Bienvenidos a la era de “la tribu de pago”: el problema de haber profesionalizado los cuidados
A principios de julio, la hermana pequeña de una buena amiga dio a luz y mi amiga y yo fuimos a visitarla. Estaba cansada y radiante, con su criatura en los brazos, charlando con algunas amigas. Apenas llevaba unos minutos sentada cuando empezaron a aparecer los teléfonos móviles. Alguien compartió el contacto de una asesora de lactancia; otra, el de una fisioterapeuta especializada en suelo pélvico. Una tercera habló maravillas de una consultora de sueño; otra envió el teléfono de una doula para el posparto. Hubo incluso quien sugirió una aplicación para registrar las tomas del bebé. Todo aquello era útil. Todo aquello era ayuda.
Mientras escuchaba la conversación, en mi cabeza surgió una pregunta completamente distinta: ¿quién le iba a llevar un táper? Porque en realidad ella, madre primeriza lejos de su familia, con un marido autónomo que apenas puede permitirse dejar de trabajar, lo que necesitaba era tiempo. Probablemente, iba a necesitar a alguna de esas profesionales, pero cuando terminara la consulta, cuando la fisioterapeuta volviera a su clínica, la asesora de lactancia a su siguiente visita y la doula a otra familia, seguiría habiendo una cena que preparar, una lavadora por tender y una mujer que quizá no habría dormido más de dos horas seguidas. ¿Quién puede aparecer una tarde en su puerta con un guiso recién hecho, sostener a su bebé mientras come con las dos manos o poner una lavadora sin preguntarte dónde está el detergente? No hablo del táper como quien habla de comida, sino como imagen del tiempo que alguien decide regalarte; ese tipo de ayuda que responde más a un vínculo que a un conocimiento especializado.
Repetimos con frecuencia que “hace falta una tribu para criar”, como si la tribu hubiera desaparecido y nosotros fuéramos supervivientes de un mundo donde los cuidados circulaban de forma espontánea. No estoy segura de que la tribu haya desaparecido; creo que hemos dejado de reconocer con claridad qué cosas pertenecen a la tribu, cuáles al ámbito profesional y cuáles deberían estar garantizadas por un poder público que debería proteger la maternidad y la infancia.
Hemos dejado de reconocer con claridad qué cosas pertenecen a la tribu, cuáles al ámbito profesional y cuáles deberían estar garantizadas por un poder público que debería proteger la maternidad y la infancia
Seguimos necesitando descansar, sentirnos acompañadas, resolver dudas, comer caliente, dormir unas horas, llegar a una cita médica y tener a alguien cerca que nos diga que lo estamos haciendo razonablemente bien. También confiamos en el conocimiento especializado, en la evidencia científica y en profesionales que dedican años a formarse para acompañar situaciones complejas. Sería tan absurdo despreciar ese avance como ingenuo idealizar aquella supuesta tribu en la que las vecinas opinaban cuando nadie se lo había pedido, las suegras cruzaban límites y las familias juzgaban. Muchas mujeres han encontrado en las profesionales de la crianza un espacio de escucha y respeto que nunca tuvieron en su entorno más cercano. Una fisioterapeuta de suelo pélvico, una asesora de lactancia o una psicóloga perinatal pueden hacer cosas que una amiga no sabe ni tiene por qué saber hacer. El problema no es que hayamos profesionalizado una parte de los cuidados, sino que esperemos que una profesión sustituya a un vínculo y que acabemos delegando en una consulta aquello de lo que solo puede hacerse cargo una comunidad.
Pero, ¿quién tiene hoy tiempo para ser esa comunidad? Es fácil añorar a la vecina que aparecía con una crema de verduras o a la hermana que se quedaba toda la tarde con el bebé, y difícil preguntarnos qué condiciones hacían posible esa disponibilidad y, sobre todo, sobre qué mujeres recaía. Existen responsabilidades que no corresponden ni a una amiga generosa ni a una abuela disponible: corresponden a unas políticas públicas y laborales capaces de hacer que cuidar no sea incompatible con conservar un empleo, sostener un negocio o llegar a fin de mes. Si un padre autónomo siente que no puede permitirse dejar de trabajar cuando acaba de nacer su hija, estamos ante algo que ninguna red de afectos, por sólida que sea, debería tener que resolver.
