Murcia celebra otro Entierro de la Sardina sin mujeres en las carrozas
Lo más destacable de la edición 2025 del Entierro de la Sardina en Murcia es que, en la carpa de Secret Party del jardín de la fama, se estaba vendiendo cerveza a un euro el medio litro. El resto del evento, por si pudiera esperarse otra cosa, lo de siempre: carrozas horteras, juguetes de plástico voladores y políticos en palcos de honor que no sabrían reconocer una sardina en una pescadería. Mientras unos cuantos miles observan el desfile, otros tantos hacen lo único sensato: tomar algo alejados de todo aquello. La fiesta más popular de Murcia es también su mejor espejo.
El problema con el Entierro no es el Entierro. La fiesta es una parte indispensable de la vida y la cultura de los murcianos, y es una de las grandes ocasiones que tiene la ciudad para mostrar al mundo el carácter hospitalario y fraternal de sus gentes. Es una celebración viva, desbordante, vibrante e imperfecta; durante unas horas, Murcia se transforma en un hervidero de música, colores, humo y voces, en un desorden luminoso que no necesita pedir permiso a nadie para poner todo patas arriba. Humea la vega media cubierta por un cielo sin estrellas, y Murcia, lejos de ocultar sus defectos, los lleva puestos como ropa de faena.
Se dice que el Entierro de la Sardina tuvo su origen en 1851 como una broma de estudiantes que querían enterrar simbólicamente el carnaval, y lo hicieron llevando un féretro con una sardina que acabó en la hoguera. Desde entonces, la fiesta mutó: de una gamberrada popular pasó a ritual institucional, y de allí al escaparate de poder y oropel que sigue siendo hoy día. El espíritu burlón que lo vio nacer no desapareció del todo, pero quedó relegado a los márgenes. La Agrupación Sardinera, compuesta por empresarios, profesionales liberales y los auténticos herederos de la Murcia bien, tomó el control en los años sesenta. Desde entonces, el Entierro se ha convertido en una puesta en escena del orden social: arriba, los sardineros y sus carrozas relucientes; abajo, el pueblo, convertido en espectador agradecido.
Mientras la sardina se engalana y se prepara para su último viaje, las calles aledañas hierven con una fiesta distinta: la de los chavales que celebran no una tradición, sino la pura necesidad de desahogo. Dos fiestas paralelas, dos Murcias que apenas se rozan.
Veto a las mujeres
En el Entierro de la Sardina no hay mujeres lanzando juguetes desde las carrozas. No las hay ni como excepción ni como gesto simbólico. Sencillamente, no están. El ritual es masculino hasta la médula: los sardineros -hombres de capa y bastón- son los únicos que ocupan el trono de las carrozas, repartiendo juguetes al populacho que se agolpa a sus pies.
Las mujeres, mientras tanto, ocupan los márgenes. Si participan, es como plañideras vestidas de luto, llorando en los cortejos previos, o como figuras decorativas en pasacalles menores. La máxima distinción a la que pueden aspirar es ser elegidas Doña Sardina, un título honorífico que las convierte en madrinas visibles sin poder real en la organización de la fiesta. Una presencia ceremonial, no estructural. Lola tiene treinta años y, según cuenta, no recuerda haberse perdido ningún Entierro: “En mi caso nunca me ha interesado, pero me gustaría tener esa opción. A mi hermana mayor, por ejemplo, sé que le haría mucha ilusión porque vive las fiestas de primavera más que nadie”.
Hubo un intento, hace no tanto, de quebrar esta norma no escrita. Un grupo de mujeres emprendedoras vinculadas al mundo empresarial murciano, solicitó formar una agrupación sardinera femenina. La respuesta fue un muro de buenas palabras y negativas silenciosas: no había plazas, no era el momento, mejor otro año. Las mujeres están relegadas al papel de comparsas emocionales o decorativas y no participan en el núcleo duro de la fiesta. No toman decisiones, ni diseñan las carrozas, o reparten juguetes. Su lugar es la lágrima del desfile. Borja, sardinero de 38 años y perteneciente a una de las agrupaciones, reconoce que este veto no tiene mucho sentido: “No se puede porque no se ha podido nunca, supongo, pero no entiendo qué más dará. La gente es muy terca con estas cosas”.
Clasismo en escena
No cualquiera puede ser sardinero. No basta con tener entusiasmo, ni pasión por la fiesta. Para formar parte de una agrupación sardinera hace falta, primero, tener dinero. Mucho dinero. El desembolso anual para mantener el puesto -entre cenas de gala, compra de juguetes, vestuario y carrozas- se mueve en cifras de entre dos mil y tres mil euros, cuentan fuentes cercanas a los sardineros. Todo sin contar los favores, los contactos y la herencia social que a menudo pesan más que una membresía, cotinúan. Es de esta forma que la fiesta que se anuncia como “del pueblo” es, en su núcleo organizativo, una celebración reservada solo a una parte de la población.
Esta estructura excluyente se replica en la calle. El desfile no es el mismo según desde dónde se mire. Frente a los edificios institucionales más importantes se levantan palcos con sillas acolchadas donde se acomodan políticos, empresarios y “gente importante”. Desde allí, la fiesta es otra: los sardineros apuntan a las tribunas, los juguetes vuelan hacia los invitados, los peluches y balones llueven con generosidad.
Abajo, a ras de calle, la marea humana pelea por lo que cae de rebote. Los niños sin palco corren, se empujan y se lanzan al suelo para atrapar un juguete desviado. Mientras para unos la fiesta es coger un balón, para otros es lanzarlo a la muchedumbre. El propio gesto de lanzar juguetes desde las alturas encierra una metáfora difícil de ignorar. Los sardineros, encaramados a sus carrozas, arrojan obsequios al pueblo como dioses proveedores. Es un gesto de benevolencia, pero también de poder.
No es algo nuevo. Ya en el siglo XIX se criticaba que el Entierro de la Sardina fuera un derroche para disfrute de los comerciantes ricos, mientras el pueblo observaba. Hoy, el esquema se mantiene. Hoy, a los viejos reproches se le suman nuevos, más propios de la modernidad, como la denuncia que hace Izquierda Unida-Verdes Murcia por cuarto año consecutivo por la aparición de publicidad de salones de juego en las carrozas de la cabalgata. Su coordinador municipal, John D. Babyack, ha recriminado en una nota de prensa al equipo de Gobierno que “fomente su visibilidad en eventos tan populares como el Entierro”.
Dominados por el contraste
Pocos acontecimientos reflejan mejor a Murcia que el Entierro de la Sardina. Bajo el humo de colores late una ciudad de contrastes brutales en la que la modernidad y la tradición viven un duelo a muerte sin cuartel, donde muchísimas cosas se hacen mal, pero no se hacen a malas; donde Murcia descuida lo que trata de disimular todo el año y da de sí lo mejor y lo peor de lo que es capaz. Todo lo que normalmente se esconde detrás de las clásicas estructuras jerárquicas de trámite queda completamente expuesto entre un montón de latas aplastadas y restos secos de vómito en el asfalto.
El final de la noche, del sábado y de las propias fiestas, ocurre mientras la sardina arde a un lado y, al opuesto, un espectáculo de fuegos artificiales sobrevuela la vega del Segura; uno no sabe si mirar a izquierda o derecha. Una muchedumbre se agolpa hacia el centro cargados de bolsas con bebida. Alguien tropieza; alguien grita; un par de chavales se abrazan como si se hubieran salvado de algo. Hay balones reventados en el suelo.