Dina, atrapada en Gaza a la espera de poder llegar a Murcia: “Si fuera soltera y sin hijos sería más fácil salir de aquí”
Con las primeras luces de la mañana, el pequeño Abdul Rahman camina hacia su jardín de infancia entre lo poco que queda de la que debió ser su ciudad natal. Debió ser, porque Abdul Rahman, de cuatro años, nació demasiado tarde para verla antes de que la mal llamada guerra en Gaza convirtiese la ciudad de Nuseirat en un campamento de refugiados. Lo que antes fueron aceras ahora son caminos de escombros por los que caminar ha dejado de ser fácil; donde antes había un sistema de alcantarillado, ahora circulan, al aire libre, las aguas residuales de decenas de miles de palestinos que aguardan el momento de volver a sus casas o salir de allí para siempre.
Dina le espera en casa. En lo que debía ser su casa aunque, de nuevo, Abdul Rahman nació demasiado tarde para que su casa se pareciese a la casa en la que debía haber crecido. Con ella, su hijo pequeño, Omar, de dos años, que todavía no es consciente de que ha nacido en la Franja de Gaza. Dina, que para cuando este reportaje se publica tiene 25 años recién cumplidos, prepara la comida para ella y sus dos hijos casi desde el mediodía hasta las 6 de la tarde. Al llegar de la guardería, Abdul la ayuda con las tareas domésticas mientras la comida se prepara lentamente en el fuego ante la falta de gas. “El fuego es de las cosas más dañinas que hay en la vida, pero ahora mismo es lo único que tenemos. A veces cocino al fuego, pero otras veces comemos sándwiches”, explica Dina.
Dina Najim es la única de su familia que queda en la Franja. En el año 2007, su padre Walid fue el primero en salir de Gaza y asentarse en Barcelona. Tras él, su madre y sus hermanos fueron llegando sucesivamente como refugiados a España; los últimos en llegar fueron sus hermanos mayores, los mellizos Mahmoud, o Mido, como le conocen cariñosamente, y Haytam en el año 2019. Dina tiene aprobado el estatus de refugiada, y desde entonces espera para poder venir a España y reunirse con sus padres y hermanos.
“En 2021, Bilal y yo teníamos un plan: él iría a Omán a trabajar y yo vendría a España con mi familia, pero el destino quiso otra cosa. Nos habíamos enamorado dos años antes y nos imaginábamos el futuro con todo lo bueno de la vida.” Ambos tenían un plan para sobrevivir al futuro y ese plan empezaba por abandonar Gaza. Cuando creyeron tener luz verde para salir, Dina descubrió que estaba embarazada de su primer hijo, Abdul Rahman; lo que en cualquier otra circunstancia habría sido una de las mejores noticias de toda su vida, se convirtió en un impedimento para que el joven matrimonio pudiera escapar.
“Decidimos esperar para salir de aquí, porque en mi estado era muy difícil hacer un viaje así, pero la guerra nos cambió los planes para siempre”. Al otro lado del WhatsApp, los mensajes de Dina tardan en llegar, casi como si se tratase de correo postal, por la falta de conexión a internet que sufren los palestinos. Bilal siguió trabajando en la pequeña tienda que regentaba en Nuseirat para mantener a la familia, a pesar de que la inseguridad crecía y cada día que pasaba era más y más difícil conseguir productos básicos, y tanto era así que se hizo con un coche para poder seguir adquiriendo productos.
Nacer entre bombas
El primer hijo de Dina llegó cuando ya no quedaba nadie de los suyos en Gaza. Hay momentos en los que la distancia se mide en el silencio de una habitación de hospital, y para ella, aquel quirófano fue el principio de una soledad que la guerra terminaría por sellar. “Mi familia se fue cuando yo estaba embarazada de Abdul Rahman. Di a luz y mi familia no estaba conmigo. Fue por cesárea”, recuerda. Antes de la operación, el único consuelo para los Najim fue una llamada que el llanto cortó antes de tiempo: “Hablé con ellos, pero no pude terminar la llamada porque todos nos pusimos a llorar”. Después vino Omar, que nació con el ruido de las bombas ya instalado en la rutina, en unas circunstancias que Dina solo alcanza a describir como “muy malas”.
Pasaban los meses y Abdul y Omar crecían entre el estruendo de los ataques, que a veces crujían lejanos, en la ciudad de Gaza, mientras Dina observaba con preocupación las columnas de humo en la distancia, y otros caían cerca. “Un día de marzo [2024], bombardearon la casa de nuestros vecinos mientras dormíamos. Nos despertamos con el sonido de los escombros y cristales sobre nuestros niños pequeños; la casa estaba a oscuras, llena de polvo, piedras y los gritos de las mujeres y niños en la casa de al lado. Omar tenía cuatro meses y dormía en su cuna cuando ocurrió el bombardeo; su cuna se llenó de arena, piedras y cristales, pero gracias a Dios no sufrió daños”.
Sobrevivir en la Franja de Gaza, sobre todo después del 7 de Octubre, se ha vuelto mucho más una cuestión de suerte, de estar en el lugar adecuado en el peor momento, que de resiliencia. Eso hicieron Dina, Bilal y los niños durante meses y meses: encontrarse, por puro azar, fuera de la trayectoria de lo que cae del cielo, porque en Gaza la suerte consiste en estar fuera de la estadística de un impacto que esta vez, elige la casa de al lado y la vida se basa en campar bajo un cielo que ha olvidado su oficio de dar luz para especializarse en el estruendo, esperando que el siguiente silbido no lleve escrito el nombre de uno.