Quizá esa sea también una de las razones por las que hemos aprendido a buscar fuera de nuestro entorno una parte de los cuidados. Nuestras amigas trabajan, crían, cuidan a sus propios padres, llegan tarde a casa, viven en otras ciudades. Nosotras también: yo he sido esa amiga que ha mandado una tortilla de patatas en vez de cocinarla. No es que estemos menos dispuestas a cuidarnos, sino que cada vez resulta más difícil disponer del tiempo necesario para hacerlo. Y cuando ese tiempo falta, recurrir a alguien que puede ofrecérnoslo profesionalmente no es una renuncia a la comunidad, sino muchas veces la única posibilidad. Y es precisamente ahí, en ese espacio cada vez mayor que dejamos en manos profesionales, donde conviene hacer otra distinción.
Junto a profesionales excelentes, ha prosperado también toda una industria de la crianza que no siempre vive de resolver problemas, sino de producir la sensación de que existen
Junto a profesionales excelentes, ha prosperado también toda una industria de la crianza que no siempre vive de resolver problemas, sino de producir la sensación de que existen. Basta pasar un rato en redes sociales para descubrir la cantidad de cosas que una madre puede estar haciendo mal sin saberlo: quizá no estás respetando las ventanas de sueño de tu bebé, quizá deberías revisar su agarre aunque la lactancia no te duela, quizá la forma en la que introduces los alimentos no favorece suficientemente su autonomía, quizá ese llanto que hasta ayer era simplemente un llanto esconde una necesidad que no estás sabiendo interpretar, quizá deberías estimularlo más o, cuidado, quizá lo estás sobreestimulando. Incluso cuando todo parece ir razonablemente bien, queda la sospecha de que podría ir mejor.
Me preocupa una cultura de la crianza en la que la intervención empieza a preceder al problema. Cada etapa parece venir acompañada de una nueva especialista, un método, un curso, una consulta preventiva o un contenido que comienza señalando algo que deberías observar en tu hijo y termina, convenientemente, ofreciéndote ayuda para resolverlo. Las redes sociales son especialmente eficaces en este mecanismo porque pocas cosas generan tanta atención como la promesa de corregir un error que hace cinco minutos ni siquiera sabías que estabas cometiendo. Ya no basta con criar: hay que observarse criando, evaluar constantemente cada decisión y aprender a detectar cuándo deberíamos consultar a alguien sobre ella. Hay cierta ironía en que hayamos buscado en las profesionales una manera de librarnos de los consejos no solicitados de madres, suegras, vecinas y señoras desconocidas que consideraban perfectamente razonable explicarnos en el supermercado que el niño llevaba poca ropa, y hayamos terminado llevando en el bolso un teléfono por el que pueden llegarnos consejos no solicitados a todas horas. Las mejores profesionales que conozco hacen justamente lo contrario: reducen la culpa, distinguen un problema real de una variación perfectamente normal, trabajan para dejar de ser necesarias y ayudan a las madres a recuperar la confianza en su propio criterio.
Las mejores profesionales que conozco hacen lo contrario: reducen la culpa, trabajan para dejar de ser necesarias y ayudan a las madres a recuperar la confianza en su propio criterio
Tenemos acceso a una cantidad extraordinaria de conocimientos sobre la crianza y a más personas capaces de acompañarnos y, sin embargo, pocas frases se repiten tanto como esta: “Qué soledad se siente criando”. Una profesional puede resolver un problema de lactancia, acompañar un posparto difícil o prevenir molestias que muchas veces se pasan por alto, pero no ha venido a sustituir aquello que solo puede ofrecer una relación: alguien que aparezca sin que lo hayas pedido, que intuya tu cansancio antes de que lo verbalices o que se quede una hora más porque nota que todavía no estás bien. Del mismo modo, tampoco deberíamos pedir a la tribu lo que corresponde a una profesional ni exigir a una comunidad lo que deberían garantizar las políticas públicas.
En el fondo, una tribu no es un grupo de personas que sepan mucho sobre crianza, sino un grupo de personas dispuestas a regalarse tiempo las unas a las otras. Por eso sigo pensando en el táper. No por las lentejas ni por la tortilla de patatas, sino por ser tiempo convertido en comida. La profesionalización de los cuidados ha sido, en muchos aspectos, una buena noticia. Lo preocupante sería creer que basta con ella porque hay una parte del cuidado —la más cotidiana, la menos visible y quizá también la más difícil— que sigue sin poder comprarse. No porque no tenga precio, sino porque nunca fue un servicio: siempre fue una relación.