Ahora toca morirme
Tengo 73 años muy bien llevados. Y como la práctica totalidad de la gente de mi edad, no tengo abuela ... ni abuelo, ni padre, ni madre. Todos han muerto. Unos cuando les tocaba; otros nos dejaron bastante antes. Por lo vivido, cada día soy más consciente de que a mí me va tocando. Es un asunto que no tiene remedio y, además, he perdido todo interés en buscárselo.
Cuando era muy joven oí un dicho que me quedó grabado. “Mira que es mala la muerte que siempre la dejamos para lo último”.
Pasaron años en la inconsciencia porque no me tocaba. Hasta que una cuñada con la que tenía a una relación estrecha, enfermó de un cáncer fulminante. Me rebelé ante su muerte inminente. Mi médica, al comprobar que mi bajón se acercaba a la depresión, sentenció enfadada: “Antonio, es que somos mortales”.
Con el tiempo y la despedida a varios seres queridos y cercanos, la muerte ha dejado de ser tabú. La desaparición de mi madre a los 96 años me ha enseñado muchas cosas. Mujer católica a la vieja usanza con una capacidad para adaptarse a las múltiples vicisitudes que le tocó en suerte, supo y pudo disfrutar de una vida plena. Hasta que a los 90 años los achaques comenzaron a complicarle el día a día. Sus tres o cuatro últimos años fueron los de una mujer completamente dependiente; eso sí muy bien cuidada por la atención de sus múltiples hijos, el concurso bondadoso y constante de varias cuidadoras latinoamericanas, unas con papeles y otras sin ellos, y un esfuerzo económico que no todos se pueden permitir.
Pese a su deterioro físico, mi madre mantuvo hasta el mismo día de su muerte la clarividencia de la mujer especial que siempre fue. Pese a su postración terminal nunca expresó deseo de tirar la toalla y solía decir que, ante el final inevitable, “pensaba ponérselo muy difícil al Señor”.
Como digo, tengo 73 años muy bien llevados... pero sé que me va tocando. Soy esposo, padre, abuelo, amigo, de izquierdas, viajero, jugador de pádel, cocinero; todo ello en activo. Soy periodista jubilado pero no he tirado ni la pluma ni el ordenador a la basura. He tenido una vida plena y, además, pertenezco a una generación con suerte. No hemos sufrido guerras en carne propia y podemos presumir de haber protagonizado la modernización de un viejo país con una historia torturada.
Me queda vida. Quizá 20 años o más. Pero ya me va tocando. Como comentamos en las conversaciones de viejos “estamos en tiempo de descuento”.
Cuando miro hacia adelante y planifico lo que me espera, sé que, como ya ha ocurrido con anterioridad, poco a poco tendré que ir renunciando a algunas cosas incompatibles con el deterioro inevitable. Pero, en la medida que las lesiones me lo permitan, voy a exprimir mi buena vida hasta el último momento.
Sé, no obstante, que me va tocando y debo planificar el último momento. Desde luego tengo hecho hace años mi testamento vital. Y en coherencia, mi mujer y mis hijos saben que no quiero prolongar ni medio minuto mi vida por medio de artificios médicos.
Pero voy un punto más allá. Disfruté de mi madre cuando estaba en plena vitalidad y la cuidé hasta el último aliento en su postración, respetando su voluntad. Pero en ningún caso quiero para mí sus años postreros.
Voy a vivir mientras pueda mantenerme de forma independiente. Si tengo que caer a plomo sobre la vida cotidiana de mi mujer y de mis hijos, para malvivir y sufrir durante unos días, meses o años más, desisto.
Mi madre está ahora en ninguna parte y seguro que no es tan feliz como lo fue cuando disfrutaba rodeada de todos los que la querían y admiraban. Pero estoy persuadido que, en la nada, está más tranquila que en esos “minutos o días de prórroga” que permaneció completamente imposibilitada. Ella los quiso vivir, y su voluntad fue respetada. Yo desde luego no los quiero vivir.
Como el devenir es imprevisible, no sé cuando o si en algún momento tendré que acogerme a la ley de eutanasia. Si los tribunales de expertos previstos en la norma tienen que evaluarme, les pediré que entiendan que pido una muerte digna solo en el momento en el que estoy persuadido que una vida digna es inviable.
No pienso consentir que, como a algunos, la aplicación garantista de la ley de eutanasia, me aboque a una dependencia larga y a una muerte indigna en medio de sufrimientos.