Cartas, anillos o estampitas: las fosas comunes de Navarra que aún guardan “personalidad, sueños e ilusiones”
“La vida es más ancha que la Historia”, escribió Gregorio Marañón en uno de sus ensayos más conocidos. Paco Etxeberria, especialista en Medicina Legal y Forense de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, recuerda un sonajero como el objeto más “entrañable” encontrado en una fosa. El hallazgo fue descubierto en La Carcavilla, al lado de Catalina Muñoz, de 37 años y 4 hijos (uno de ellos de menos de un año, presumiblemente el dueño del objeto), que lo guardaba en el bolsillo de su mandil en el momento del fusilamiento, tuvo “impacto de campeonato” por su estética y significado. 83 años después, fue devuelto a Martín, aquel niño de nueve meses que “nunca conoció a su madre”.
Al igual que el sonajero, muchos otros objetos como relojes, anillos, placas, mecheros, peines, entre otros... han sido descubiertos en las exhumaciones realizadas a lo largo de esta última década por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, tanto en Navarra como en el conjunto de España, incluso internacionalmente. Junto con las empresas públicas Nasertic y Tracasa, participaron en la inauguración del 'Rozalejo', Espacio de Memoria y Convivencia impulsado por la Dirección General de Memoria y Convivencia, con la exposición “La memoria de los objetos”, que muestra los hallazgos.
“Cuando le quitas la ropa un cadáver, para hacerle la autopsia, lo transformas en un objeto. Le quitas los objetos asociados, como la ropa, y le quitas la personalidad al individuo, que tenía sueños e ilusiones”, sintetizó Etxeberria durante su conferencia el pasado miércoles sobre la “memoria de los objetos”. La ponencia, enmarcada en las “actividades vinculadas a la memoria, la convivencia y los derechos humanos” tras la inauguración del 'Rozalejo', completa la exposición homónima que da a conocer los distintos objetos encontrados en las prospecciones y exhumaciones de unas 300 fosas comunes en Navarra tras el Golpe de Estado de 1936.
Paco Etxeberria parte de estas excavaciones, cuyos objetos se exponen en la primera planta del edificio, también ha mostrado a los asistentes los documentos y objetos encontrados en otras exhumaciones en las que ha participado, tanto en el resto de España como en el extranjero, pero que reflejan “lo mismo que aquí”.
“La primera víctima identificada de la Guerra Civil mediante la prueba de ADN fue un navarro, el Obispo Irurita”, expuso al comienzo de la ponencia el prestigioso antropólogo casi como una curiosidad. Manuel Irurita, obispo de Barcelona, al comienzo de contienda en 1936 intentó “esconderse, pero lo localizaron y lo tiraron a una fosa” junto con otros individuos fusilados. Años después, lo exhuman para trasladarlo a la Catedral de Barcelona y “saben que es él por la ropa”, narró Etxeberria. Tras los estudios de ADN que se realizaron décadas después por las dudas de que el obispo no fuera el cuerpo hallado, y realmente hubiera escapado con su sobrino durante la contienda, comprometiendo proceso de beatificación del prelado, el ADN ratificó la primera versión. El cuerpo que se encontraba en la catedral de la ciudad Condal “sí que era el obispo”.
En todos los ejemplos que continuarían al Obispo Irurita expuestos por Etxeberria, siempre se plasmaba la misma idea. Existen dos dimensiones distintas sobre los hallazgos encontrados junto a los cadáveres de las fosas comunes. Por un lado, son pertenencias que conservan información sobre quién era la persona, hay un criterio técnico. Pero también hay una dimensión ética, con un valor intrínseco de la propia persona y “su dignidad” y para sus familiares.
En unas fotos mostradas en el que él mismo aparece en Malvinas, en un equipo compuesto entre otras personalidades por Lourdes Herrasti, para exhumar fosas de soldados argentinos, antes incluso de abrir o manipular los cuerpos, que se enterraron en bolsas de plástico, se les hizo un escáner de rayos X. “Sin tocar nada, ya sabes lo que te vas a encontrar ahí dentro”, afirmaba Etxeberria apoyándose de las imágenes de las mismas placas. Entre esos objetos, en los que había elementos como monedas o hebillas, también se encontraron otros que permitían la identificación directa de los cuerpos y lo que el antropólogo denomina “evidencia social”.
“Había muchas cartas que escribieron [los soldados] que nunca llegaron a sus destinos. A sus novias y madres. Igual que aquí [durante la Guerra Civil]”, explicaba. Es “material asociado al cadáver” en una investigación, que permite su identificación, pero que a su vez “fueron las últimas cosas (y sentimientos) que quedan de esa persona”. “Lo que significó en vida para esa persona” y qué pensaba días poco antes de morir. Por ello, a juicio de Etxeberria son objetos que en última instancia pertenecen “más a los familiares que al patrimonio público”.
Otro de los objetos “con memoria” presentados fueron unos pantalones guardados por una familia de Montenegro de Cameros (Soria). “[Son] los pantalones de nuestro padre cuando lo mataron”, le contaron los hijos de la víctima a Etxeberria. La prenda, de pana verde desgastada, tenía varios agujeros de los proyectiles. Un recuerdo material que muestra cómo “los objetos se han convertido en algo relevante” para devolver a la víctima su individualidad y conectar a la persona con sus familiares incluso 90 años después.
En este sentido, Etxeberria explicó a los asistentes la diferencia y el proceso del “indicio, evidencia y prueba”. La importancia del “ejercicio de transformar el indicio en evidencia” y la “evidencia en prueba”, siendo este último paso que “alguien con autoridad lo valide y lo reconozca”. Es decir, si una fosa “no se investiga adecuadamente” desde el punto de vista forense, puedes tener indicios importantísimos pero “perder la posibilidad de convertirlos en pruebas sólidas”, y, por tanto, de reconstruir la verdad.
La antropología forense no trabaja únicamente con cadáveres y pruebas físicas, sino con personas que tuvieron una identidad y con objetos que conservan parte de su historia. Durante una investigación es necesario transformar restos y objetos en indicios y evidencias mediante procedimientos científicos rigurosos. Pero esos mismos objetos también poseen un valor humano y social que no debería perderse cuando entran en el proceso forense
Otros ejemplos en Navarra son el 'cementerio de las botellas', una fosa en la que se enteraron 131 personas con una botella entre las piernas en las que se incluía datos del que había sido preso del Fuerte de San Cristóbal. A pesar de que estas botellas “tenían un tapón con cera, la mayoría de papeles se había descompuesto”, afirmó Etxeberria, parte del equipo que inhumó los cuerpos.
Sin embargo, en otras fosas de Navarra, se han podido encontrar restos como hebillas, anillos con siglas, camisas, pipas, dentaduras, relojes “que marcan una hora concreta porque nadie les volvió a dar cuerda” o monedas. Hallazgos que han contribuido a la identificación de los cuerpos. También víctimas con las manos esposadas porque “quizá no encontraron la llave” para quitárselas y “lo fusilaron esposado”.
A preguntas de los oyentes, extrañados de cierta lentitud en todavía identificar cuerpos y su dificultad por la lejanía de familiares y pistas, Etxeberria tiene claro que, no es que no hubiera voluntad de los allegados de las víctimas, sino que las circunstancias de la historia no siempre permitieron la recuperación de los cuerpos. “Sin el 23F no habría [en España] ninguna fosa pendiente, porque el movimiento de las familias ya existía”, determinó.