive el festival desde primera hora, pasando por distintos espacios. El público que repite suele venir por la experiencia global.

¿El ocio cultural ha estado desconectado de las familias?

Durante años hemos simplificado el ocio familiar hasta vaciarlo de contenido cultural. Totalmente. El ocio familiar se ha reducido mucho a propuestas básicas. Ha faltado ambición cultural. Si comparas con otros países, ves otro nivel de integración con el entorno, con la creatividad y con el contenido. Ahora empieza a haber un cambio, pero aún queda mucho recorrido.

¿Un niño que crece en el Jardín Secreto será distinto?

La cultura desde pequeño cambia la forma de ver el mundo. Un niño que crece en este entorno entiende la cultura como algo natural, accesible, no como algo puntual. Y eso influye en cómo piensa, cómo consume y cómo se relaciona con su entorno.

¿Qué impacto tiene el festival en el entorno local?

El impacto más importante no es económico, es cultural. Damos visibilidad a artistas, DJs, proyectos locales… Generamos un efecto arrastre en el barrio y en los negocios cercanos, y movilizamos a cientos de personas entre equipo, artistas y participantes. Es un impacto que muchas veces no se mide solo en cifras.

¿Hasta dónde puede crecer el festival?

El problema no es crecer, es perder el sentido. Tiene mucho recorrido. El crecimiento dependerá de mantener la coherencia y de tener más recursos para desarrollar mejor los contenidos. Todo cuesta dinero, pero la dirección está clara.

Defina el Jardín Secreto.

Un festival donde el entretenimiento no está reñido con el pensamiento. Un espacio donde puedes disfrutar, pero también llevarte algo más.