Un misil contra el vehículo de Bilal
Para Bilal, el azar terminó una tarde de noviembre de 2024. Fue algo tan rápido y tan definitivo como el impacto de un misil israelí contra la chapa de su coche, el mismo vehículo en el que recorría Nuseirat buscando la manera de que a su familia no le faltase de nada, aunque faltase de todo. No hubo margen para una despedida ni para ejecutar aquel plan de escape que habían trazado juntos; la muerte lo encontró en el sitio donde intentaba ganarse la vida, convirtiendo el motor y el volante en el final de todo. Con ese misil, el mapa de una vida compartida se rompió para siempre, dejando a Dina con la tarea imposible de explicarle a Abdul Rahman y a Omar que el futuro, a veces, es un coche que no regresa a casa.
Dina dice que, en general, la vida en Gaza mata por lo que falta. Sumado al miedo de lo que pueda caer del cielo, está la erosión agónica de la falta de electricidad, agua o gas para calentarse y cocinar. “Compro para ellos y los cuido como si fuera la madre y el padre al mismo tiempo”, explica. “Cuido de ellos yo sola. A veces siento que la responsabilidad estando yo sola me supera, pero estos días requieren a alguien, a un ser humano fuerte, para poder superar lo que está pasando”.
Mientras trata de sobrevivir y de hacer sobrevivir a sus hijos, a Dina le han llegado explicaciones que no tienen sentido cuando se miran desde el suelo de Nuseirat. Es una lógica que dice que su vida valdría más, o al menos se movería más rápido, si no tuviera a nadie a su cargo. “Dicen que si no estuviera casada y si no tuviera hijos, viajar sería más fácil”, cuenta ella, con la extrañeza de quien ve cómo su familia se convierte en un obstáculo para volver a verla. “Que si fuera soltera, el viaje sería más fácil para mí”.
“Salir de aquí debería ser más fácil”
Esa idea de que la soledad pondera más que la necesidad de protección es lo que Dina no logra encajar en su realidad de viuda de 25 años. Para ella, tener a dos niños que dependen solo de su fuerza debería ser el argumento definitivo, no un problema. “A pesar de que mis hijos son muy pequeños y huérfanos, se supone que salir de aquí debería ser más fácil”, relata. “Mi situación no ayuda a que podamos salir de aquí: mi esposo no está, toda mi familia está fuera y yo tengo niños. Solo tengo 25 años, soy demasiado joven para cargar con toda la responsabilidad yo sola”.
Desde Torreagüera, en Murcia, la caligrafía de Walid Mahmoud Nijim, su padre, intenta tender un puente legal hacia Gaza. Es un escrito dirigido a la Dirección General de Protección Internacional donde un padre tiene que justificar por qué su hija no pudo huir cuando lo hizo el resto: porque aquel 10 de abril de 2021 Dina estaba embarazada de siete meses y el viaje era un riesgo que no podían permitirse. En el documento, Walid detalla la carambola trágica de estos años: una mujer que enviudó a los 24 y que ahora, con sus hijos de cinco y dos años, depende de que su familia le envíe dinero desde España o de alquilar la casa familiar para tener ingresos básicos. El documento, dirigido a la Dirección General de Protección Internacional, es el relato de una espera donde un abuelo pide que se reconozca el peligro de muerte que corren sus nietos en Nuseirat mientras aguarda a que una oficina en España dé por cumplimentados los trámites que le devuelvan a su hija.
Un derecho que no se puede aplicar en Gaza
Sin embargo, no todas las trabas son burocráticas. A pesar de que España no ponga problemas a que Dina y sus hijos puedan llegar a nuestro país, existe un muro legal que el papel no puede saltar. El escrito de Walid se apoya en la Ley 12/2009, reguladora del derecho de asilo y de la protección subsidiaria, que en su artículo 40 permite la extensión familiar: es decir, que si una familia ya tiene el refugio en España, sus hijos y cónyuges tienen derecho a obtenerlo también para reunirse con ellos. El problema es que la ley española reconoce el derecho, pero no tiene capacidad de ejecución sobre el terreno en Gaza. España puede conceder el visado o la protección, pero no puede entrar en la Franja a buscarlos. La salida de Dina depende de una autorización de salida por el paso de Rafah o Kerem Shalom que España no controla, y de una logística de evacuación que queda fuera de sus competencias diplomáticas directas en un territorio bajo bloqueo y en guerra. La ley le otorga a Dina el derecho a estar en Murcia con sus padres, pero no le ofrece el transporte para salir del lugar de donde tratan de huir.
En Beniaján, Murcia, hoy el apellido Najim suena a trabajo duro y a una integración que se pelea cada día. Mahmoud, su hermano mayor, que sobrevivió a un misil israelí en 2014, despacha hoy en un almacén de electrónica y bromea con sus vecinos, luciendo cicatrices que en España obligarían a una baja médica, pero que para un gazatí son apenas un rasguño. Pero tras esa vitalidad de quien ha muerto varias veces y ha decidido seguir viviendo se esconde una espera que ha pasado de la esperanza al entumecimiento.
La familia envía dinero, cuando pueden, se comunican con la embajada y consultan el móvil con el corazón en un puño, pero a veces el silencio es tan largo que Mahmuod confiesa sentirse incapaz de llamar. No sabe qué decirle a su hermana desde la comodidad de una Europa que le reconoce el derecho a traerla, pero que se declara impotente para ir a buscarla. Mientras tanto, en Nuseirat, ella sigue encendiendo el fuego a mediodía, ajena a los peajes imposibles de la frontera, sosteniendo ella sola el peso de un apellido que en Murcia espera y en Gaza, simplemente, intenta no terminar de morir.